Anote, querida, de Laura Calvo

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Anote, querida, de Laura Calvo

 

“Cuando repaso mi vida, me espanta encontrarla informe”, le dice Mercedes Espinoza postrada con un cáncer terminal a Julia Prat contratada para anotar los dictados en sus últimas semanas de vida, porque “siempre quiso ser escritora”, porque “tengo tanto para contar”.

Una oportunidad a la vez para que Julia repase su vida. Y no solo el accidente que le arrancó al amor de su vida, Marcos; o su familia, su padre, su madre, su abuela, haciéndola orbitar manteniéndola controlada, primero como pupila de las monjas, después mediante la culpa, la dejaban atenazada.

También, darse cuenta que “su deseo solo fuera una sombra que un día se escapó de su sito y se fue hacia un lugar donde no pudiera encontrarla”.

¿Carecía de deseos? ¿Sólo le leía a Mercedes para abultar su escaso sueldo de maestra en un Hogar de niños que esperaban ser adoptados?

¿O la dominaban los deseos, pero ella carecía de la fuerza necesaria para realizarlos? Porque podía ser “al revés: ella la sombra y el deseo su dueño”. Y, sin darse cuenta encontrarse con que “parecería que usted ha renunciado a recomponer los hilos que unen el deseo a la realización”.

Mercedes, poco antes de morir, quedó sin voz. Julia pudo dejar ese trabajo, pero no la dejó. Y en vez de anotar sus dictados, le leía. Mercedes que ya no podía hablar, le sonrió.

A veces, un gesto mínimo, logra reunir deseo y realización, aunque sea por ese único instante.

 

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