El peregrino, de León Uris

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El peregrino, de León Uris

“Todo Medio Oriente era un enredo”, los insurgentes del oficial Kaukji y el Gran Mufti Husseini pusieron a la defensiva a los ingleses -que apoyaban al rey Abdullah de Jordania, rival de aquellos- decidiéndoles a construir la línea de los fuertes Tagart y a apoyar a los valientes judíos con sus fuerzas de combate, la haganah, a la vez que impedían su inmigración a Palestina, aún en días del ascenso al poder de los nazis -a quienes se alió Husseini-, y que mantendrían tras conocerse años más tarde los horrores de los campos de exterminio en Alemania, mientras otro sector de los ingleses se aliaba con los árabes, alianza que mantendrían hasta que debieron abandonar su Mandato en Palestina. Era 1936. Y esta geopolítica imposible, y las decisiones y enfrentamientos entre diversas naciones y líderes árabes -el Gran Mufti Husseini, el rey jordano Abdullah, Siria, Líbano, Egipto, los mojahedeen, guerreros de Dios de Husseini y de Abdullah, la Legión Arabe, los Hermanos Musulmanes y un largo etcétera- azotarían por años a la región. El capitán inglés Orde Wingate, a favor de la constitución de un Estado judío, desprende un principio: “Jamás podremos radicar aquí más de unos pocos millones de personas … dicho Estado siempre estará rodeado de millones de árabes hostiles e inclementes. No se puede esperar mantenerlos a raya eternamente. El solo peso del número y la sociedad musulmana que perpetúa el odio lo hacen imposible. Si usted ha de sobrevivir, ha de establecer el principio de la represalia … Esa es la clave para dominar a fuerzas superiores a uno”.

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Esta política parecía ineludible.

SE imponía por sobre la -difícil, sinuosa, contradictoria- necesidad, posibilidad, de convivencia entre árabes palestinos y judíos en Palestina. En el poblado árabe de Tabah, su muktar Ibrahim intentó desalojar a los judíos del vecino kibutz de Shemesh de Gideon Asch. Con determinación, y después, con la prosperidad producida allí, bien protegida por haganah, lo disuadieron. Y comprendieron que podían convivir en paz. “Pero a los moderados los matan”.

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No sólo de vida cotidiana -esta posibilidad de pacífica convivencia- viven, vivimos, las personas.

También de sueños grandes, de proyectos, sociales, nacionales y religiosos en este caso.

“Gideon Asch había transitado toda una vida con sus cincuenta y tres años, por el laberinto de la mente árabe buscando paz y amistad … La ilusión de la hermandad con los árabes fue también superada por la certeza de que, si se cumplieran los sueños de Sion, los judíos deberían adoptar una actitud ofensiva que le repugnaba … Aceptaba luchar contra los árabes, porque si no lo hiciera, estos jamás dejarían de perseguirlos. Pero, ¿cuánto tiempo se prolongaría eso tan terrible? Y durante ese lapso, ¿se corrompería también la decencia fundamental del pueblo judío? El camino parecía irremediablemente largo, pero era el precio que exigía el sueño de Sion”.

Era la pregunta terrible que pesaba sobre Gideo Asch de Shemesh.

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Sobre el muktar Ibrahim de Tabah, caería también un peso terrible, abrumador.

La lucha de los árabes contra los judíos, era también la lucha de los árabes entre sí por quién los lideraría. De esta última sobre todo -Ben Gurion propuso dejar la Margen Occidental a los árabes, Gideon Asch y el general Yigal Allon, un moderno Josué, lo rechazaron: sería dejar un caldero de guerrilleros contra Israel-, sobrevendrían los miles de miles de desplazados, de refugiados: árabes palestinos dispersándose en las zonas árabes de Palestina, la Margen Occidental, Siria, Jordania, Irak…

Comenzó una larga y dolorosa, sangrienta, cargada de odio, de derrotas y humillaciones, peregrinación forzada para él y su familia. Debió vagar con su familia por Jaffa, Qumran, el Margen Occidental, Zurich; debió, al final, intentar una política moderada con el jeque Taji y Charles Maan, y verla fracasar; debió perder a su hijo Jamil, a Maan, después el sufrir tener que cumplir con su tradición con su hija Nada y sufrir la posterior venganza de su hijo Ismael; debió intentar y ver fracasar el Proyecto Jericó, impulsado por un departamento de la ONU para el desarrollo del Margen Occidental; debió entonces comprobar que  “de ser simples campesinos que pasaban del ciclo de la plantación a la cosecha, nos convertimos en menesterosos en nuestra propia tierra … en vagabundos del universo”.

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¡Cuánto ha cambiado y cuánto permanece! Sobre todo, hoy, la pregunta terrible de Gideon Asch: “¿se corrompería también la decencia fundamental del pueblo judío?”.

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