
A partir de
Gigi, de Colette
Gigi, parece ocupar otro espacio.
Gigi, parece protegida.
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Con sus quince años acepta obediente los cuidados de su abuela, Madame Alvarez. Acepta divertida los consejos de su tía abuela rica, Alicia, si es diamante o rubí o esmeralda cada una de sus joyas, si tal vestido va para tal o cual ocasión. Acepta sin preocupación la ausencia de su mamá, Andrée, segunda cantante en un teatro. Acepta divertida las visitas de “tío” Gastón, Lachaille, con sus treinta y tres años millonario dueño de una fábrica de azúcar y sus regalos. En su pequeña casa comentan frívolamente las noticias en el “Gil Blas” o en el “Paris amoroso” sobre Lachaille, sus amores y desamores, la suerte de su fortuna, y lo que allí no sale, lo sabe Alicia.
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Madame Alvarez habla con su hija Andrée de su primer amor del que nació Gigi, le reprocha que le dejara por un profesorcillo al que también perdió en el camino. Hablan, claro, de Gastón y sus mujeres, “esas grandes pájaras” les dice Andrée.
Su madre le advirtió: “Nunca a servido de nada llamar a las cosas y las personas por su nombre”.
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¿Quién podía saber lo que esa filosofía de vida, dicha al pasar, dicha a partir de una noticia más, podía significar para ellas?
Ellas mismas, acaso. No Gigi.
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Lo sabría.
Lo sabría cuando rechazó a Gastón.
Cuando rechazó a Gastón su abuela y su tía abuela no demoraron en hablarle, seriamente, desesperadamente. “Le hablé de la familia, le hice comprender que íbamos pasando la maroma en tanta estrechez, le enumeré todo lo que podía conseguir para ella y para nosotras”.
Y Gastón volvió. Y Gigi: “He reflexionado tiíto; he reflexionado mucho…”
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Tantas cosas dichas al pasar; tanto que desoímos y necesita ser oído.
(Plaza y Janes. Traducción de E. Piña)