Antígona, de Sófocles

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Antígona, de Sófocles

Fue una mujer, subordinada al hombre, quien desafió la autoridad del jefe de la ciudad, Creonte, decidiendo incumplir su mandato de dejar insepulto el cadáver de su hermano muerto en el ataque a su propia ciudad, Tebas.

Fue un hijo, el de Creonte, Hemón, novio de Antígona, quien desafió la autoridad de su padre jefe de la ciudad, apoyando la decisión de Antígona.

Fue el “rumor de la ciudad”, los ciudadanos que hablan en un susurro con temor, quien desafió la autoridad del jefe de la ciudad, cuestionando su decisión.

En nombre de la ley de los dioses, la tradición, en nombre del amor de hermanos, Antígona defendía su desafío. Ley contra ley.

En nombre del “rumor de la ciudad”, y apelando entonces a su prudencia, Hemón defendía el desafío de Antígona. Ley contra ley susurrada.

Creonte rechazaba todo y a todos. Cuando asumió su mando estableció que “a todo aquel que considera a un amigo más importante que la patria, a ése no lo tengo en cuenta”. Y reafirmaba: no “callaría si observara que el infortunio en vez de la salvación va derecho contra mis ciudadanos, ni haría jamás amigo personal mío a un enemigo de la ciudad, conciente de esto: de que ella es la que nos salva”.

Así, los rechaza como “instrumentos para la subversión del trono”. Porque, insiste, “no hay mal peor que la rebeldía de la autoridad … y ¡claro! No hay que dejarse avasallar ni por lo más remoto por una mujer”.

Hemón intenta persuadirlo: “puede ser que otro que vea las cosas distintas tenga razón … no constituye desdoro alguno para un varón, por más sabio que sea, aprender montones de cosas y procurar pasarse de intransigente”. El padre le responde con furia: “¿No es norma considerar la ciudad propia del jefe?”, y el prudente Hemón no duda en contradecirlo: “sería que mandaras tú en un país completamente deshabitado excepto por ti”.

Fue advertido. No escuchó. Antígona se suicidó. Hemón se suicidó. Se suicidó la mujer del jefe de la ciudad al enterarse.

La propia intransigencia de Creonte lo empujó a este fatal destino, “poniendo al descubierto cómo la intransigencia es con mucho la más grave calamidad que asedia al hombre”. Creonte sufre estas muertes, “¡Ay yerros de mis mentes demenciales, intransigentes, mortales! … ¡Ay, ay, penosas penas de los mortales!”.

Ley contra ley. Ley que desafía la ley. Y un poder enemigo más oculto, más dañino: uno mismo; en Creonte, la intransigencia de la autoridad, que rechaza cualquier desafío, por más sensato y prudente que pudiera ser.

(Altaya Traducción: José Vara Donado)

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