IA: Sinclair Lewis y Emile Zola en la era digital: el nuevo naturalismo… de la realidad. Lo material de lo virtual. Notas, VIII

IA: Sinclair Lewis y Emile Zola en la era digital: el nuevo naturalismo… de la realidad. Lo material de lo virtual. Notas, VIII

Si, en nuestra Notas, VII, indagábamos sobre la “transparencia algorítmica” acaso nueva vía regia para acceder al tenebroso inconsciente de la Humanidad, siendo aún los sueños la vía regia para acceder al inconsciente del individuo, también la Humanidad tiene sus sueños. Veíamos con Dana Hart que hay una “formación histórica del inconsciente”. Vemos que nuevos sueños se erigen en la era de la reproductibilidad digital, y su configuración histórica necesitamos revisar ahora, al menos, algún aspecto, uno que está allí, silenciado, voz muda hasta que halle su palabra. Registrábamos en aquellas Notas, VII, que Freud enfatizaba el “juego de fuerzas” de las instancias del aparato psíquico del individuo, juego de fuerzas que debemos ahora revisar en la realidad material que sostiene la realidad algorítmica.

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“A nosotros nos llegaban los llamados datos etiquetados. ¿Por quién? ¿Cómo? No nos lo preguntábamos”, dice un joven ingeniero informático de Estados Unidos que empezó a trabajar en Google.

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A veces el arte muestra y revela y denuncia. A veces oculta y naturaliza.

Estas latas de Andy Warhol.

Parece culminación y al mismo tiempo negación de aquel movimiento que empezó con William Morris y siguió con Roger Frye.

Roger Frye fundó sus Talleres Omega para liberar a los “artistas creativos” del pesado deber de tener que asegurar su subsistencia y salir del atolladero en que se debatían entre, ya sin mecenas, el Estado y el mercado. Los Talleres Omega pretendían crear objetos que pudieran venderse para las familias que pudieran haber “aportado belleza y una esmerada pericia a los objetos corrientes de la vida”, un “arte industrial no tradicional” en palabras de Virginia Woolf en su Roger Frye.

Las latas de sopa de Andy Warhol en parte parecieran remitirse a esa tradición. A la vez, ocultan y naturalizan.

Oculto el origen de las comodidades de los Gregoire en Germinal de Emile Zola, sus sillones, criados, el chocolate caliente, el calor del hogar. “La fortuna de los Gregoire, alrededor de cuarenta mil francos de renta, provenía de unas acciones de las minas de Montsou”. Papeles de acciones de una mina que no conocía la familia, protegidos en su finca y su bienestar. Mina en la que trabajan con miles de mineros los Maheude. Un día, la Maheude y sus pequeños pasando hambre y frío se atrevieron a acercarse hasta allí a pedir ayuda, “entraron entonces, helados, hambrientos, azorados y temblando al verse en aquella sala donde se estaba tan caliente y con aquel olor a repostería”. Y detrás de los papeles de las acciones, estaba esa miserable familia; habían dudado los Gregoire de permitirles el paso, “¿iban muy sucios? No, demasiado no, y dejarían los zuecos en la escalinata”.

Un bienestar que se oculta tras una fortuna, que se oculta tras unos papeles de acciones, que se ocultan tras una mina, que se oculta tras unos trabajadores que no, no iban demasiado sucios. Como un cuadro de latas, que ocultan unas latas muy reales, que ocultan su contenido, una sopa, cualquier alimento, que oculta un fábrica que los produce, que oculta unos trabajadores que realizan el trabajo.

En Chicago, los mataderos y las fábricas de productos cárnicos como la Anderson’s, nos cuenta en La jungla Sinclair Lewis, que Jokubas, el dueño de un delicatessen, sabía de esto. “Las fábricas de alimentos dan una gran importancia a las visitas de los curiosos … los visitantes, sin embargo, no ven sino lo que los fabricantes quieren que veas”.

