El hombre en el castillo, Philip K. Dick

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El hombre en el castillo, Philip K. Dick

Estaba en las conversaciones íntimas: “hablábamos a menudo de cómo sería el mundo si los aliados hubiesen ganado la guerra”.

Estaba en aquella novela prohibida, ese relato de ficción, “La langosta se ha posado”, de Hawthorne Abendsen, en el que “Roosevelt no es asesinado en Miami. Continúa su mandato y lo reeligen en 1936, de modo que es presidente hasta 1940, hasta los primeros años de la guerra. Es todavía presidente cuando Alemania ataca a Inglaterra, a Francia y a Polonia … después de Roosevelt, el presidente habría sido Rexford Tugwell, y no un aislacionista como Bricker … Y Tagwell hubiera continuado la política antinazi de Roosevelt, y Alemania no se hubiera atrevido a auxiliar al Japón en 1941. No habrían cumplido el tratado. ¡Y Alemania y el Japón habrían perdido la guerra!”.

Pero no pasaba de ser un anhelo íntimo, y una ficción. Estaban en este mundo en el que “¡el mal existe! Es real, como el cemento”.

A Frank Fink, recién despedido de su trabajo, unos años antes, “en 1941 lo habían enganchado en el ejército de los Estados Unidos de América, poco después del colapso de Rusia. Cuando los japoneses tomaron Hawai lo habían enviado a la costa oeste. Y al terminar la guerra se encontró en territorio ocupado por el Japón. Y allí estaba todavía, quince años más tarde. En 1947, el día de la capitulación, se había sentido bastante confundido. Odiaba a los japoneses y juró vengarse”.

Pero ahora, viviendo bajo la Civilización de la Co-Prosperidad, aquel juramento, aquel deseo, se esfumó del todo. Los Estados del Sur y del Este de lo que fue Estados Unidos, Europa y Africa, habían quedado bajo control del Reich. Los Estados de las Montañas Rocosas aún independientes, donde vivía Juliana la ex de Frank Fink, ahora enseñando judo pues aprendió defensa personal luego que los japoneses le hicieran “de todo”. Y los Estados del Pacífico, bajo control de los japoneses, que habían dejado a los nativos, los pinocs, como delegados suyos, y tenían a los negros como esclavos. Eso, más bien, por disposición de los alemanes que ya “habían tenido éxito con los judíos y los gitanos y los evangelistas”: no quedaba ni uno en Europa. Para 1958 el conocido panfleto de Rosenberg afirmaba que “en cuanto a La Solución Final del Problema Africano, hemos alcanzado casi nuestros objetivos”. “Los delirios del Líder eran todavía sagrados, eran todavía las Sagradas Escrituras”, y eran “el resultado del incesto: la locura, la ceguera, la muerte”, que venían ya desde la “horrible década del treinta, y ahora era peor. HitIer había empezado… ¿Quién era ella? ¿La hermana? ¿La tía? ¿La sobrina? Y ya le venía de familia. Los padres eran primos. Todos se pasaban la vida cometiendo un incesto, volviendo al pecado original de desear a la propia madre. Eso explicaba la cara angélica de esos aristócratas de la SS, esas caritas rubias e inocentes. Se conservaban para Mamá. O para ellos mismos”.

Aquel “casi” les dolía. Sin embargo, los pinocs los admiraban. Como el señor Childan, dueño de una tienda de regalos especializada en objetos raros y antiguos (casi todos falsificados en realidad, pero nada ya significaban “genuino” o “falso”), que, entre amigos, afirmaba que “lo que tienen los nazis y que a nosotros nos falta es nobleza. Se los puede admirar por el amor que le tienen al trabajo y la eficiencia… pero lo más conmovedor en ellos es la fuerza de los ideales. Primero vuelos a la luna, luego a Marte, cumpliendo así los anhelos más caros a la humanidad, satisfaciendo nuestros más altos deseos de gloria. Los japoneses, por su parte… sí, los conozco bien, trato todo el día con ellos. Son, digámoslo claramente, orientales. Gente amarilla. Nosotros los blancos tenemos que inclinarnos ante ellos porque tienen el poder. Pero nuestros ojos están vueltos hacia los alemanes. Vemos en ellos todo lo que es posible hacer cuando son los blancos quienes dominan. Y eso es distinto”.

