Las troyanas (El Ulises de Eurípides, 2)

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Las troyanas (El Ulises de Eurípides, 2)

Las ayer orgullosas troyanas, ahora vencidas, ven cómo su antigua reina Hécuba será entregada esclava a Ulises.

¡A Ulises! “ese hombre sin decoro ni nobleza! ¡hombre que vulnera continuamente la justicia! ¡Sin ley, sin norma, que revuelve entre vosotros todos los pensamientos ciertos! ¡Falaz y doble, que en todo con perfidia pervierte a todos y llega a hacer que reine el odio donde la amistad reinaba”, se lamenta Hécuba.

Su hija Casandra no se lamenta, pergeñando su venganza. Ve, arrebatada, lo que vendrá: “ignora los infortunios que le aguardan. Cuando los tenga encima juzgará como oro mis propios infortunios y los de los troyanos. Diez años más de los que aquí pasó han de correr antes de que llegue a su casa. Diez años de amarguras. ¡Cuánto habrá de mirar: el angosto estrecho donde mora la tremenda Caribdis; el Cíclope que en las montañas engulle carne humana; Circe en Liguria que tiene el don de transformar los hombres en cerdos… Y al mar salobre irá a dar en naufragios, y al misteriosos atractivo de los lotos, y de Helios las sagradas vacas que lanzarán clamores para gritar amargamente contra él. Y por final, irá aún vivo, al hondo seno del Averno oscurecido. Y no sólo eso: en su hogar nuevas desdichas le esperan también. ¿A qué fin enlazar uno tras otro los males sin igual de Ulises?”.

No es el Ulises de la venganza justa, de Homero. No es el Ulises de la imposibilidad, alma pasajera, de Platón. No es el del atrevido desafío a los dioses, y su inevitable castigo, de Dante. No es el de la paradoja entre la idea y la acción, de Borges. No es el Ulises jefe dispuesto a todo por alcanzar la victoria, de Sófocles. No es el Ulises anciano, guía de los “fuertes en voluntad” que saben que “aún no es tarde para buscar un mundo más nuevo”, de Tennyson. No es el Ulises jefe político, frío, astuto, intrigante, que no logra más que degradar la política que opone a las ciegas pasiones, de Shakespeare. No es el Ulises cuya mayor astucia sea ocultar que la fuente de su fuerza es la lanza/la palabra/el poder, contra las mujeres de Margaret Atwood. No es el Ulises que pone su astucia al servicio de la templanza, de las leyes y las trabas a los actos de los hombres, contra la fiesta dionisíaca de personas que vivan a su antojo, en el primer Eurípides optimista. Es el Ulises visto por sus vencidas víctimas: donde él y los suyos ven astucia, ven éstos doblez; donde ven aquellos aventuras, ven éstos males sin fin, en este segundo Eurípides que ve con los ojos de los vencidos. Y entonces, ¿quién es uno, quién es Ulises; hace una misma cualidad diversamente mirada dos personas distintas?

 (Editorial Porrúa. Versión directa del griego con una Introducción de Angel Ma. Garibay K.)

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