Diálogos. Borges profesor

Diálogos. Borges profesor

(No es novela ni cuento, a quienes aquí acogemos. Pero escrita por un novelista, no es solo crítica o análisis. Es un diálogo entre escritores. Y creación de un espacio literario. Por eso también lo acogemos).

Nos presenta las kennings, “metáforas descriptivas, cristalizadas”: el mar “campo de la gaviota”, “camino de la ballena”; el pájaro, “guardián del verano”; la nave, “caballo del mar”; el escudo, “la luna de los piratas”; el oso, “lobo de las abejas”.

Nos presenta figuras y recursos de las distintas tradiciones: la aliteración entre la literatura germánica, el hipérbaton. Después la aparición del estribillo que permite formar estrofas, abriendo camino a la forma poética. El verso libre, más tarde, o “prosa rítmica”.

Señala la complejidad de la prosa respecto a la poesía. “Un verso, una vez compuesto, actúa como modelo. Se lo repite una y otra vez y llegamos al poema. En cambio, la prosa es mucho más complicada, requiere un esfuerzo mayor”.

Nos presenta con emoción y admiración las vidas apasionadas de los autores / Los temas que tratan las tradiciones épicas y románticas, los racionalistas (Samuel Johnson), aquellos singulares (como William Blake) que no integran ninguna de aquellas, y que goza relatándonos / Los ideales que las rigen, “el coraje y el valor” en la poesía germánica”, “la humildad y el amor al enemigo” en la poesía cristiana / No solo, que también, las condicionantes históricas, sino el lenguaje que permite o posibilita  estas tradiciones: en el siglo VII “el lenguaje es sumamente directo … la dureza del lenguaje inglés, más apropiada a la poesía épica que el inglés actual, en que ya no quedan vocales abiertas y los sonidos de las consonantes son menos duros”; la revolución que se produce en el siglo IX con el “hallazgo de una nueva entonación … una voz nueva … un nuevo empleo del lenguaje” pasando a las elegías, poemas personales que dicen su soledad y melancolía. Y recalca: lo extraordinario que estaban haciendo estos poetas: “como estaban obligando a un idioma de hierro, a un idioma épico, a decir algo para lo cual ese idioma no había sido forjado, a expresar tristezas y soledades personales”. Nos dirá su hipótesis en este cambio en el lenguaje, del complicado anglosajón, inglés antiguo, al moderno, una lengua franca para que pudieran entenderse sajones y escandinavos, hasta su maduración penetrado por el francés tras la conquista normanda, “a tal punto que sí, actualmente hay más palabras de origen latino que de origen germánico en un diccionario inglés. Pero las palabras germánicas son las esenciales, son las palabras que corresponden al fuego, a los metales, al hombre, a los árboles. En cambio, todas las palabras de la cultura son palabras latinas”.

Nos llama la atención permanentemente sobre que “lo más importante en el poema no es el sentido que tengan las palabras, sino el sonido”, la musicalidad. Por ejemplo: “la princesa está pálida/en su silla de oro”, es “un verso hermoso”. Pero si decimos “en su silla de oro está pálida la princesa”, “no queda del verso absolutamente nada”.

Y que, a pesar de estar hecha de palabras, la literatura no nos dice, muestra. William Morris, “no nos dice que hay algo terrible con el esclavo, pero nos muestra al esclavo que cae de rodillas ante el monstruo”.

Hay figuras, recursos, temas, ideales, autores, tradiciones, lenguaje. Hay también una función, tal vez, mejor, una misión, o acaso un atributo. “Y Chesterton en su libro sobre Browning habla de otros grandes poetas y dice que Homero puede haber pensado por ejemplo: ‘Yo les diré la verdad sobre el mundo, y les diré la verdad basándome en la caída de una gran ciudad, en la defensa de esa ciudad’ e hizo La Ilíada. Y luego otro poeta, cuyo nombre ya hemos olvidado dice: ‘Yo les diré la verdad sobre el mundo y la diré basándome en lo que sufrió un hombre justo, en los reproches de sus amigos, en la voz de Dios que baja desde un torbellino’, y escribió el Libro de Job. Y otro poeta pudo decir: ‘Yo les diré la verdad sobre el mundo, y la diré describiéndoles un viaje imaginario o visionario por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso’, y ese poeta es Dante. Y Shakespeare pudo haber pensado: ‘Yo les diré la verdad sobre el mundo narrándoles la historia de un hijo que supo, por la revelación de un espectro, que su madre había sido una adúltera y una asesina’, y escribió Hamlet. Pero lo que Browning hizo fue más extraño. Dijo: ‘He buscado la historia de un proceso criminal, una historia sórdida de adulterio, la historia de un asesinato, una historia de mentiras, de impostores. Y basándome en esa historia, sobre la cual toda Italia habló y la cual toda Italia olvidó, yo les revelaré la verdad sobre el mundo’, y escribió El anillo y el libro”.

Destaquemos valoraciones. Comparando Samuel Johnson con Voltaire, dice que un libro peor, Raselas, logra su cometido: porque “sentimos la melancolía de Johnson. Sentimos que para él la vida era esencialmente horrible”; mientras que un libro mejor, Cándido, no: Voltaire “estaba mostrando una tesis y estaba divirtiéndose mucho al mostrarla”. Paradojas sí. Pero sobre todo, emociones, sentir una obra.

Del Kubla Khan de Coleridge, inconcluso, “no sabemos, no podemos siquiera imaginar una conclusión posible para este poema … un poema totalmente mágico como este, un poema que existe más allá de la razón y contra la razón por obra de la magia de la fábula y por la magia de su música”. Emociones, la magia que nos produce un texto.

Emociones, también paradójicas. Las de aquellos escritores como Carlyle, Whitman Victor Hugo, Quevedo Swinburne, León Bloy, que nos “deslumbran que parecen el prototipo del escritor, pero que suelen acabar por abrumarnos”.

Pero, mientras valora autores y obras, nos dice “yo creo que un poeta debe ser juzgado por sus mejores páginas”. Paradojas otra vez: “dice Chesterton que el hecho de escribir páginas malas es típico de los grandes poetas … un poeta mediocre puede no tener versos muy malo. Puede no tenerlos porque es consciente de su mediocridad y porque está vigilándose continuamente. En cambio Wordsworth está consciente de su fuerza, y por eso hay tanto lastre, hay tanta parte muerta en su obra”. Paradojas sí. Pero sobre todo, emociones, querer a un escritor. También: “haber leído algunas páginas de Dickens, haberse resignado a ciertas malas costumbres suyas, su sentimentalismo, sus personajes melodramáticos, es haberse encontrado un amigo para todas la vida”.

Un escritor: sus obras y más que sus obras. “Una de las obras más importantes de un escritor – quizás la más importante de todas- es la imagen que deja de sí mismo a la memoria de los hombres, más allá de las páginas escritas por él”. Paradojas, esta vez de la recepción, la crítica que contra-construye un Borges frio, hecho de letras, pero quien, en cambio, elije vidas apasionadas, tradiciones apasionadas, musicalidad, magia, emociones, amistad con autores y con libros, atención a la memoria de sí en los hombres.

(Sudamericana Edición, investigación y notas de Martín Arias y Martín Hadis)

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