Helena, de Eurípides (La Helena de Eurípides, 2)

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Helena, de Eurípides (La Helena de Eurípides, 2)

“Helena soy de nombre. Narro mis desventuras”.

Primero, sepamos quién es Helena. “Yo soy Helena, yo aquella a quienes todos los hombres aborrecen. Todos sin excepción”.

¿Por qué aborrecen todos los hombres a la mujer, a Helena?

Es que, tan hermosa como era, la deseaban y la hicieron “el tipo de la mujer infiel en toda Grecia”: fue llevada por Páris, aun siendo la esposa de Menelao, consigo, tal era su belleza, y Menelao por recuperarla embarcó a toda Grecia en su guerra contra Troya que duró diez años, llevando calamidades a los griegos y dejando en cenizas Ilion. Se lamenta Helena, “otras ansían ser muy hermosas: pero mi hermosura fue mi ruina”.

¿Habrá sido su hermosura su ruina?

Que nos narre sus desventuras. Conoceremos, de su propia boca, la verdad, la causa y la solución.

Y comienza por la verdad, deslizando lo que nos quiere decir con su narración: “si es hermosura lo que fue mi desgracia”. ¿Fue su hermosura su desgracia?

Así se sucedieron los hechos reales:

  • No fue su hermosura. Fue hacerla objeto, prenda de soborno. Disputaban Hera, Atena y Cipris cuál era más hermosa. Páris fue elegido juez. Para salir vencedora, Cipris sobornó a Páris asegurándole le entregaría a Helena si la elegía a ella la más hermosa. Páris acepta, y reclama a Helena por esposa. Pero solo fue el comienzo de las calamidades que seguirían.
  • Se desdobla la mujer, la que el hombre cree poseer, la que ella es. Hera, despechada, entrega a Páris “no a mí, sino una sombra vana, hecha a mi semejanza. No un ser real: un fantasma abrazar pudo. Un ídolo formado por el viento. Él pensaba tenerme: sólo tuvo una vacua ilusión”.
  • La guerra vana. “Por dictamen de Zeús, para agravar los males, hizo surgir en la tierra de la Hélade una tremenda guerra contra los de Troya infortunados. Quería aliviar a la madre tierra de tantos hombres y hacer ver quién en Grecia tenía la primacía como valiente. ¡Y por quien lucharon Griegos y Troyanos no fue por mí: fue por mi nombre!”. ¿Es increíble?, acaso no “¿crees que las ficciones a veces son verdades?”.
  • El poder de la calumnia. No estaba entonces en Troya con Páris. “Me tomó Hermes y, entre nubes oculto, me llevó a las recónditas mansiones del éter. ¡Era que Zeús de mí no se olvidaba! Me vino a dejar en este palacio de Proteo, el más discreto y recto de todos los mortales, para que yo me conservara incólume y leal a Menelao. Y aquí estoy desde siempre”. Por eso sabe Helena que “todo es peor, si se inventa, que el mayor de los males verdaderos”.
  • El poder de la verdad. Porque, “si allá en Grecia mi nombre se infama, siquiera aquí mi cuerpo este exento de injuria”, afirma y suplica, rechazando a Teoclimeno, el hijo del rey Proteo ya muerto, que la pretende como esposa, mientras que Helena solo espera el regreso de Menelao, poder volver a su tierra, unir su cuerpo  a su nombre limpio ya de toda injuria.

Pero para esto, debía volver Menelao. Debía Helena poder mostrar así las injurias de que fue objeto al hacerla objeto, prenda de soborno.

¿Volverá?, ¿seguirá vivo?

Solo podía saberlo Teone, hermana de Teoclimeno, hija también de Proteo, que “sabía lo divino, lo que fue y lo que será”. Debe consultarla. “Una mujer a otra mujer ayuda”. Y la ayuda: Menelao está vivo.

Y Volvería. Y llega al palacio de Proteo donde reina ahora Teoclimeno, que no sabe de la llegada del marido de quien quiere por esposa. Su hermana puede decirle. Helena le pedirá que no le diga: Una mujer a otra mujer comprende”.

¡Qué distinto a la “ciudad de los hombres”! Allí donde viven con las violencias de la guerra “insensatos que en la lucha, al fragor de las lanzas buscáis la gloria”; donde la norma es la competencia para superarse en maldades, “emulación funesta en que cada uno aspira a superar al otro en la matanza de sus adversarios”.

Pero a pesar de esta ciudad de los hombres, y a pesar de tantas desgracias sufridas por Helena, no está ya en manos de ello, ni de Páris, ni de Teoclimeno, ni siquiera de su marido Menelao saber si podrán escapar juntos de allí. Menealo invoca el nombre de Proteo, que había asegurado cuidar de Helena y debe cumplirse en los suyos esa promesa, “para que tu hija, cuando oiga que te llamo, no permita que tu fama quede manchada: de ella solo depende. Ella tiene el poder ahora”.

Y lo ejerce. Nada dirá a su hermano. Deben entonces ahora pensar cómo regresar a su tierra juntos.

Nuevamente será una mujer la que proponga el ardid con que engañar a Teoclimeno: la propia Helena. Y lo hace de tal modo que el que pretende su lecho lo crea, y no solo que pueda creerlo, sino que provea lo necesario para que puedan huir. Y cuando se entere de su huida se odiará, “¡yo, yo, infeliz…! ¡caído en las trampas de una mujer, quedé burlado!”.

Hay detrás de la injuria de los hombres que aborrecen a la mujer, Helena, una verdad. No fue su hermosura la causa de una guerra vana. Fue hacerla objeto, prenda, en esa ocasión de soborno. Hay una causa, “la ciudad de los hombres”. Hay una solución: “ella tiene el poder ahora”.

No es la Helena culpable sin derecho a defensa, la mujer odiada de Eurípides haciéndose eco del sentir griego. Es la Helena que dice su verdad, explica las causas del odio, sabe la solución, del Eurípides que la hace hablar con su propia voz. Hay que escuchar de la mujer, de Helena, su propia voz.

 (Editorial Porrúa. Versión directa del griego con una Introducción de Angel Ma. Garibay K.)

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