La muerta enamorada, de Théophile Gautier

A partir de

La muerta enamorada, de Théophile Gautier

Sufre Romualdo, el sacerdote enamorado. “A partir de esa noche, mi naturaleza se desdobló y hubo en mí dos hombres que no se conocían uno a otro. Tan pronto me creía un sacerdote que cada noche soñaba que era caballero como un caballero que soñaba ser sacerdote. No podía distinguir el sueño de la vigilia y no sabía dónde empezaba la realidad ni dónde terminaba la ilusión. El joven vanidoso y libertino se burlaba del sacerdote, y el sacerdote detestaba la vida disoluta del joven noble”.

No solo lo atormentaba esta disociación. Clarimonda había aparecido repentinamente, de la nada, y sólo su imagen lo arrebató. No la poseería, encendiendo más su deseo. Deseo imaginario, deseo insatisfecho.

Hasta, fatalmente, hacerla suya dándole la vida. Muere Clarimonda, lo convocan como sacerdote para los últimos ritos, la besa, revive: “Te debo la vida que mes has devuelto en un minuto con tu beso. Hasta pronto”. Cada noche aparecía, lo transformaba en caballero, disfrutaban las mayores orgías, pero, también, tomaba la vida de Romualdo, bebiendo de su sangre para mantenerse viva. Vida por vida.

También, Clarimonda desafiaba: “Te amo y quiero arrebatarte a tu Dios”. Y lo desgarraba.

¿Por qué tal fatalidad? Porque “te amaba mucho antes de haberte visto… Tú eras mi sueño”.

En el encendido deseo insatisfecho, en el mortal cambio de vida por vida, en el desgarro interior, estaba apenas disimulado sólo el deseo de sí.

(Siruela. Traducción de Violeta Pérez Gil)

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