El arte revela y oculta. Jokubas sabía también, mostrando la fábrica a sus compatriotas lituanos recién llegados persiguiendo el sueño americano Jurgis y Ona que “allí era donde se fabricaban esos productos cuyas excelencias le han contado por todas partes hasta fatigarle y obsesionarle, ya fuera con grandes carteles que le impedían ver el paisaje desde las ventanillas del tren, ya con anuncios reiterativos en periódicos y revistas, ya con reclamos chillones colocados al acecho en todas las esquinas de las calles. Allí era donde se fabricaban el ‘Jamón y el Tocino Imperial Smith’, la ‘Carne sazonada Smith’, las ‘Salchichas Excelsior Smith’. ¡Allí se encontraba el cuartel general de la ‘Manteca de Cerdo Anderson’, la ‘Ternera Salada Anderson’, el ‘Bacon Anderson’, la ‘Vaca y el Jamón Anderson’ en latas”.

Latas, como las de Andy Warhol. Excelencias, como las IA que nos permiten interactuar como si estuviéramos con otra persona, resolver en minutos un problema médico que los científicos no pudieron en años de investigación, realizar tareas rutinarias de ese “trabajo sin sentido” que las personas realizamos. Y detrás, lo que se oculta. ¿Pero es algo que puede ser contado?

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Puede. Y puede ser naturalizado. Iban los visitantes a aquellas fábricas alimenticias. Fábricas que maravillaban a estos obreros inmigrantes que allí buscaban trabajo. Es que “todo esto se hacía tan metódica y maquinalmente que, a pesar del horror que experimentaba, el espectador quedaba fascinado. Esta presenciando la matanza tecnificada, la industrialización del cerdo mediante las matemáticas”.

Hoy como ayer, y llevada a nuevas cumbres, la matemática, los algoritmos, fascinan de igual modo. Ocultando de igual modo.

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Hay otra preocupación de Sinclair Lewis en La jungla se refiere con respeto y admiración, pero con preocupación también a Harriet Beecher- Stowe: “Hace algún tiempo, una mujer de gran corazón dio a conocer los sufrimientos de los esclavos negros y levantó un continente en armas”.

Esta es su preocupación: “Tenía varias cosas a su favor con las que no puede contar quien pretenda describir la vida del esclavo moderno: el esclavo de las fábricas, de los talleres, de las minas. El látigo con el que se azota a éste no se puede ver ni escuchar y la mayoría de la gente no cree que exista: es la hipocresía típica de la filantropía y de la convención política la que niega su existencia. Este esclavo no proviene de una cacería con perros, no es golpeado hasta la muerte por malvados arquetipos ni muere en el éxtasis de la fe religiosa. De hecho, su religión no es más que otra de las trampas que le tienden sus opresores y la más amarga de sus desdichas. Los perros que le acosan son la enfermedad y los accidentes y el villano que lo asesina no es sino el índice salarial. ¿Quién puede generar ninguna emoción intensa en el lector contando una narración de cacería humana en la que la víctima es un extranjero con piojos e inculto y en que los perros de caza son los gérmenes de la tuberculosis, la difteria y el tifus? ¿Quién es capaz de novelar la historia de un hombre cuya única peripecia vital reside en cortarse un dedo con un cuchillo de matarife infectado y cuyo desenlace consiste en una caja de pino y una tumba de pobre?”.

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En cierta medida, estas historias fueron contadas por informes de comisiones de investigación de gobiernos y congresos, por estudios sociológicos. También, por estudios y narraciones orales de sus propios protagonistas, éstos últimos perdidos en la bruma de los tiempos.

En El hablador de Vargas Llosa, sabemos que fue a Italia después de un buen tiempo en el Instituto Lingüístico para olvidarse un tiempo del Perú y su trabajo etnológico con los machiguengas, para volverlos a encontrar en una exposición fotográfica en una galería, y “antes de salir a enfrentarme una vez más con las maravillas y las hordas de turistas de Firenze, todavía alcancé a echar una última ojeada a la fotografía. Sí. Sin la menor duda. Un hablador”. Aquel que allá en la Amazonía, simplemente decía, “aquí estamos. Yo en el medio, ustedes rodeándome. Yo hablando, ustedes escuchando”, y agregaba más adelante: “Qué miserable debe ser la vida de los que no tienen, como nosotros, gentes que hablen. Gracias a lo que cuentas, es como si lo que ha pasado volviera a pasar muchas veces”.

Aunque ahora, IA mediante, mucho se habla. Poco de todo esto, y de todos modos no deja de pasar. Pero sigue sin tener su narración. Tapando esto que pasa con el silencio.

