
A partir de
Romance de la negra rubia, de Gabriela Cabezón Cámara
“Soy una de esas personas que no pueden separar arte de vida”.
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No lo sabía aún aquella “mañana de diciembre en que empezó esta historia”. Milicos. “Cronología del desalojo”. De la Comuna y sus comuneros, aristas ocupas. Resistencia. Represión. Ella se quemó a lo bonzo. Sobrevivió. Intereses -el juez del desalojo quería candidatearse a diputado-: les cedieron el edificio. Y otros. Y más. La querían en sus manifestaciones y comunicados. Se los dio. Acumuló poder. Cien torres ocupas con treinta mil comuneros. Les dio algo más.
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Una instalación, Sacrificio en la Bienal de Venecia. Ella, sobreviviente quemada, en el centro de la instalación. Les dio algo más todavía.
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La suiza millonaria, la rubia y bella Elena, compró la instalación. Le dio amor, sexo, dinero. Más poder. Y le pidió algo más todavía. Sobrevivir en ella, sabía Elena que moriría. Y también se lo dio.
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“El sacrificio fundante”. “Nací negra y me hice rubia”. Más y más poder. Sin olvidar a los suyos.
Pero.
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En un momento, un instante fugaz, supo algo: “Pero hice todo al revés. Debería haber incendiado canas y judiciales, en vez de volverme bonza”.
Un instante fugaz. No lo hizo en su momento. No lo haría después. No es lo que concluiría más tarde.
Apenas, el panteón de los sacrificios: Agamenon, Ifigenia, Abel Caín, y Dios. Los seis millones de judíos. El Che Guevara. Cristo.
Y otro sacrificio.
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Aquel, ¿destino?, de unir arte y vida.
“Y la vida me quedó así, medio barroca, retorcida, como una torre de Borromini, confusa, agujereada, pegoteada, derretida diría”.
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Es que, acaso, aquel lema de unir arte y vida, en tiempos de acción colectiva, de visiones proféticas, permitía unas cosas que los tiempos de acción individual, de desesperación -quemarse a lo bonzo por ejemplo-, no permiten. O son otras cosas lo que las mismas palabras nombran.