El Río, de Alfredo Gómez Morel

El Rio alfredo gomez morel

A partir de

 

El Río, de Alfredo Gómez Morel

 

“Llegaba todo lo oscuro y turbio de la Ciudad, el malandrín y el vago; el cafiche y la buscona; los pelusas, pistoleros, presidiarios prófugos, reducidores y los cojos comediantes a los que se unía una cohorte de simuladores: ciegos, tuertos, paralíticos y toda aquella fauna turbia que explota los sentimientos de la caridad humana. También llegaban a esa picada los homosexuales y la lesbiana, o el muchachito aventurero que abandonó su hogar en busca del amor, el policía venal, la miseria, el cansancio de vivir y la soledad”.

¿Quién los veía pasar? Uno de ellos. Que fue abandonado y golpeado por su madre, “madre escoba” porque le partía el palo de la escoba en la cabeza; con quien tuvo sexo una noche que ella dormía; que fue llevado y traído tantas veces que son incontables, de una casa a otra, de lo del padre a lo de la madre, de los colegios en los que los curas abusaban de él a los reformatorios, de la cárcel de Valparaíso a la de Santiago, de una comisaría al cuartel de la Policía de Investigaciones donde lo torturaban.

¿Pero quién los veía pasar? “Te llamarás Luis. Tal fue mi primer nombre”, antes de llegar a esa chacra al escapar del orfanato, no tenía nombre, ni sabía cuántos años tenía, ni quiénes eran sus padres. Hasta que la madre apareció a buscarlo, lo llamó Vicente, “el segundo nombre que tuve en mi vida”. Escapó. Fue al Río, “me llamaron Toño: mi tercer nombre”. Un día aparece el padre: “Alfredo, vamos. Alfredo era mi cuarto nombre”.

El Río. La libertad. Allí, “formábamos una sociedad muy singular. Lo compartíamos todo: perro, choza, miseria y risas”. Y había una frontera: “Supe que la Ciudad empezaba en el Puente y que la vida auténtica tenía principio en el Río”. Pero había que ganarse ser parte de esa sociedad: ser choro, robar, matar. Pero no para demostrarle nada a los otros, sino por “verdadero odio” a la Ciudad.

Dos espacios tan diferentes. Viaja en barco a Perú, se anuncia la declaración de guerra de Inglaterra a Hitler, un pasajero viste un brazalete con una svastica, se le acerca: “¿qué piensa usted sobre la guerra?. Pienso: ¿qué le podré robar a este cobarde?”.

Un mundo que se vincula con el otro, apenas como una incursión, cruzando la frontera para atacar y volver. ¿Pueden entonces no regirse por más leyes que las de la violencia de la tortura de un lado y la venganza del otro?

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s