El inmortal, de Jorge Luis Borges

El inmortal(en el aleph) borges

A partir de

 

El inmortal, de Jorge Luis Borges

 

Pasó, sin gloria, por las guerras egipcias. No fue, o no se sintió, parte de los triunfos que reportaron al César. “Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arriesgara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales”.

El camino hasta ella fue arduo –atravesando montañas-, peligros –traicionado por los soldados y mercenarios que lo acompañaban-, abominable –viviendo entre los trogloditas “que carecen del comercio de las palabras”. Aun con todo, persistió. “La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba dormir”.

Llegó a sus lindes, rodeada de una muralla sin puertas. Descendió por un pozo, recorrió una “ciega región de negros laberintos”, ascendió al interior de la Ciudad de los Inmortales: “a la impresión de enorme antigüedad, se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de lo complejamente insensato”. Viendo sus palacios, se dijo: “Los dioses que lo edificaron estaban locos”: nada tenía un fin, “abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable”, y así.

Concluyó: “Esta Ciudad es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz”.

Supo, en palabras del propio Homero, uno de los trogloditas que lo acompañó un tramo del camino, que aquella desquiciada Ciudad que recorrió era un “templo de los dioses irracionales que manejan el mundo”; erigida por ellos como último acto, habiendo marcado “una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación”, y una vez construida, fueron a vivir a las cavernas, como trogloditas.

Supo, que “ser inmortal es baladí”. Que “la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi del desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todos los hombres todas las cosas … soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy”.

Acaso lo más patético, lo más abominable, lo más temible, fuera, no el ser todo, sino, como su Ciudad, la ausencia de un fin, haciendo de cada acto, de cada cosa, un absurdo, un altar a los dioses irracionales.

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