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Max Weber en su Introducción metodológica para las encuestas de la Asociación de Política Social sobre selección y adaptación de los obreros en las grandes fábricas, explica que entre sus propósitos generales estaba aproximarse “a la respuesta a la pregunta de qué tipo de hombre está conformando la gran industria moderna en virtud de sus características internas y qué tipo de destino profesional les depara (y a través de ahí, de manera indirecta, qué destino extraprofesional les depara)”, su “estilo de vida”. Seguirían esa estela muchos otros, entre ellos Georges Friedman, Alain Touraine, Goldthorpe, Stephen Marglin, Ricardo Antunes, Harry Braverman, Cynthia Pock, Juan José Castillo, Enrique de la Garza Toledo. Si bien el objetivo de Weber se especificaba y delimitaba de este modo, es parte de su proyecto teórico más general: el proceso de racionalización, por un lado, y el debate teórico más o menos tácito con Marx, o con la estela de la influencia de Marx. Por esto, contra el determinismo económico que se le atribuía, postula lo inverso, sin desconocer esto: “habrá que distinguir especialmente las condiciones económicas, valorando la importancia fundamental de la economía; sin embargo, no deberá descuidarse el conocimiento de la relación causal inversa, ya que el racionalismo económico depende en su nacimiento, lo mismo de la técnica y el Derecho racionales, que de la capacidad del hombre para determinadas causas de conducta racional”, buscando entonces centrarse, en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, en “la determinación del influjo de ciertos ideales religiosos en la constitución de una ‘mentalidad económica’, de un ethos económico, apegándonos al caso preciso de los nexos de la ética económica moderna con la ética racional del protestantismo ascético”. Uno de los debates actuales respecto al desarrollo de la IA es el de la ética de la IA. Debate que, al modo de las latas de Warhol, al menos en el aspecto que aquí mencionamos, encubre otro problema como veremos.

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Indaguemos entonces en la materialidad que sostiene la era digital. Vamos a encontrarnos con realidades propias de las industrias y servicios tradicionales.

