Ilusiones perdidas, de Balzac

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Ilusiones perdidas, de Balzac

 

“¿Qué es un ángel a quien no se tienta?”. Porque Luciano Sechard era eso en la provincia de Angulema. Un ángel. Y fue tentado. ¿Por qué, por quiénes?

Paris. Llevado allí primero imaginariamente por la noble de provincias Luisa de Negrepelisse, señora de Bargetón, que se sentía atrapada por la vida provinciana y su triste matrimonio, y alimentaba sus deseos en el joven y bello poeta. Alimentada su imaginación por ella, “la santa criatura ignoraba que cuando empieza la ambición, cesan los sentimientos sencillos”.

No tardaría en ir realmente. Paris, “allí está la vida de las gentes eminentes … capital del mundo intelectual … teatro de los éxitos … la corte y el poder … sol moral que crea las glorias, caldeando los espíritus con el fuego de las rivalidades”.

Paris, con “dificultades y diversiones que ofrece a todas las existencias … y que para ser domadas precisan la energía salvaje del verdadero talento o la sombría voluntad de la ambición”; donde se agitan “olas de hombres e intereses”.

¿Cuáles intereses? Paris, y el dinero. “Una voz gritó a Luciano que la inteligencia es la palanca con que se mueve el mundo; pero otra le dijo que el punto de apoyo de la inteligencia era el dinero”. Lo confirmaba: “¡Dios mío! ¡Oro a toda costa! El oro es el único poder ante el cual se arrodilla el mundo”. Allí donde “el dinero era la clave de todo enigma”. Y por eso, aprendió terribles y cínicas lecciones: “Hazte crítico, diviértete. ¿No me visto yo esta noche de andaluza, mañana de gitana, y otro día de hombre? Haz como yo: dales gusto por dinero, y viviremos felices”, le decía su amante parisina, la bella actriz Coralia.

El medio para encumbrarse, hacerse célebre, vivir con lujo, obtener varios miles, fue el periodismo, “un infierno, un abismo de iniquidades, y del que no se sale puro”, al que cambió en vez de la poesía y el trabajo duro.

El cambio fue veloz. El ángel se tentó. En ese medio, en Paris, Paris- dinero, entraba la naturaleza de Luciano, ya previamente corrompida por la señora Bargetón, esa naturaleza que hacía que, cuando su recto amigo Daniel de Artez le explicaba que iba a verse inmerso en la guerra entre realistas/románticos y liberales/clásicos, Luciano respondiera: “¿quién es el más fuerte?”; con su “funesta volubilidad”; su “vanidad”; su “maquiavelismo que vive al día”, superficial, ante los grandes intereses e intrigas que lo rodeaban y que ingenuamente creía poder dominar. Y es así que “acabó por verse juguete de hombres envidiosos, ávidos y perversos”.

El recto de Artez supo conocerlo: “es un hombre de poesía y no un poeta, sueña y no piensa, se agita y no crea … sacrificará siempre al amigo por el placer de mostrar su ingenio … firmaría gustoso un pacto con el demonio si le procurase algunos años de vida brillante y lujosa … sólo ve los placeres del momento … se despreciará a sí mismo y se arrepentirá, pero a la necesidad siguiente volverá a empezar pues carece de voluntad contra los cebos de la voluptuosidad y la satisfacción de sus mayores ambiciones … se cree hábil escamoteando las dificultades en lugar de vencerlas”.

Fácil que Paris- dinero saliera vencedor. Y su hundimiento fue el hundimiento de sus amados David y Eva, quienes, bondadosos y laboriosos, forjando su familia y su futuro, fueron hundidos con una deuda de doce mil francos responsabilidad de Luciano.

Pero esa naturaleza que se probaba ingenuamente en Paris- dinero, y era vencida, fue forjada por su siglo: aunque vencida, no sería transformada. Y cuando, horrorizado por las penas causadas a quienes amaba pensó en el suicidio, su siglo se le volvió a hacer presente de la mano del clérigo jesuita español Carlos Herrera, que lo rescató de su desesperanza devolviéndolo al mar embravecido que lo había hundido: “Napoleón, Richelieu, los Medicis, se igualaron a su siglo. ¡Usted se estima en doce mil francos! ¡Vuestra sociedad no adora ya al verdadero Dios, sino al Becerro de Oro! Tal es el fundamento de vuestra Constitución, que no se preocupa, en política, más que de la propiedad”. “No tiene usted nada, está en la misma situación que los Medicis, Richelieu y Napoleón al principio de su ambición. Esas gentes, hijo mío, han estimado su porvenir al precio de la ingratitud, de la traición y de las contrariedades más violentas. Es preciso atreverse a todo para obtenerlo todo”.

Un ángel tentado por Paris- dinero; con una naturaleza ambiciosa pero superficial, débil para vencer las dificultades, por lo que sería vencido; pero que, hijo de su siglo, volvería a intentarlo sabiendo ahora que “es preciso atreverse a todo para obtenerlo todo”; sabiendo también que Paris-dinero, quiere que quieras “obtenerlo todo”, a costa de todo. ¿No seguimos viviendo en esa Paris- dinero y su siglo?

 

(EDAF. Traducciones por J. Zambrano Barragán y J. García- Bravo)

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