
A partir de
Catedrales, de Claudia Piñeiro
“Somos una cicatriz. Mi familia es la cicatriz que dejó un asesinato”.
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Lía “ya no creía en Dios. Lo confirmé en el instante en que anunciaron que había aparecido el cuerpo sin vida de mi hermana menor”, Ana. Se lo dijo a todos mientras la velaban, y al decirlo, “me sentí poderosa”, “aprendí esa misma tarde que ‘ateo’ era una mala palabra.
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Pero hubo más que la condena social con dicha confesión. Hubo el hecho desgarrador de la muerte por el crimen. Y con aquello, se “rasgó el velo que protege la vida cotidiana de lo brutal, que la separa de lo salvaje”.
Y no se contenta con rasgar el velo, con limitarse al hecho.
La familia se dividió. Y no sólo se dividió. Cargó con secretos y rencores. Y solidaridades imposibles. Y silencios que rompen, gritan, distorsionan.
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“¿Qué crimen se escondía detrás de ese crimen …. Cuál era el horror detrás del horror?”.
¿Quién era quién detrás del velo de lo que mostramos, conocemos, aceptamos?
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Descubriría que caminan el mundo Ofelias de Shakespeare: “sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser”.