  • Lo que es a la vez evidente y opaco: en la base está el trabajo humano de trabajadores con su fuerza de trabajo: “Aunque a menudo se piensa en la IA como un aprendizaje automático sin seres humanos, en realidad la tecnología se basa en el trabajo intensivo de una mano de obra repartida por gran parte del Sur Global y a menudo sujeta a explotación”, nos dicen Rebecca Tan y Regine Cabato en un artículo del The Washington Post. Y Uma Rani, de la OIT, en su artículo La ilusión de la Inteligencia Artificial: Cómo los trabajadores invisibles alimentan la economía «automatizada», destacando que “que la IA no consiste tanto en sustituir a los humanos como en depender de trabajadores con déficits de trabajo decente, como bajos ingresos, falta de prestaciones de protección social y de seguridad y salud en el trabajo para sostener el sistema de IA”. Son, como dice una trabajadora de plataformas, los “trabajadores previos al algoritmo”.
  • Fábricas… En el mismo artículo se informa que “detrás del auge de la Inteligencia Artificial hay un ejército de trabajadores en ‘fábricas de explotación digital’”. Incluso, proliferan los digital sweatshops, talleres clandestinos digitales de las empresas subcontratistas. Los trabajadores de una de las empresas subcontratistas en Kenia manifestaron que sus trabajos “equivalen a la esclavitud moderna”.
  • … y fábricas. No es todo, porque están también las fábricas más típicamente manchesterianas, por así decir. En su Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Yanis Varoufakis nos dice al pasar que el capital de la nube y sus dueños, las grandes empresas tecnológicas a las que define como una nueva clase dominante, “los nubelistas”, “sin duda, no es menos físico que esos otros tipos de capital, porque la metáfora de la nube es sólo eso: una metáfora. En realidad, la nube está formada por grandes almacenes de datos que contienen filas interminables de servidores conectados por una red de sensores y cables que se extiende por todo el planeta”. Sin detenernos en su tesis, quedémonos con esto. En otra capa geológica más profunda, siguen existiendo aquellas viejas fábricas tradicionales modernizadas, las que construyen cables y sensores, servidores donde alojar los datos y chips, los computadores y los vehículos donde transportar las mercancías que venden, los celulares y las torres de telefonía móvil, las propias instalaciones industriales en que se fabrica todo esto, las minas del silicio, el litio, el cobre, el estaño, los minerales raros, los bosques de los que se extrae por ejemplo el látex para los cableados de fibra óptica. Y sus trabajadores. Los viejos, más invisibilizados aún, trabajadores industriales y mineros y forestales.
  • Trabajo precario: Se trata del trabajo digital subcontratado. Esto implica salarios a destajo, despidos intempestivos, rebajas salariales continuas, salarios por debajo del mínimo, muchas veces sin contrato de trabajo y entonces de la mano sin cobertura social; la empresa puede rechazar la tarea realizada sin dar explicaciones, por lo que no se le pagará el trabajo, aunque al mismo tiempo puede conservar el trabajo realizado, por ejemplo, los datos etiquetados. Según Adrienne Williams, Milagros Miceli y Timnit Gebru en el artículo La explotación laboral detrás de la Inteligencia Artificial publicado en Noema Magazine estos trabajadores son tratados “como máquinas, a menudo prescribiéndoles tareas muy repetitivas, vigilando mediante herramientas automatizadas sus movimientos y penalizando sus equivocaciones”. Mayormente se trata de mujeres y jóvenes, de éstos, muchos con alto nivel educativo, incluso posgrados y en áreas STEM. ¿Y qué trabajos realizan? Como siempre, hay una estratificación y división del trabajo. En el tope están los programadores y diseñadores de modelos con base mayormente en Silicon Valley con sueldos millonarios y condiciones de trabajo privilegiadas. En la base están, entre otros, quienes realizan la tarea de data entry, quienes realizan la clasificación o etiquetado de datos, quienes realizan la verificación de los resultados algorítmicos, quienes personifican a inteligencias artificiales (que hacen como si fueran una inteligencia artificial), quienes realizan la moderación de contenidos. Quienes, más distantes, pero parte integral de estas cadenas de producción, realizan el depósito y reparto de los productos que se venden y compran a través de las plataformas digitales, dentro de cada país y atravesando los océanos alrededor de todo el mundo.