Despedido, Frank Fink no sabía qué hacer, si hablar, y cómo, con su ex empleador, Wyndam-Matson. Consultó, como se hacía ahora siempre, el I Ching, que le arrojó como respuesta “modestia”. Su augurio, éste y otros posteriores, “¿podía alterarlo alguien?”.

También consultaba en ese momento el oráculo del tao el señor Tagomi, y confirmaba un informe cifrado: que Baynes sería espía. Tagomi, de la Misión Comercial, recibiría al señor Baynes, el sueco que viajaba para negociar sobre la inyección plástica que podría reemplazar metales y poner a tono al Pacífico con el Reich, mucho más avanzado en este asunto tan importante. Pero estaba esto otro. Pero “qué clase de espía podía ser el señor Baynes, a quién servía, y qué venía a buscar”.

Espionajes, traiciones, luchas de facciones, “sanguinarias intrigas” que afectaban a las sociedades enteras, una vida en la que” lo mejor era olvidar las preocupaciones triviales; la limitada y privada preocupación por el propio pellejo”. Pero sobre todo, un mundo en el que “no había aquí ningún Camino; todo parecía confuso. Todo era un caos de luz y oscuridad, sombra y sustancia”. Pero ante este Tao impotente se le oponía la “doctrina del pecado original … Todos estaban condenados a cometer actos de crueldad o violencia o maldad; ese era el destino del hombre, movido por factores antiguos. El karma de la humanidad”. Aunque, quién sabe, “si alguien encontraba su camino… había de veras un Camino, aunque uno personalmente no lo alcanzara nunca”. O en cambio de lo que se trataba era de que “había que imitar la inocencia y la fe. En la Costa uno se lleva un caracol al oído y se oye un rumor que es la sabiduría del mar”.

¿Cómo había sido entonces posible que los nazis ganaran la guerra? “El punto de vista de esas gentes era cósmico. No un hombre aquí, un niño allá, sino una abstracción, la raza, la tierra. Volk. Land. Blut. Ehre. No un hombre honrado sino el Ehre mismo, el honor. Lo abstracto era para ellos lo real, y lo real era para ellos invisible … Y, pensó Baynes, sé por qué. Quieren ser agentes, no víctimas de la historia. Se identificaban con el poder divino, y se creían semejantes a los dioses. Esta era la locura básica de todos ellos. Habían sido dominados por algún arquetipo. Habían expandido sus egos psicóticamente, y no sabían dónde terminaban ellos y dónde comenzaba lo divino. No era cuestión de hubris, no era cuestión de orgullo. La inflación del ego hasta sus límites extremos, una confusión entre el adorador y el objeto adorado. El hombre no se ha comido a Dios. Dios se ha comido al hombre. No comprendían, sobre todo, el desamparo del hombre. Soy débil, pequeño, una entidad insignificante en la vastedad del universo. El universo no advierte mi presencia, soy invisible. ¿Y por qué corregir esta situación? Los dioses destruyen todo lo que ven. Si uno admite la propia pequeñez escapa a los celos de los grandes”.

Si, eso mismo: ¿Por qué atreverse –ay, el atrevimiento- a corregir esta inadvertida insignificancia, a riesgo de creer ser dioses, habiendo sido, en realidad, sometidos a ellos?

En todo caso, los japoneses, ¿eran tan diferentes? ¿y los estadounidenses? ¿y si el libro de Abendsen no fuera ficción? “Cualquier cosa que pase será siempre de una espantosa malignidad. ¿Por qué luchar entonces? ¿Cómo elegir si no hay alternativa?”

Un Camino, un karma, una fe inocente. En este mundo desquiciado, ¿podemos elegir a qué aferrarnos? ¿Podemos, simplemente, llevarnos ese caracol al oído, y con fe y con inocencia, escuchar la sabiduría del mar?

(Ediciones Minotauro. Traducción de Manuel Figueroa)

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