Christine de Pizan en cuarentena, de Dana Hart

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Christine de Pizan en cuarentena, de Dana Hart

“Lo último que recuerdo fue que estaba escribiendo “La Ciudad de las Damas” … Este lugar se me hace tan vacío, tan desolador. Las paredes están vacías, pintadas de un blanco tan neutro, que no hago más que ver las grietas. En mis pies no tengo puestos unos finos zapatos, mis manos no son blancas y la imagen que veo en el reflejo, no es la de antaño. ¿Qué ha pasado?”. No solo vacío y desolador, extraño. Hay extraños aparatos, uno emite imágenes.

La interrumpen, un hombre y tres niños que la llaman mamá, mira a su alrededor y “veo un periódico doblado en el suelo y lo recojo de inmediato. Lo abro y no lo puedo creer. La fecha no coincide. ¿Cómo llegué aquí?”.

Por el periódico se entera de un virus que asola la tierra. Según expertos, se trata de un virus por las condiciones capitalistas de trabajo en los laboratorios de Wuhan. Y la cuarentena, “este invierno u esta especie de tormenta eterna. ¿Qué hace la gente cuando la lluvia dura para toda la vida?”.

El hombre se va y “me besa creyendo tener derechos sobre una boca que es mía”, los niños  “dicen que quieren que les prepare algo para comer, que puede ser huevos, o jamón, o huevos con jamón, sin mucho aceite. Los miro como sin poderlo creer. ¿No saben quién soy yo?”.

“Corrí a la puerta e intenté escapar, pero afuera el mundo se veía totalmente diferente. No sabía qué era todo ese movimiento de máquinas y de gente, sin pasto, animales, o tierra por la que poder caminar. Volví a cerrar la puerta y preferí permanecer adentro”. Los niños, esos extraños, le dicen que no se puede ir a la escuela, que no se puede salir, “estamos en cuarentena”. Y más cosas le explican, “me van explicando lo que sucede y voy comprendiendo, para ellos tengo mil años. Empiezan a escribir con una pluma muy diferente en sus carpetas también diferentes y me van pidiendo cosas, como si mi rol fuera asistirles. Me piden un trapo, un libro que se les quedó y hasta un vasito de agua”.

Todo es extraño. Uno de los niños la abraza, “me agaché hasta su altura y le dije en secreto: “Soy Christine de Pizan”. Me miró dijo y me dijo: “mami”. Sentí un agudo tirón en el pecho, como si lo jalonaran desde distintas partes y estuviera pronto a reventarse. Estaba escribiendo “La Ciudad de las Damas”, pensé. Una historia respecto a un lugar en la tierra gobernado por mujeres, cuyos nombres, Razón, Justicia y Derechura, encarnaban personajes asombrosos, capaces de elevar a la civilización humana, mucho más allá de la barbarie en la que se haya involucrada. ¿Dónde están mis hojas escritas? ¿Dónde habita mi pluma hoy dormida, sino está en mi mano envuelta de letras?”.

Todo está cambiado. “No soy la madre de toda esta gente. Tengo que terminar mis escritos, no puedo perder el tiempo trapeando paredes mugrientas. Lo último que recuerdo de la situación política en la que me encontraba, era una larga guerra que parecía durar cien años. ¿Y ahora? Ahora los ejércitos deambulan por la ciudad apuntando a los transeúntes por no taparse la boca. Hay tanques, hombre con bayonetas, pasando por la ventana, como un día cualquiera, haciéndose parte del paisaje, naturalizándose”.

Llega el hombre. A él también le explica que ella es Christine de Pizan. El la quiere hacer examinar por un médico, cree que está loca. Ella lo rechaza, esto se trata de otra cosa, “está sucediendo algo más allá de mi control”.

¿Huir de todo aquello? No es posible, “afuera, la muerte y la desgracia acechan”. Entonces, esa angustia, ese dolor, tan físico, “me siento profundamente cansada, mi espalda está tirante, parecida al arco que impulsa una flecha, solo que esta vez, parece que la flecha no soy yo. Soy el arco que se desgasta”.

Entonces, sueña. Tres damas se le aparecen. “Es, como decía mi padre Tomas, una suerte que aún podamos soñar, porque la realidad se parece más a una pesadilla”.

Pero al despertar, aquella pesadilla con ojos abiertos. “Un nuevo día comienza, pero no tengo ganas de enfrentarme a él, tengo que cumplir un papel, en una obra que nunca he escrito”.

Hay un mundo, allá afuera, y adentro en cada casa, de dolores y opresiones. “¿Qué mundo es este donde la felicidad no existe, o si existe está escondida, detrás de paredes que no detecto?”.

Aunque tal vez esté allí, queriendo ser. Su vecina, “Griselda me cuenta que las cosas andaban cambiando por el barrio, que habían mujeres, disidencias, organizadas, actuando, que no eran tan fácil llegar y pegarles, como antes, aunque los policías seguían sin hacer nada, en las calles se respondía con protestas, paros, huelgas. Me parece muy interesante y le digo de inmediato que quería unirme a todo eso. Tal vez no sea un siglo tan malo después de todo”.

Pero mientras tanto, “¿cuántas desgracias pueden ocurrir en una sociedad, en una vida? … ¿Cuántas formas de morir ofrece la sociedad moderna? Encerrado de soledad, contagiado en el baño de una escuela, enfermo en el trabajo. Las expectativas de vida se han convertido en un desafío, en una lucha por la supervivencia”.

Y se conjugaron las desgracias del mundo con las de cada una, cada uno. “Una pregunta despierta en mi cabeza: ¿Qué es la tristeza? La tristeza soy yo.”.

Y nada parece poder ser de otro modo, en este mundo, en este tiempo, aunque sea Christine de Pizan. “Ay de mí, y esta nostalgia por lo que no existe”.

Todo es extraño. Todo está cambiado. De su “mano envuelta en letras” paso a su mano que alimenta niños que la llaman mamá. De escribir de una ciudad gobernada por mujeres, a una casa con la mujer sirviendo. Tal vez todo esté en que, en este mundo, para la mujer, para Christine, “está sucediendo algo más allá de mi control”. Pero está el sueño, y la escritura.

(Disponible en: https://danahartescritora.com/libros/)

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