  • Ejército de reserva. A la vez, aunque es materia de debate sobre su alcance, un reciente estudio de Goldman Sachs estima que la IA generativa podría eliminar el trabajo, con la automatización y la realización de tarea por la IA generativa, de 300 millones de empleos de tiempo completo en todo el mundo. También degradará, precarizando, trabajos existentes, de las viejas profesiones de cuello blanco. Y generará nuevos sectores de trabajadores.
  • La convergencia de métodos de producción. Los métodos de producción flexible y subcontratación conviven con el viejo método taylorista: Por ejemplo, “Las, les y los empleados de los depósitos de Amazon son monitoreades a través de cámaras y de escaners (lectores) de inventario, dado que su rendimiento se mide en función de los tiempos que los directivos determinan que debe llevar cada tarea, basándose en datos agregados de todos los que trabajan en las mismas instalaciones. Controlan el tiempo que pasan fuera de las tareas asignadas y en caso de que se excedan según el criterio de la empresa, son sancionados y disciplinados”.
  • Cadenas globales de producción. Las industrias se distribuyen a nivel mundial. La localización, según la OIT se ubica en el “Sur global” mayormente o en la periferia europea, países de la periferia permite la contratación de trabajadores como madres solteras e inmigrantes que deben aceptar condiciones de trabajo precarias. Por ejemplo, entre tantos: informa el mismo artículo del The Washington Post que “miles de jóvenes en Filipinas se esfuerzan en un trabajo intensivo y poco regulado que sustenta la innovación tecnológica global”. Se trata de “más de 2 millones de personas que realizan este tipo de ‘trabajo colectivo’”, trabajando en sucios cafés o desde sus casas.
  • El otro producto: la alienación: Milagros Miceli entrevistada por Juana Garabano para la revista Disputas refiriéndose específicamente a los trabajadores de datos nos dice que “muchos de esos trabajadores no saben para qué están trabajando. Imagínate estar todo el día estar etiquetando fotos de gatitos, no sabes para qué, nadie te informa, y está estructurado de esa manera. No sabes qué estás haciendo, quién es al cliente, qué se va a entrenar con eso. Yo siempre me acuerdo una entrevista que hice en 2019 a un trabajador en Bulgaria, él venía de Afganistán. No recuerdo qué le pregunté, pero en la pregunta estaba la palabra machine learning, y me dice “¿qué es eso? a esa palabra no la conozco”. Eso siempre me quedó. Qué raro que alguien que está aportando tan fundamentalmente a que sistemas de aprendizaje automático funcionen, no saben cómo funciona o las palabras para nombrarlo. Eso sintomático de todo esto”.
  • La fragmentación: “muches trabajan en plataformas, no en empresas con una oficina o un lugar físico, sino desde su casa. Entonces no conocen a sus compañeres, no saben que hay otres, cuántos son, quiénes son, dónde se encuentran, en cuántos países. Es muy difícil de esta manera organizarse, buscar la acción colectiva”. Hay iniciativas de todos modos, por ejemplo, el Sindicato Africano de Moderadores de Contenidos, el primero del continente, aunque, trabajadores precarios, fueron inmediatamente despedidos tras exigir una mejora en sus condiciones laborales; o el sitio web Foxglove, en el Reino Unido, que promueve los sindicatos de trabajadores del sector tecnológico y la tecnología equitativa; o la plataforma Turkopticon que reúne a trabajadores de ingreso de datos. Retomando a Varoufakis, y aunque seguimos sin detenernos en su tesis más amplia -el surgimiento del tecnofeudalismo que reemplazaría al capitalismo- se refiere a algo que tal vez encienda una luz para esta problemática: “E imagino que te preguntas: ¿acaso importa que en las fábricas y lo almacenes modernos este control ya no lo ejerzan engranajes, ruedas, piñones y correas, sino algoritmos que funcionan con dispositivo enchufables conectados inalámbricamente a la red neuronal de la empresa? No, eso no importa demasiado. La forma en que los proletarios de la nube —el término con el que me refiero a los trabajadores asalariados a los que algoritmos basados en la nube llevan físicamente al límite sufren en el trabajo sería reconocida al instante por generaciones enteras de proletarios anteriores”. Esos “proletarios anteriores” son en realidad proletarios actuales, como decíamos más arriba cuando hablábamos de las otras fábricas, aquellas que podríamos llamar manchesterianas: ¿qué si los proletarios de la nube se unieran a los proletarios manchesterianos con mayores facilidades, tradición y experiencia de organización y acción -aunque no tengan hoy la capacidad de antaño? En nuestras Notas, IV hicimos una referencia a Sergio Bologna y su Nazismo y clase obrera, texto en el que afirma que el nazismo tenía un fuerte, sino determinante, componente obrero; también, que “no es cierto que el proletariado alemán se rindiera sin combatir”.

