
A partir de
QB VII, de León Uris
Es posible mantener en las sombras lo más abyecto.
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[Pero mantener en las sombras es para cuando el repudio moral de la humanidad así lo exige. No como hoy, que abyecciones son expuestas, explicadas, justificadas -lo que debiera encender todas las alarmas].
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Hasta que algo lo saca a la luz.
La página 167, que Adam Kelno leyó con estupor, negándolo.
[Encarnando el renovado negacionismo -del pasado, y de tantas abyecciones del presente].
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No solo algo lo saca a la luz.
Algo, alguien, te confronta.
Fue primero Abraham Cady, escritor americano, que fue -su familia- Cadyzynski en Rusia huyendo de los pogroms, después unos a Palestina, otros a Estados Unidos, muchos muertos en los campos de concentración nazis, al escribir su libro El holocausto. Y allí, en la página 167, relatar, entre tantos horrores abyectos, los de los médicos colaboracionistas que realizaban los experimentos que los SS practicaban en los judíos.
Fue, después, alguien más cercano, Terrence MacAlister, el querido hijo de su amigo, casi más querido que su propio hijo, médico como él, que lo confrontó al leer aquella página, oscura de la vida del médico cirujano Adam Kelno, luminosa para develar, conocer, la verdad, denunciar los hechos sucedidos poco más de veinte años atrás, enterrados cuidadosamente, engañosamente: ¿no fue el mismo médico laureado por la Reina de Inglaterra nombrándolo sir, reconocido en la Academia, preocupado de los nativos de Sarawak, con consulta en los barrios obreros de Londres?
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Confrontación que lo llevó -con esos laberintos que tiene la vida- a un juicio que él inició por difamación, y que la valentía de los testigos que declararon -también confrontándolo- lo volvieron en su contra.
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Hubo entonces con la escritura de Abraham Cady,
[¿Lo hay aún?: sí, lo hay]
una función [tal denostada] social de la literatura. Sus propios hijos, Ben y Vanessa, deciden visitarlo en Israel durante sus investigaciones para el libro y para el juicio, y deciden quedarse allí: “…porque hemos hallado lo que usted confía que otras personas encontrarán a través de las obras que escribe”.
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Confrontar es confrontarse.
Preguntarse qué hubiera hecho uno en esas mismas circunstancias.
Y saber que hubo, que hay, que habrá -pero hay que tener una alta envergadura moral- héroes anónimos, médicos que se negaron sabiendo que exponían su vida, a realizar los experimentos ordenados por los nazis.
Revivir el horror del infierno de los campos de concentración. Saber que se expone a los sobrevivientes a revivir lo vivido. Saber que se ha dejado una terrible herencia [¿y cuál estamos dejando ahora mismo?] y no poder más que lamentarlo con ironía ante su hijo Ben: “Sin duda les hemos prestado un gran servicio. Aceptad el regalo de mi generación a la vuestra. Campos de concentración y cámaras de gas, y el estruendo de la dignidad humana”.
Pero debía hacerlo, debía hacerlo.
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Porque “se cruzó la línea y ese crimen no admite redención”.
Entonces, a los sobrevivientes que declararon como testigos: “Estamos aquí porque no podemos permitir que el mundo olvide lo que hicieron con nosotros. Cuando suban al estrado de los testigos, recuerden todos ustedes las pirámides de huesos y cenizas del pueblo judío. Y cuando hablen, recuerden que hablan por seis millones de personas que ya no pueden hablar”.
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Hay algo más.
Esas historias que son mitos que son ese fondo que va sedimentando la moral de la humanidad una vez y otra vez puesta a prueba.
Sir Robert Highsmith, el abogado que representaba a Adam Kelno, en su alegato de cierre lleva al tribunal aquel horrible momento: ¿podía Adam Kelno negarse a la orden de los oficiales de las SS? [Podían, otros lo hicieron; y Kelno odiaba a los judíos]. Y agrega: “Sabemos, ¿verdad que sí?, que los ejércitos obedecen órdenes de matar personas bajo pobres disfraces de derecho nacional. Y, después de todo, miembros del jurado, cuando Dios mandó a Abraham que sacrificase a su propio hijo, Abraham dio su conformidad”. Thomas Bannister, el abogado defensor de Abraham Cady, lo despachará rápidamente: “Estoy de acuerdo con mi docto colega en que a los ejércitos les enseñan a obedecer, pero cada día vemos pruebas más claras de personas que se niegan a matar a otras personas. En cuanto a la historia de Abraham y Dios…; bien, todos sabemos cómo terminó aquello. Dios sólo hizo un juego de palabras, y no se llevó al hijo, ni mucho menos”. Es un hecho. Pero hay algo más.
[En Temor y temblor, Soren Kierkegaard, nos cuenta “la hermosa historia de Abraham”. La “prueba a la que fue sometido”. Y su angustia. No están sólo los hechos. Están los diferentes relatos de esos hechos. En el que comienza, Abraham se dice, “vale más que me crea un monstruo que perder la fe en ti”, mientras camina con su pequeño Isaac al monte Moria para ofrecérselo a Dios en holocausto. En el segundo, de vuelta ya a su hogar con Isaac salvado habiendo sido ofrecido en su lugar un cordero en holocausto, “Abraham se hizo viejo; no pudo olvidar cuánto había exigido Dios de él. Isaac continuó creciendo; pero los ojos de Abraham se habían nublado; ya no vio más alegría”. En el tercero, “cuando Abraham, sobre su asno, se halló solo en Moria, la tarde era apacible; se arrojó de cara contra la tierra y pidió perdón a Dios por su pecado, perdón por haber querido sacrificar a Isaac, por haber olvidado su deber de padre hacia su hijo. Tomó de nuevo, con más frecuencia, el camino solitario, pero no halló reposo”. En el último, ya de vuelta a su hogar, y habiendo visto Isaac el puñal de su padre pendiendo sobre él, perdió la fe.
¿Dio, en términos de sir Robert Highsmith [¿y tal vez de nuestras lecturas o resonancias de este terrible hecho?] Abraham “su conformidad”? ¿Se dispuso realmente a sacrificar a su hijo; se trataba, en términos de Thomas Bannister, de un “juego de palabras de Dios”? ¿Es que estaba en Dios, o en Abraham mismo, en uno mismo, la decisión de qué hacer? Y esa decisión, en qué se sostenía.
Cualquiera de nosotros, nos dice Kierkegaard, iría y resignado lo sacrificaría. No Abraham, con su grandeza, “grande por la energía cuya fuerza es debilidad, por el saber cuyo secreto es locura; por la esperanza cuya forma es demencia; por el amor que es odio de sí mismo”, cargando el peso “de la paradoja inaudita que es la sustancia de su vida”, y que, paradoja de la paradoja, fue sabiendo que “en el último instante Dios le impediría sacrificar a Isaac”. No era la fe del resignado. Otro tipo de fe, extraña: la de quien “osa mirar la imposibilidad de frente”, creer en ella: esto es imposible, y se cumplirá, confrontar la prueba, “tentar a Dios”; y así, “Abraham no renunció a Isaac por la fe; al contrario, la obtuvo por ella”].
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[Y hoy, con tantas abyecciones volviendo, amenazando con volver, vislumbrándose amenazantes, ¿no reclaman renovar nuestra creencia en todo lo que vuelve a aparecer como imposibles?].