ARTE Y LITERATURA. Arando en el Nivernais, Rosa Bonheur. Henry, Mona. Thomas Schlesser

Henry, el abuelo de Mona su nieta de diez años, con quien visitaba cada semana un cuadro, temeroso de que perdiera la vista y entonces queriendo que pudiera quedarse con la belleza que la humanidad había producido, visitan esta vez en el Orsay Arando en el Nivernais, Rosa Bonheur.

Rosa Bonheur, “estaba destinada a convertirse en modista. Pero a los trece años, poco después de la muerte de su madre (a la que la familia enterró en una fosa común por falta de dinero), se decantó por la pintura”.

Aquí, unos grandes surcos trazados por las rejas de un arado, dos yuntas de bueyes, de seis cada una. “El animal que iba en cabeza era de un beis más oscuro, y el de cola de un rojizo que lo hacía excepcional con respecto a los doce animales del cuadro; entre ambos marchaba un bóvido que parecía constituir, si no el tema, sí al menos el corazón de la obra. Giraba levemente la cara hacia el espectador y su ojo parecía lanzar una mirada patética. Sin duda acababa de recibir un puyazo por parte del joven boyero de los zuecos que lo acompañaba”.

“En este cuadro … es el buey el que nos mira con su enorme ojo. Y así juega el papel de admonitor. A menudo hablamos de la mirada vacía de los bovinos, como si no tuvieran inteligencia ni conciencia. Para acabar con ese tópico, la artista pinta el negro de la pupila especularmente dilatado sobre el blanco de los ojos. De esta manera, su mirada reclama nuestra atención, nuestra implicación en el cuadro, nuestra empatía. Ese es el sentido de la obra”.

“Hay que tener en cuenta su sufrimiento, todavía más trágico por ser mudo”.

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