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Mirar la materialidad que sostienen la era de la IA con foco, hasta aquí, en el trabajo, reclama miremos el otro polo de la relación. En Trabajo asalariado y capital, Marx sostiene que “un negro es un negro. Sólo en determinadas condiciones se convierte en esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina para hilar algodón. Sólo en determinadas condiciones se convierte en capital. Arrancada a estas condiciones, no tiene nada de capital, del mismo modo que el oro no es de por sí dinero, ni el azúcar el precio del azúcar”.

La economía de la IA según el informe The Global Impact of Artificial Intelligence on the Economy and Jobs: AI will Steer 3.5% of GDP in 2030, del International Data Corporation (IDC), para 2030, las empresas con mayor inversión en IA generarían a nivel global 19.9 billones de dólares hasta 2030, equivalente a un 3.5% del PIB global. En el artículo Inteligencia artificial: valor de mercado mundial 2020-2030 de Rosa Fernández, se contabiliza que el sector alcanzaría un valor de 300.000 millones de dólares en 2026. Solo una empresa, NVIDIA generó ganancias en el primer trimestre del 2025 por 14.881 millones de dólares en su segmento de chips y 26.044 millones de dólares en su segmento de Centro de Datos.

En el estudio de octubre del 2023 Artificial intelligence, services globalisation and income inequality, de Giulio Cornelli, Jon Frost and Saurabh Mishra, se sostiene que, “hasta la fecha, nuestros resultados se inclinan firmemente en la dirección de que la IA se ha asociado con una mayor desigualdad de ingresos. En primer lugar, la inversión en IA está vinculada a mayores ingresos reales y a una mayor proporción de ingresos para el decil más rico (d10) en todos los países. En segundo lugar, se asocia con la ausencia de cambios en los ingresos reales y con una proporción de ingresos significativamente menor para el decil inferior (d1). Esto es consistente, estadísticamente significativo y robusto. En el decil medio (d5) se observa un pequeño aumento de los ingresos reales, pero sigue habiendo una disminución general de la participación en los ingresos. En términos de importancia económica, un cambio de una desviación estándar en la inversión en IA per cápita se asocia con el crecimiento del ingreso real del decil superior (d10) en casi USD 1.300 y su participación en el ingreso nacional total aumentó en 0,1 puntos porcentuales en un período de cinco años. Del mismo modo, un aumento de una desviación estándar en la inversión per cápita en IA se asocia con una caída de la participación en los ingresos de alrededor de 0,05 puntos porcentuales para el decil inferior durante el mismo período”.

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Sinclair Lewis y Emile Zolá, Volodia Teitelboim y Andrés Sabella, Baldomero Lillo y Hernán Rivera Letelier, Augusto Cespedes y Joaquín Gallegos Lara, John Steinbeck y David Viñas, Jack London y Gorki, nos contaron los relatos de los trabajadores del siglo XIX y del siglo XX. Recientemente Dana Hart en Blue collar, los volvió en un breve texto a traer al presente. Le escribe Lucius Stewart, de “la Steel Word Corporation, es la decimoprimera productora de acero a nivel mundial. Teniendo su centro en Pittsburgh, Pensilvania. ¡1,4 mil millones de dólares en capital! ¡40 millones de toneladas extraídas! ¡340.000 mil trabajadores y trabajadoras!”. Lucius, “Blue collar. Al verlo en las fotografías, se percibe un ruido, como si sonara una pulidora”. Lucius le habla de sus textos. Es que no está comprobando que existen, invisibilizados como decíamos. Está haciendo otra cosa. Es que quiere saber más. “-¿Y qué tanto necesitan saber? – Más. Mucho más. Es debido a la escasez de fuentes, de hilos de continuidad. Se han cortado. Lo han querido cortar”. Esta es otra historia, ¿o es el meollo de la historia?

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¿Se trata todo esto de un problema de “la ética de la IA” como se discute tanto hoy en día? Miceli cambia la mirada: se trata de un problema de poder. Y describe: “La concentración desvergonzada en manos de capitales privados es una vergüenza. Muchos de estos capitales privados, como Jeff Bezos o Elon Musk, o conglomerados de empresas, tienen más poder que muchos Estados nación”. Son, mayormente, corporaciones multinacionales ubicadas en Silicon Valley. Que, además, ahora con DeepSeek, la IA china, acelera en este ámbito las crecientes disputas geopolíticas.

Por su parte, Kate Crawford en su Atlas de Inteligencia Artificial. Poder, política y costos planetarios, discute ampliamente distintas dimensiones y resume desde el inicio que “debido al capital que se necesita para construir IA a gran escala y a las maneras de ver que optimiza, los sistemas de IA son, al fin y al cabo, diseñados para servir a intereses dominantes ya existentes. En ese sentido, la IA son certificados de poder … podemos escapar de la noción de que es un dominio puramente técnico. En un nivel más básico, la IA es un conjunto de prácticas técnicas y sociales; es instituciones e infraestructura, política y cultura … los sistemas de IA reflejan y producen al mismo tiempo, relaciones sociales y entendimiento del mundo”. Se trata -¡qué importante definición!- de “una enorme formación industrial que incluye política, mano de obra, cultura y capital”, específicamente, una “industria de extracción”, indagando la materialidad de la IA y la explotación de los recursos naturales y minerales, la mano de obra barata y los datos a gran escala (y se hace la vieja pregunta de la Sociología crítica: para qué y para quién… tal fenómeno social).

Se trata de un entramado de poder. Recuperar aquellos hilos de continuidad es esencial, pero es a la vez una dimensión de procesos mayores. En Los ingenieros del caos, Giuliano da Empoli lo enmarca: “Hoy, la irrupción de internet y de las redes sociales en la política vuelve a cambiar las reglas del juego y, paradójicamente, si bien se basa en cálculos cada vez más sofisticados, corre el riesgo de producir efectos cada vez más impredecibles e irracionales. Interpretar esta transformación requiere un verdadero cambio de paradigma. Un poco como los sabios del siglo pasado, que se vieron obligados a abandonar las cómodas pero engañosas certezas de la física newtoniana para comenzar a explorar la mecánica cuántica – inquietante, pero más capaz de describir la realidad–, debemos aceptar lo antes posible el fin de viejas lógicas políticas”.

