Una mujer sin importancia, de Oscar Wilde

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Una mujer sin importancia, de Oscar Wilde

 

Durante unos días de campo en lo de Lady Hunstanton, Lord Illingworth reconocer la letra de una mujer en una carta, Mistress Allomby le pregunta de quién es y le responde con algo de desdén, “¡Oh!. Nadie. Una mujer sin importancia”.

Su “filosofía de la vida” le obligaba a desdeñar a Mistress Arbuthnot, y enseñársela a su hijo Gerardo, a quien ofreció ser su secretario particular. Es que “la felicidad de un hombre casado depende de las mujeres con las que no se ha casado”, le explicaba a Gerardo que escuchaba con avidez. Su madre rechazaba esas enseñanzas que él bebía con la ambición de llegar a tener una posición. “El porvenir pertenece al dandi. Son los elegantes los que gobernarán el mundo”. Apenado Gerardo decía que carecía de educación, y Lord Illingworth lo tranquilizaba, “si un hombre es un gentleman ya sabe lo suficiente, y si no lo es, todo lo que sepa puede perjudicarle”. De lo que se trata es de poseer tacto mundano, tener estilo. Para entrar en la alta sociedad “hay que dar de comer a la gente, divertirla o escandalizarla”. Es fácil, “el mundo ha sido hecho por los tontos para que los listos vivan en él”.

Dandi, uno de los listos, confiado en sí mismo, Lord Illingworth intenta besar a la joven, bella, americana y puritana Miss Ester Worsley que lo rechaza indignada, Gerardo se interpone y amenaza con matarlo. Mistress Arbuthnot lo frena horrorizada: “es tu padre”.

No sólo rechazaba sus enseñanzas. Lo rechazaba a él. Con todas sus fuerzas: la había dejado sola con Gerardo hacía 20 años, negándose a casarse y darle su nombre a su hijo, humillándola, dejándola abandonada. Lo odiaba. Por eso rechazó el intento de Gerardo de forzar a su padre a casarse con su madre, para que repare el daño.

El mismo Lord Illingworth le ofreció aceptar esa idea de su hijo. “No es usted necesario”, le dijo desdeñándolo ella ahora.

Y el espíritu se aliviana, deshacerse de las cargas, apartarlas, no es usted necesario, no es esto necesario. Y ahora sí, poder mirar el porvenir.

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