Filoctetes, de Sófocles

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Filoctetes, de Sófocles

En esas circunstancias terribles de la guerra, los griegos, llamados a vencer sobre Troya, para hacerlo deben recurrir como sus salvadores, a quienes antes ultrajaron.

Ultrajaron a Neoptólemo asignando la armadura de Aquiles su padre, tras su muerte, no a éste su hijo, sino a Ulises.

Ultrajaron a Filoctetes desterrándolo solo a una isla sin nada, para librarse de los lamentos y calamidades de su herida y su enfermedad.

Y ahora, el adivino Héleno anunció que solo vencerían a Troya con la fuerza unida de Neoptólemo y de Filoctetes con su arco de Heracles que no erraban el blanco sus flechas portadoras de muerte segura.

Neoptólemo aceptó unir sus fuerzas a los ejércitos griegos. Pero el precio sería más alto que el del enfrentamiento militar. Debía buscar con Ulises a Filoctetes, que todos sabían se negaría, ultrajado como estaba. Y para lograr llevarlo con ellos a Troya, debería ir contra sí mismo.

Ulises le advierte: “Debes cuidarte de ganar a base de engaños el ánimo de Filoctetes”, y sabe lo que le pide: “Bien sé que a tu naturaleza no le es natural manifestar ni tramar tales argucias. Sin embargo, dado que es claro que es cosa dulce hacernos con el tesoro de la victoria ¡consiente con ello! En otra ocasión nos demostraremos honestos”.

Neoptólemo se siente violentado, pero accede al inicio: “Las explicaciones que me duele oír las detesto también poner en práctica, pues mi natural es no practicar nada por malas artes … Sin embargo, dado que he sido mandado aquí nada menos que como colaborador tuyo, me resisto a ser llamado traidor. Pero prefiero, soberano, fracasar actuando honestamente más que vencer actuando vilmente”.

Y lo increpa a Ulises, “¿no consideras entonces deshonor el argumentar con mentiras?”, y Ulises no duda: “No, si la mentira trae consigo toda una salvación”.

Neoptólemo accedió. Logró convencer con engaños, haciéndose pasar por amigo de Filoctetes, y que pusiera su poderoso arco con sus “flechas inesquivables que producen la muerte”, que fuera con ellos a Troya.

El agradecimiento de Filoctetes que lo llamaba entonces “hijo de mi alma”, lo hizo vacilar, cuestionándose que está ante “un problema irresoluble”. Que “todas son dificultades cuando uno renuncia a su propio ser y hace lo que va contra sí mismo”.

Se arrepiente. Le confiesa todo. Se enfrenta a Ulises que pretende llevarse a Filoctetes por la fuerza.

Pero sabiendo que lo necesitan, intentará ahora persuadir a Filoctetes diciéndole que será reconocido con gloria por los griegos y sanado por el dios médico Asclepio. Filoctetes se niega, “¡ay de mi! … ¿cederé?”. Neoptólemo le reprocha “¡Necio!, aprende a no ser tan arrogante  en medio de las desgracias!”.

Une finalmente Neoptólemo su destino al de su nación, sin traicionarse a sí mismo. Opone Filoctetes su destino al de su nación, condenándose a sus calamidades.

Terribles dilemas cuando la historia de una nación se cruza con el destino de una persona.  ¿Traicionarse a sí mismo o traicionar a su soberano? ¿Perderse a sí mismo o perder a su nación?

(Altaya. Traducción: José Vara Donado)

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