Una hija de Eva, de Balzac

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Una hija de Eva, de Balzac

 

“Señora, vivimos en unos tiempos en que todo es pasajero y deleznable. En Francia, los tronos se levantan y derrumban con rapidez vertiginosa. Quince años son suficiente tiempo para dar al traste con un gran imperio, una monarquía y una revolución; nadie, pues, se halla en el caso de responder del día de mañana”.

Y en esos tiempos convulsos, prevalecen imprevistamente las inquietudes del alma que también se mueven, como en esa sociedad, entre contrastes.

Con férrea educación católica, encerradas hasta salir casadas de su hogar en esa “cárcel materna”, María Eugenia y María Angélica, crecieron “desarmadas contra la desgracia e inexpertas ante la ventura”. María Eugenia desarmada ante la desgracia de ser casada con el horrible banquero de Tillet. María Angélica inexperta ante la ventura de ser casada con el noble y bondadoso conde Félix de Vandenesse.

Noble y bondadoso hasta el punto de verse agobiada, y “acabó por encontrar cierta monotonía en un Edén tan bien dispuesto; la felicidad perfectas que la primera mujer debió experimentar en el Paraíso terrenal, le dio las náuseas que, a la larga, produce el uso constante de los dulces, haciéndole experimentar, como a Rivarol al leer a Florian, el deseo de encontrar algún lobo en el redil. En todo tiempo esto ha recordado el sentido de la emblemática serpiente, a la cual Eva se entregó, sin duda, por fastidio”.

Y se entregó al célebre, ambicioso, voluble Raúl Nathan, amante de una actriz de vida ecléctica en cuya casa “caben y son recibidos con aparente decencia todos los gustos, vicios y opiniones”. En su caso, fue igual, desplazándose de un extremo al otro. “Aquellos lectores que conozcan hasta dónde puede un hombre rodar por la pendiente de las contraposiciones y contrastes, comprenderán que a los diez años de esta vida bohemia y accidentada, sembrada de altibajos, de fiestas y miserias, de sobriedad y orgía, Raúl se sintiera arrastrado hacia un amor puro y casto, hacia la dulce y armoniosa morada de la gran señora, en la misma forma que la condesa Félix de Vandenesse deseaba introducir los tormentos de la pasión en su tranquila existencia, monótona por exceso de ventura”.

Se elevarían ambos hasta las alturas del amor secreto y de la celebridad artística y política, para después derrumbarse. Eugenia, de la mano del conde evitó el hundimiento. Raúl, pasó de estrella del periodismo, la política y las artes, a oficinista y escritor de las ideas contrarias que había defendido, “y esa conducta ilógica tiene su origen y autoridad en el cambio de frente por parte de muchas gentes, que en nuestras últimas revoluciones políticas han obrado lo mismo que Raúl”.

Moviéndonos entre contrastes y contraposiciones, lo hacemos entre tormentas de resultados inciertos e inquietantes; evitándolos, no vivimos.

 

(EDAF. Traducciones por: J. Zambrano Barragán y J. García- Bravo)

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