El libro de horas, de Rainer Maria Rilke

A partir de

El libro de horas, de Rainer Maria Rilke

Libro primero. El libro de la vida monástica (1899)

(El monasterio. En el encierro, la plegaria. Y el temblor. )

“Me tiemblan los sentidos. Siento que soy capaz…” Y sin embargo, “se hallaba en calma todo devenir”.

¿¡Por qué entonces ese temblor?

Acaso por estar perdido sin saber ni siquiera quién es uno  mismo, porque “no sé aún si soy halcón o tempestad/ o un inmenso cántico”. Y no saber apaga toda luz: “Pero al igual que yo me inclino hacia mí mismo,/es oscuro mi Dios”. Y sin embargo, “Amo las horas oscuras de mi ser/en las que se sumergen mis sentidos”.

Acaso por esa soledad vecina del hombre y de Dios, “Vecino mío, Dios, si alguna vez en plena/ noche toco a tu puerta muy fuerte y te molesto,/es porque rara vez escucho ya tu aliento/y sé que estás Tú solo en la sala en que te encuentras”.

Y sin embargo, hay una posibilidad. “yo vivo justo ahora que se termina el siglo./ Se siente el aire que levanta una gran página … Se siente el resplandor de una página en blanco/en la que todo puede ser posible”.

¿Habrá luz, entonces; habrá fin para aquel temblor, entonces?

“Una grieta se abrió” y Abel y Caín. Entonces no. “la oscuridad lo alberga todo en sí:/formas y llamas, animales y a mí,/igual que se apodera/de potestades y de hombres…”.

A pesar de esto, “Quiero mi voluntad, quiero seguir mi voluntad/por caminos que lleven a la acción”.

Es que, “Ya ves, es mucho lo que quiero./ Quizá lo quiera todo:/lo oscuro que hay en cada caída interminable/y el temblor de la luz en cada ascenso”.

¿Podrá alcanzarlo todo?

Choca su voluntad proclamada con su disposición disminuida, “eres tan grande que yo ya no existo/ tan sólo con situarme en tu proximidad”.

Así que, solo aguardar temeroso: “¿Qué vas a hacer, oh Dios? Me sobrecoges”. Tú Dios, “inmenso peso que oscurece/ sobre mí y sobre el mundo” y a cuya sombra hace frío.

Así que un ruego, “deja que todo ocurra: la belleza y el miedo”.

La belleza: “El ocaso, ternura del espacio”.

Libro segundo. El libro de la peregrinación (1901)

(La llanura. En el viaje, la soledad. Y el mismo camino, intransitado, se borra).

“Ahora a tu corazón has de salir/ como a la llanura./La enorme soledad comienza,/los días ensordecen,/y el mundo te lo arranca el viento/de los sentidos como hojarasca marchita”.

En el viaje, libre, carga con su encierro. Al final de cada día “después de cada ocaso/ yo quedo malherido y huérfano,/ un pálido al que todo lo abandona,/ y en toda multitud un despreciado,/ y están todas las cosas cual conventos/ en los que yo estuve encerrado”.

Y aquí en la llanura, “Los hombres son casualidades, voces, trizas,/ rutinas, miedos, muchas pequeñas alegrías”.

Pero tal vez, tal vez, no haya que salir a esta llanura, ¿plenitud, consuelo?: “Y sin embargo, aunque cada uno ansíe por salir de sí/como de un calabozo que lo odia y lo retiene…/sucede un gran milagro en este mundo:/yo siento que se vive toda vida”.

Además allí en la llanura todo es falsía, “Todos los que te buscan te tantean./ Y aquellos que te encuentran te atan/a imagen y a gestos”.

Por eso, ¿plenitud, consuelo?, bastaría quedarse solo con uno mismo, “yo, sin embargo, quiero comprenderte/como la tierra te comprende;/con mi maduración/madura/tu reino”.

Salvo que llegue el momento en que “Todo será de nuevo grande y poderoso … Y sin iglesias que a Dios encarcelen/ como a un fugitivo y luego se lamenten/ de él como animal capturado y herido;/ las casas con las puertas abiertas al que llama/ y un sentimiento de entrega ilimitada”.

Sin embargo, “pero el camino que conduce a ti está terriblemente lejos/ y se borra, pues hace mucho que nadie lo transita”.

Libro tercero. El libro de la pobreza y de la muerte (1903)

(Las ciudades. La condena: a una hora extraña. La salvación: el resplandor, que proviene de dentro).

Incertidumbre, o tú, o yo, o tu dureza, o mi angustia. “Siento tu dureza en todas partes./ ¿O es esto la angustia en que me encuentro?”.

Y mientras la condena, “Tú me fuerzas, Señor, a una hora extraña”.

Y mientras, otra vez en las ciudades, “ignoran que afuera las flores los están llamando/ a disfrutar de un día rebosante de espacio, dicha y viento…;/ y han de ser un niño y son un niño triste”.

Ante los “ricos que a la vida obligaron/ a ser interminable y pesada y sofocante”, oropel exterior, “la pobreza es un enorme resplandor que proviene de dentro…”, pero es necesario salir de allí, “Ahora sácalos de nuevo de la culpa de las ciudades,/ en las que todo es ira y confuso para ellos”.

Porque, ¡cuidado!, “las ciudades tan sólo quieren lo suyo/ y a su paso arrasan con todo lo demás”.

Hay ¡qué condena!, el monasterio, el encierro, y aferrarse a la plegaria ante el temible temblor. Hay, ¡qué vana ilusión!, la llanura, el viaje para abandonar aquel encierro, pero llena igual de soledad, y, peor aún, el mismo camino, intransitado, se borra: no es tal. Es que hay, ¡qué paradoja!, las ciudades, condenables condenas a una hora extraña, pero habitándolas descubrimos la salvación: ese resplandor, que, finalmente, proviene de dentro.

Tal vez, la hora extraña sea descubrir que la salvación proviene de dentro.

(PREGUNTA ediciones. Edición y traducción de Fernando J. Palacios León)

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