
A partir de
Unos cuantos sueños de Chimamanda Ngozi Adichie
“La vida no es una novela”, le reprochan, le advierten, le aconsejan a Chiamaka por no querer casarse con Chuka, que era una especie de hombre perfecto,
Es que “yo quería amor, amor a la antigua”, se lamentaba Chiamaka, tras anularse yendo detrás del deslumbrante profesor de Historia del Arte Darnell, hasta que tanta altanería y desprecio de él la hizo tener que dejarle. Y viviría muchas historias de amor, o de casi amor, o de paso; vividas ligeramente, con esa alegría propia de la rica hija de una rica familia nigeriana que vivía en Estados Unidos y viajaba y quería que le publicaran un libro de crónicas de viajes que no mostrara el “país real” de cada lugar que visitaba, si no lo que le gustara. Más seria, más estructurada, su amiga Zikora, abogada hecha con esfuerzo, pero exitosa ya viviendo también en Estados Unidos, logró conocer a su amor, que lo fue hasta que quedó embarazada, lo que la devastó quedando como madre sola, aunque pudiendo así reencontrarse con su madre. Más obligadamente paciente, obligadamente resiliente, Kadiatou, de una familia pobre de un pueblo de Guinea, se reencontró con su amor de adolescente que volvió de Estados Unidos a buscarla para llegar allá a trabajar de camarera de un hotel y sufrir, primero, la agresión sexual de un poderoso francés alojado donde trabajaba, y después la agresión de la prensa y la opinión pública que modeló para atacarla. Más independiente, más autónoma, la poderosa y corrupta banquera y después consultora financiera Omelogora, resistía los embates de su familia para que se casara.
***
Todas estas mujeres con sus historias de amores y desamores -mientras decidían si seguir o no sus mandatos familiares, sociales, tradicionales-, tan aparentemente al centro de sus vidas, tan conversados, tan vivos y con tanto detalle en sus recuerdos, tan aparentemente comunes a todas y todos hoy en día, estaban atravesadas por una pregunta, a la vez trivial e inquietante.
***
Es que los años pasaban, y para colmo, el confinamiento de la pandemia, con “esta nueva vida en suspenso” que a todos nos trajo.
Y entonces hacer un alto mientras seguimos, repasar las cosas vividas, cuestionarlas. Que lo más cotidiano y trivial porta -y oculta si no lo miramos de frente- todo nuestro ser.
“Me hago vieja. Me hago vieja y el mundo ha cambiado y nunca he sido verdaderamente conocida por nadie… ¿Adónde se han ido todos los años, y he aprovechado al máximo la vida? Pero, ¿cuál es el baremo final para saber si se ha aprovechado la vida al máximo? Y si lo he hecho, ¿cómo llegaría yo a saberlo?
***
Como un rayo que repentinamente irrumpe en el cielo de nuestras vidas, se preguntan, se cuestionan, “¿vives la vida que imaginabas vivir?”.
Sabiendo, ¡ay Kadiatou, mujer trabajadora cercada por la impunidad de los impunes, ay Chiamaka, mujer y negra en Estados Unidos con los mandatos de lo que se espera de una mujer-negra-en- Estados Unidos aun siendo rica, ay Omelogora, ay Zikora afrontando los mandatos de género y las tradiciones!, que lo que imaginabas vivir, se alcanza, se pierde, vuelve, se va, dura un instante o, con fortuna, toda una vida.
Aun así, los vaivenes de la vida, a nosotros, barcos de papel, que un viento imprevisto, una corriente submarina, le cambia la dirección de las cosas, o lo hunde, o lo lleva a su destino, pueden, podrían, ser afrontados. Si sabemos, “utilizar la fuerza del anhelo para dar forma a la vida que desea”.
Y entonces aquella pregunta no solo repasa, escarba, cuestiona, también, orienta, permite reconocer esos anhelos, despertarlos, hacerlos brújula.
(Random House. Traducción de Carlos Milla)