BEETHOVEN 250 años (y Goethe, y Zweig, y… el rock)

BEETHOVEN 250 años (y Goethe, y Zweig, y… el rock)

“Echemos primero un vistazo sobre los manuscritos de Beethoven …  esos manuscritos desordenados, casi ilegibles ¡cada uno de ellos, un campo de batalla! … Beethoven no era un hombre que obedecía a su genio, sino que luchaba por él, encarnizadamente, como Jacob con el ángel, hasta que le concediera lo último y supremo … cada sinfonía de Beethoven exigía gruesos tomos de trabajos preliminares, que a veces abarcaban años enteros. En sus libros de trabajo pueden comprobarse con claridad las distintas etapas de sus proyectos, su trayectoria hacia la perfección.

He aquí, primero, sus anotaciones de bolsillo, que siempre llevaba consigo en sus amplios faldones y en los que de vez en cuando trazaba unas cuantas notas con un gran lápiz grueso un lápiz como, por lo demás, sólo suelen usarlo los carpinteros. Les siguen otras notas que no tienen relación alguna con las anteriores; en esos libros de trabajo de Beethoven todo forma un caos tremendo; es como si un titán hubiera tirado bloques montañosos, impulsado por la ira. Y en efecto, Beethoven sólo lanzaba sus ideas tal como acudían a él, sin ordenarlas, sin hacer la tentativa de construirlas en seguida arquitectónicamente, como Mozart, o Bach, o Haydn. En él era mucho más lento el proceso de la composición, mucho más dificultoso, diría: menos divino, pero mucho más humano. Los contemporáneos nos han dado noticias claras sobre su modo de trabajar. Corría horas enteras a campo traviesa, sin fijarse en nadie, cantando, murmurando, gritando salvajemente, ora marcando el ritmo con las manos, ora lanzando los brazos al aire en una especie de éxtasis; los campesinos que de lejos le veían, tomábanle por un loco y le esquivaban con cuidado. De vez en cuando se detenía y registraba con el lápiz unas cuantas de esas notas, apenas legibles, en su cuadernillo de apuntes. Luego de haber llegado a su casa, se sentaba a su mesa y trabajaba y componía poco a poco esas ideas musicales aisladas. En tal estado surgía otra forma del manuscrito, hojas de un tamaño mayor, generalmente escritas ya con tinta y en que se presenta la melodía con sus primeras variaciones. Pero está lejos aun de haber encontrado la forma precisa. Borra líneas enteras, a veces hasta páginas completas, con rasgos salvajes, de modo que la tinta salpica ensuciando toda la hoja, y empieza de nuevo. Mas sigue sin quedar satisfecho. Vuelve a cambiar y a enmendar; a veces arranca en medio de la escritura media página, y es como si se viera al compositor fanático dedicado a su tarea, suspirando, blasfemando, golpeando con el pie, porque la idea que se le presenta sigue y sigue negándose a hallar y tomar la forma ideal soñada.

Así pasan días y días, a veces semanas y semanas. Sólo después de infinidad de trabajos preliminares de esa especie redacta el primer manuscrito de una sonata, y luego el segundo, con modificaciones. Pero aún no está conforme: introduce cambio tras cambio aun en la obra grabada, y bien sabemos que después de la primera obertura de su ópera Fidelio escribió una segunda, y después de la segunda, todavía la tercera, insatisfecho aún y siempre ansioso de un grado superior de perfección.

(El misterio de la creación artística, Stefan Zweig)

En esa tensa amistad entre Beethoven y Goethe, mediada por Bettina, la amada de este último. El gran escritor “no era lo bastante músico para ver en Beethoven lo que hoy vemos sin dificultad, lo que Bettina había adivinado: la imperial maestría de la voluntad, en arte, sobre los elementos desencadenados. Y era lo bastante músico (tanto como Tolstoi) para ver ese desencadenamiento y quedarse horrorizado. Porque solo oía las olas y no el quos ego.. Hasta quizá, si hubiera constatado que Beethoven dominaba a aquellas, no por eso se tranquilizaría en cuanto a sí mismo. Atrevámonos a decirlo: siente vértigo al borde de todos los abismos”.

(Goethe- Beethoven, Romain Rolland)

Y agreguemos una conexión que podría resultar inesperada:

“Ludwig van Beethoven fue el primer compositor que tuvo una clara idea acerca de que los demás lo consideraban el más grande de su época. Y escribió música sabiéndolo. No sólo podía forzar los límites de los estilos dominantes –ya iba a aparecer alguien que explicara sus disrupciones o sus rarezas formales con “golpes del destino” o “luchas titánicas”- sino que, de alguna manera, estaba forzado a hacerlo … Además, para Beethoven, como para Lord Byron, era claro que la primera –y, tal vez, la más importante- de las obras de un artista era su propia vida.

En la idea del arte de Beethoven –o dela época que construyó con él su ideal estético-, el sufrimiento, la dificultad y la idea de lucha eran esenciales: ‘Los mejores de nosotros obtenemos dicha por medio del sufrimiento’, escribió Beethoven en una carta a la condesa Erdödy, fechada el 19 de octubre de 1815. El artista era un héroe y, de alguna manera, también debían serlo sus oyentes … Beethoven, como después Berlioz o Wagner, se veía a sí mismo como el portador de una misión. El arte ya no era una manera de servir adecuadamente a un patrón (la iglesia o el príncipe) sino una forma de obedecer a una llama interior, a una necesidad imperiosa de expresión. El artista, según esta visión del arte era alguien con una expresividad tan grande y con una visión tan clara de los conflictos del mundo y las personas –y sus oscuridades- que no podía sino estar torturado. Y esa tortura tenía como única salida, la creación artística…

Lo que Beethoven no podía imaginar era que una vez decretado el fin del romanticismo en la literatura e, incluso, en la música clásica (por la vía de Claude Debussy, Igor Stravinsky, Edgard Varese y Anton Webern) su espíritu reencarnaría, sobre el final del siglo XX, en un grupo de músicos con escasa conexión con el saber académico y en un mercado que tomó como valores precisamente las ideas del heroísmo, expresión individual e intransferible y autenticidad. En el rock, y en particular en cierta clase de rock al que se identifica como progresivo –que se desarrolla entre 1967 y 1974 aproximadamente-, los autores son más valiosos que los intérpretes, los que tocan todos los instrumentos son mejores que los que recurren a músicos profesionales, los que trabajan sobre grandes ideas (suites de canciones encadenadas, óperas rock, sagas de ciencia ficción, instrumentaciones ampliadas) son preferibles a los que se quedan en el ya pequeño formato de la canción pop y, sobre todo, los que sufren y expresan sufrimiento son más artistas que los que no lo hacen”.

(Efecto Beethoven, Diego Fischerman)

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