Andrómaca, de Eurípides

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Andrómaca, de Eurípides

Tras la guerra de Troya sus terribles males siguen penando a griegos y troyanos, en sus siguientes generaciones y en sus propios protagonistas.

Andrómaca, esposa de Héctor que fue muerto por Aquiles, fue entregada cautiva a Neoptolomeo, hijo de Aquiles, nieto de Peleo, y con ella tuvo un hijo, imposibilitada su esposa Hermione, hija de Menelao, rey de Esparta. Enfurecida, acusa a Andrómaca de con artificios impedirle engendrar y decide matarla con su hijo.

Todos se acusan de males sin fin. Hermione humilla a Andrómaca: “con el hijo de aquel padre que mató a tu esposo te atreves a compartir el lecho, al asesino de él quieres darle hijos”. Andrómaca se defiende: “¿Por qué me matas? ¿A causa de qué? … ¡Compartí el lecho con dominadores: fue por violencia! ¿Y a mí me matas y a él dejas vivo? ¡Si culpa hay él es el culpable!”, él, Neoptolomeo.

Las recriminaciones no cesan: Peleo acusa a Menelao de haber desatado la guerra por Helena en vez de haberla repudiado tras haberse ido, aunque secuestrada, con Paris. Menelao acusa a Peleo de haber unido sus fuerzas en la guerra y que, además, esta guerra “hizo grandes bienes a los griegos. No eran ellos peritos en armas: hoy son fuertes y viriles”.

Pero no solo siguen penando los males, algo cambió tras el odio violento de unos contra otros.

Discuten ahora sobre la actitud de los vencedores. “¡Te pones a luchar con una infeliz mujer, además esclava! ¡No eres digno de Troya y Troya no merecía tan bajo vencedor!”, espeta Andrómaca a Menelao que sostiene la condena de su hija Hermione.

Discuten ahora sobre la prevalencia de la justicia sobre el poder. Condenada a morir sin juicio, Andrómaca advierte que “torcer la justicia es dar la ruina a toda la Hélade”, una troyana velando por la rectitud griega. Peleo lo refuerza: “Mejor nunca alcanzar la victoria si ha de ser por mal medio, validos de la fuerza para abatir la justicia. Dulce sí, a los mortales es al momento de alcanzarla pero con el tiempo se va desvaneciendo y se convierte en afrenta de las casas de quien la alcanzó … que nunca tenga yo en el tálamo ni en la ciudad un poder sin justicia”.

Discuten ahora sobre cómo organizar el poder, en el hogar y en la ciudad. “Una mujer y un lecho tenga el varón” para que no sobrevengan estas desgracia, que si hay dos mujeres habrá rivalidad, y “eso mismo en las ciudades ¿cómo dos poderes pueden regir?”, y en el mar: “si en barca combatida por feroz tormenta dos son los pilotos que rigen el timón, o una turba trata de gobernarlo nada son entre todos: uno solo es quien triunfa. Esa es la unidad del poder, lo mismo en el hogar que en la ciudad y sólo así se logra la robusta existencia y la salud de todos”.

Discuten ahora sobre la aparición de un otro, los extraños, los extranjeros. Sabiendo la fatal sentencia de Hermione, las mujeres griegas la comprenden: “Yo soy hija de Ftía pero vengo a ti, que eres hija de Asia”, “hija de Ilión te acompaña mi compasión ferviente”. Y agregan, perspicaces y con ese algo que cambiaría: “¡Sufro al oírla! ¡Qué mortal puede haber que no se conmueva cuando contempla el dolor de otro mortal aunque sea un extraño?”.

No cesa la guerra con la guerra, todo obliga a modificarlo. Pero, entre rivalidades y recriminaciones, puede, debe, incluso aparecer el reconocimiento del otro, conmoverse por el dolor de un extraño.

(Aunque… con Helene Cixous: “Por supuesto en ningún momento de la Historia se ha tolerado la paradoja de la alteridad, posible, como tal. El otro está ahí sólo para ser reapropiado, retomado, destruido en cuanto otro).

 (Editorial Porrúa. Versión directa del griego con una Introducción de Angel Ma. Garibay K.)

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