El tango de Anaya, de J. Carlos Díaz

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El tango de Anaya, de J. Carlos Díaz

¿Qué pasa cuando dos destinos se encuentran, y no encuentran en sí mismos la solución a sus propios problemas?

Ernesto Anaya fue enredado en un caso de tráfico de drogas terminando en una cárcel española. Carlos Rolandi fue destinado a la embajada en España y asignado a los asuntos judiciales, en medio de una “amarga insatisfacción”.

Ernesto Anaya había partido a España separándose de su hija Anita y su nieta, y de su hijo Facundo que le preocupaba, y sin saber bien por qué, con toda razón. Quería reparar esa separación, ese abandono, y quería salvar a su hijo Facundo.

Carlos Rolandi, atravesaba una crisis personal, y cuando conoce a Anaya “buscando con férrea convicción, y en desventaja, una revancha definitiva”, aferrado a su tango preferido “Volvamos a empezar”, siente que “a este hombre lo ha conocido desde siempre y las dificultades que atraviesa también podrían ser las suyas”.

Y como suyas las tomó, porque así “también se estaba ayudando a sí mismo”.

Por momento pensaba que “lo de Anaya era una epopeya de un hombre común por su libertad”. Con más sensatez pensó también que podría simplemente tratarse de un “esfuerzo de la voluntad”, en todo caso ayudarlo, “lo ayudaría a salvarse también a él”.

Pero iría muy lejos. Demasiado.

Acaso, salvarse a sí mismo requiera encontrar la solución a las propias amarguras en uno mismo, con los otros sí, pero no queriendo ser otro.

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