
“Los yanquis no tienen rivales en el mundo como mecánicos y nacen ingenieros, como los italianos nacen músicos y los alemanes metafísicos … Y cuando a un americano se le mete una idea en la cabeza, nunca falta otro americano que le ayude a realizarla. Con sólo que sean tres, eligen un presidente y dos secretarios. Si llegan a cuatro, nombran un archivero, y la sociedad funciona. Siendo cinco se convocan en asamblea general, y la sociedad queda definitivamente constituida”.
La ambición y esa plasticidad de la ciencia, y esa plasticidad de la imaginación, hizo que el presidente del Gun Club, Allenby, invitara a imaginar: “No hay ninguno entre vosotros, beneméritos colegas, que no haya visto la Luna, o que, por lo menos, no haya oído hablar de ella. No os asombréis si vengo aquí a hablaros del astro de la noche. Acaso nos esté reservada la gloria de ser los colonos de este mundo desconocido”.
Y allá por 1865, una persona, Julio Verne, lo soñó. Y así, lo prefiguró. Honradamente habló de sus predecesores: En el siglo XVII David Fabricius, en 1649 un francés llamado Jean Baudoin publicó el Viaje hecho al mundo de la Luna por Domingo González, aventurero español, Cyrano de Bergerac publicó la célebre expedición, otro francés llamado Fontenelle, escribió la Pluralidad de los mundos, hacia 1835 sir John Herschell en el cabo de Buena Esperanza con un telescopio acercó la Luna, Edgar Allan Poe y su Hans Pfaall en 1835. Todas obras de imaginación: “Tengo, pues, distinguidos y bravos colegas, el honor de proponeros que intentemos este pequeño experimento”: se hizo, otra vez, a través de la literatura, para ir De la tierra a la luna.
[Hoy, con Artemis II se propone preparar una Artemis IV en un nuevo intento, tras el Apolo 11 en 1969, de la humanidad. Una ambición épica –que la literatura prefiguró- y que las pequeñas geopolíticas y políticas –y sus horrores- oscurecen].
Es que, no podía ser de otra manera, ayer y hoy, «Los americanos hablaban de él como si fuesen sus propietarios. Hubiérase dicho que la casta Diana pertenecía ya a aquellos audaces conquistadores y formaba parte del territorio de la Unión. Y sin embargo, no se trataba más que de enviarle un proyectil, manera bastante brutal de entrar en relaciones, aunque sea con un satélite pero muy en boga en las naciones civilizadas».