El cura de aldea, de Balzac

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El cura de aldea, de Balzac

 

Verónica era piadosa, obediente y salvaje, todo a la vez, todo forjándose en su carácter en situaciones nimias, habituales; con cada una conteniendo su contrario.

La fuerza de lo imaginario marcaría sus acciones. Joven aún, desconocía el amor, y lo conoció con la lectura de un “fatal volumen”. No es muy extraordinario, pero ella “se vio arrastrada hacia el culto del ideal, esa fatal religión humana”. Es que “todos los libros le pintaban el amor, y ella buscaba en vano la aplicación práctica de sus lecturas”.

La obediencia, despertaría su rebeldía. “El matrimonio, ese penoso estado, según decía ella, para el cual la Iglesia, el Código y su madre le habían recomendado la mayor resignación, la más perfecta obediencia, so pena de faltar a todas las leyes humanas y de causar irreparables desgracias, la había sumergido en un aturdimiento que llegó a convertirse, a veces, en vertiginoso delirio. Silenciosa y recogida, no sólo escuchaba a los demás, sino que también se escuchaba a sí misma. Al contemplarse, se asombraba”.

Los límites, la empujaron a vencerlos. Buscaba, buscaba, y rebuscaba: en la lectura, la pintura, el baile, la equitación. La religión. Todo esto, “le había impreso una grandeza salvaje, y exigencias que no podía satisfacer, de ningún modo, el mundo de provincias”.

No sólo el de Limoges. Tampoco el de toda la Francia pos revolucionaria, que entregada a la calamidad de la división de la propiedad y el imperio del individualismo liberal, obstaculizaba no solo el despliegue de Verónica, sino de todo el país. Montegnac, la tierra que recibió tras quedar primero huérfana de su rico padre y después viuda de su aún más rico marido, yacía casi abandonada en su árida pobreza. Inglaterra, aunque protestante, y gracias al dictador Cromwel, defendía la unidad de la propiedad y el poder de un gobierno detrás del juego de discusiones del Parlamento.

Para Verónica, también para Francia, ese era el camino. El conservador pasado era el camino del progreso. El cura de aldea Bonnet, guiando a Verónica, que necesita expiar una terrible culpa que oprimía su corazón, la impulsa a obtener la mejora, el progreso y la prosperidad de Montegnac. Porque “la muerte del Redentor, que rescató al género humano, es la imagen de lo que tenemos que hacer nosotros mismos: redimamos nuestras faltas, nuestros errores, nuestros crímenes. Todo es redimible … Llorar y gemir como Magdalena no es más que el principio; obrar es el fin”. La rica gran propietaria, de provincias, guiada por la Iglesia, de la mano de un cura de aldea, lo lograría.

Todo recorre caminos misteriosos; todo transformándose en su contrario. “¡Dios mío! ¿Cuándo cesarás de golpearme por todos los medios? … nadie sabe si lo que ha parecido al principio un bien, se convertirá más tarde en mal”. Sin embargo, aún así, parece posible lograr tus propósitos.

 

(EDAF. Traducciones por J. Zambrano Barragán y J. García- Bravo)

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