Tampoco nos detendremos en su tesis, mencionemos sí que a las nuevas y viejas clases dominantes, los nubélicos y los otros, las completan en el entramado del poder las nuevas estructuras políticas, de Trump a Milei, de Bolsonaro a Bukele, de Orban a Le Pen y Meloni, de La libertad avanza de Argentina al Partido Republicano de Estados Unidos, de RN de Francia a la AFD de Alemania, lo que da Empoli llamará la “nueva forma de tecnopopulismo posideológico, basado no en ideas, sino en algoritmos” junto a los técnicos que llama “los ingenieros del caos”. Y allí están Casaleggio Associati y el Movimiento 5 estrellas en Italia, Cambridge Analytica y el movimiento Brexit en Inglaterra, más difusamente Facebook y la caza racista, la violencia antirrohinyá en Myanmar que relata Harari en Nexus.

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Esta nueva industria que está a la vez reflejando y reestructurando la vida social en su conjunto, presentando desafíos de carácter existencial para la Humanidad, como referimos por ejemplo en Notas, IV, redobla las amenazas existenciales en otra dimensión: la catástrofe climática en curso. Retomando a Kate Crawford, la nube, pura virtualidad, “está hecha de roca, litio en salmuera y petróleo crudo”, debiendo considerar que “desde el punto de vista del tiempo profundo, estamos extrayendo la historia geológica de la Tierra para servir a una fracción de segundo del tiempo tecnológico contemporáneo” versus “los miles de millones de años que se requirieron para formarse los elementos dentro de la Tierra. Catástrofe ambiental que tiene como base el extractivismo minero que, en sus casos extremos, va de la mano con las brutalidades de la guerra en muchos países como en África; o, incluso, los términos del fin de la guerra en Ucrania exigiéndole Estados Unidos acceso a sus tierra y minerales raros. Va de la mano, también, con la espiral contaminante destructora del planeta: los relaves donde se vuelcan los deshechos mineros; la contaminación del agua y el acaparamiento del agua potable; el consumo a una escala sin precedentes de energía y la estela de la huella de carbono que dejan; etc.

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En una distinción que hoy ya no es aceptada, Emile Zola en su La novela experimental, define que en la ciencia la observación pertenece al estudio de fenómenos que no hace variar, y la experimentación a los estudios que sí hacen variar o modificar los fenómenos con un fin cualquiera. “Pues bien, volviendo a la novela, vemos igualmente que el novelista es, a la vez, observador y experimentador. En él, el observador ofrece los hechos tal como los ha observado, marca el punto de partida, establece el terreno sólido sobre el que van a moverse los personajes y a desarrollarse los fenómenos. Después, aparece el experimentador e instituye la experiencia, quiero decir, hace mover a los personajes en una historia particular para mostrar en ella que la sucesión de hechos será la que exige el determinismo de los fenómenos a estudiar … El novelista sale a la búsqueda de una verdad”. Y sigue, defendiéndose y polemizando: “A nosotros, escritores naturalistas, se nos hace el estúpido reproche de querer ser únicamente fotógrafos … ¡Pues bien!, con la aplicación del método experimental, en la novela, termina toda querella. La idea de experiencia lleva consigo la idea de modificación. Partimos de hechos indestructibles; pero, para mostrar el mecanismo de los hechos es necesario que produzcamos y dirijamos los fenómenos; ésta es nuestra parte de invención, de genio en la obra”.

Si, sigue en una Carta a los jóvenes, “en los primeros días del mundo, la poesía fue el sueño de la ciencia”, y sí, en La tempestad Shakespeare nos decía que “estamos hechos de la misma materia de la que están hechos los sueños”, la IA en desarrollo con la nueva era digital gestándose, es el sueño de una nueva realidad que nos va conformando.

El naturalismo, denostado, está encontrando su libro en la propia realidad, autora impiadosa, que puede devenir el sueño en pesadilla. O la pesadilla callada en sueño. Dependerá del juego de fuerzas.

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