Hot line, de Luis Sepúlveda

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Hot line, de Luis Sepúlveda

 

Después de un largo exilio los actores María Lombardi y Sergio Tellez regresaron a Chile, pero “el exilio nos marcaba con el estigma de los apestados … Así que para sobrevivir abrimos una línea caliente”. Entre los llamados, un veterinario frustrado fantaseando con el falo de un caballo; un amante del amor canino; un Ernesto enviciado con estos llamados.

Y otro, inesperado, extraño, terrorífico. “Se dirigía a los homosexuales, a las putas, a los curas rojos, a los sindicalistas, asegurando que muy pronto pagarían por sus inmoralidades y traiciones a la patria. Luego, la cinta continuaba con un fragmento del Venceremos, seguía con un par de frases del último discurso de Allende, para dejar paso al llanto, a los gritos desesperados, a los ruegos de piedad, a los aullidos, a las respiraciones entrecortadas de gentes arrancadas del desmayo y devueltas a las garras del dolor”. ¿Quién sería el de tan horrible llamada?

El encargado de investigarlo fue el detective rural George Washington Caucamán, trasladado a la comisaría de delitos sexuales en Santiago después de haber disparado en su Sur natal a los cuatreros liderados por el hijo del General Canteras. Que no se lo perdonaría.

Lo hizo por su propia decisión. “Los protagonistas del teléfono erótico no hicieron ninguna denuncia, simplemente manifestaron sus temores … ¿quién se atrevería a poner una denuncia? … ¿Quién autorizaría que un detective rural, mapuche por añadidura, hurgara en las cloacas del pasado?”.

Pero, ¿cómo hacerlo?

El dueño de la tenebrosa voz de esos llamados cometería algunos errores. “Era un error enorme pero no le importaba. Dieciséis años de dictadura bastaron para convencer a los criminales de que la impunidad era la ley en Chile. Y tal convicción les hacía desdeñar los errores, porque tenían la sartén por el mango”.

No bastaba con los errores propios de los impunes. “Haré como los huiñas”, dijo George Washington Caucamán. “A veces, una jauría de perros consigue arrinconar a uno, y al contrario de lo que hacen los gatos caseros al sentirse asediados, que es recogerse sobre sí mismos como si quisieran desaparecer, los huiñas se lanzan sobre la jauría, a sabiendas de que van a morir despedazados, pero seguros de que no caerán gratis, y mueren con un ojo de perro o un trozo de hocico entre las garras”.

Y así es como podría. “No sé lo que busco ni cuándo lo encontraré”, le dijo a su reciente amor, Anita, taxista que había pasado por Villa Grimaldi, y que segura le dijo: “no importa. Veo que decidiste llegar hasta el fondo”.

Hurgar en las cloacas del pasado. Llegar hasta el fondo. Hacer como los huiñas.

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