Lincoln, de Gore Vidal

Lincoln de Gore Vidal

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Lincoln, de Gore Vidal

 

En aquella “república todavía esencialmente rural y piadosa”, se vivirían extraordinarios acontecimientos.

Contra toda opinión, Lincoln conformó un gabinete de coalición, con –respecto a la esclavitud- moderados, como él, y radicales, como su secretario de Estado Seward o su secretario del Tesoro Chase. Su “pasión” era la Unión, respecto a la esclavitud terminaría por proclamar la emancipación solo por “necesidad militar”, y con la perspectiva de enviarlos como colonos a América Central, dejando una Unión blanca.

Contra toda opinión sobre sus capacidades afrontó la “primera guerra moderna”, con el “mayor ejército del mundo”, que se debió formar de la nada, e incluso sin oficiales capaces para ponerlo en pie, y sí muy capaces para rivalizar entre sí. Hasta el surgimiento, con la escuela de las derrotas y la sangre, hacia el final, de los generales Grant y Sherman, sobre todo. Que se debió formar en medio de las constantes conspiraciones políticas contra Lincoln; en medio de las conspiraciones militares de los oficiales entre sí; en medio de las inéditas dificultades económicas para financiar esa guerra inédita que encontró entre otras soluciones la aparición de “los verdes” los billetes con la cara de Lincoln en el de dos dólares y de Chase en el de un dólar; en medio de la guerra en las sombras de espías.

Todo esto, no poco contra toda opinión sobre sus capacidades. ¿Era Lincoln el hombre para esta situación?

Incluso al final de aquellos días extraordinarios, su secretario de Estado que al inicio conspiró contra él, pero lo acompañó hasta el final fielmente, creía que “Lincoln era la astuta mediocridad”.

No lo mismo pensaba su segundo secretario el joven John Hay que lo creía “infinitamente astuto”, con el “valor de un león”. Aunque tal vez no estaban tan distantes estas opiniones. El viejo juez Douglas veía en el la ambición, quería medirse con los fundadores de la república, “su ambición es un pequeño motor que hace tic tac y jamás se detiene”.

Pero, ¿podía residir en la naturaleza de una persona el destino de un país? Después de una serie que ya parecía irremontable de derrotas, John Hay “había empezado a preguntarse si el Anciano, por más virtudes que tuviera, poseía el temperamento adecuado para un jefe de guerra … ¿Era posible que la superioridad militar del Sur se debiera a un sistema político más inteligente?”.

Estaban fusionadas ambas, la naturaleza de Lincoln y el destino de los Estados Unidos. “Un peso insoportable para cualquiera y más aún para ese hombre tenso, melancólico, del tipo de Ricardo II …, una frágil criatura que parecía alimentarse de alguna fuente interior de energía desconocida que al mismo tiempo lo consumía”.

Esa fuente era la pasión y la convicción de la Unión. Por la Unión, decidiría ir contra si mismo y proclamar la emancipación. Por la Unión, aboliría las libertades fundamentales, comenzando por suspender el habeas corpus, detener a los directores de los periódicos sin juicio, aplastar la rebelión neoyorkina contra la leva.

Si al inicio sus rivales abolicionistas pedían un Cromwell, no se dieron cuenta que lo tenían. “Había logrado convertirse en un dictador absoluto sin que nadie sospechara que era algo más que un tímido y bromista abogado rural, proclive a la humildad ante los jactanciosos militares y los pavos reales políticos que lo rodeaban”.

Astucia. Valor. Ambición. Sobre todo, aquella fuente interior de energía: una pasión, una convicción. Pero que, al mismo tiempo, lo alimentaba y lo consumía.

(Sudamericana. Traducción de Carlos Peralta)

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