Iliada, Odisea (la Helena de Homero)

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Iliada, Odisea (la Helena de Homero)

Menelao y Paris se disponen al duelo. Héctor, héroe troyano, había increpado a su hermano Paris: “¡Calamidad de Paris, presumido, mujeriego y mirón! ¡Ojalá no hubieras llegado a nacer o hubieras muerto célibe! ¡Incluso eso habría preferido antes que volverte afrenta y oprobio de los demás! … es bella tu apariencia pero en tus mientes no hay fuerza ni coraje. Y así, ¿siendo de esta calaña” te lanzaste “con la hermosa mujer … nuera de belicosos lanceros, enorme calamidad para tus padres, tu ciudad y todo tu pueblo?”.

Paris respondió aireado: “si quieres que yo luche y combata, haz que se sienten los demás troyanos y todos los aqueos, y a mí y a Menelao, caro a Ares, en medio enfrentadnos en duelo por Helena y por todas las riquezas. El que de los dos salga vencedor y resulte más fuerte, llévese en buena hora a casa todas las riquezas y la mujer”.

Reprocha Héctor la calamidad que trajo con su presunción Paris. Hay algo más que un lamento por la guerra que lleva ya nueve años. Ofrece Paris con indiferencia la mujer que capturó.

La diosa Iris llega ante Helena y le anuncia entonces que “la pelea ha cesado … Paris y Menelao, caro a Ares, con sus luengas picas van a luchar por ti”. Por ti. Pero hay algo más que esa causa en estos días. Le infundió, además, el deseo “de su anterior marido, de su ciudad y de sus progenitores”.

Desde la torre de la ciudad, Helena está con Príamo para observar el duelo. Los consejeros del rey de Troya le dicen que “no es extraño que troyanos y aqueos, de buenas grebas, por una mujer tal estén padeciendo duraderos dolores: tremendo es su parecido con las inmortales diosas al mirarla. Pero aún siendo tal como es, que regrese en las naves y no deje futura calamidad para nosotros y nuestros hijos”. La culpan.

Príamo mismo la absuelve. “para mí tú no eres culpable de nada, los causantes son los dioses que trajeron esta guerra, fuente de lágrimas”. Pero hay algo más que la decisión de los dioses.

Helena lamenta su situación. “Pudor me inspiras querido suegro, y respeto también. ¡Ojalá la cruel muerte me hubiera sido grata cuando aquí viene en compañía de tu hijo, abandonando tálamo y hermanos, a mi niña tiernamente amada y a la querida gente de mi edad! Más eso no ocurrió y por eso estoy consumida de llorar”. Helena se culpa a sí misma. Pero hay algo más que su propia culpa.

Va venciendo en el duelo Menelao, Afrodita rescata a Paris y busca a Helena para que con él vaya, que le recrimina: “¿porqué anhelas tanto seducirme con embustes? ¿Pretendes llevarme a algún otro lugar más lejano … si también hay allí algún mísero mortal que sea el favorito tuyo?”, que vaya entonces ella, Afrodita al tálamo con Paris y le haga su esposa, pues “yo, no pienso ir allí”. La diosa furiosa la amenaza, “no me provoques, terca”, o hará que la odien a la vez griegos y troyanos, “y tú entonces perecerás de vil muerte”. La obedece, pero ante Paris, le impetra: “¡Ojalá hubieras perecido allí, doblegado ante el fuerte guerrero que fue mi anterior marido!”. Helena se rebela, aunque inútilmente.

Era su destino: “Zeús impuso el malvado sino de en lo sucesivo tornarnos en materia de canto para los hombres futuros”. Pero hay algo más que destino.

La calamidad que asola a Troya y devasta incluso a los griegos. ¿Es entonces la belleza de Helena?, ¿es el sino que le tenían reservado los dioses?, ¿es su temor?

Hay algo más, sí. Helena intentó rebelarse, aunque fuera un intento inútil al final. Y además, Paris. Paris, el gran “presumido, mujeriego y mirón”. No fue un arrebato de furia de Héctor. Lo repetiría más tarde: “es una peste que el Olímpico crió para los troyanos … Si lo viera descendiendo dentro del Hades, diría a mi ánimo que dejara olvidado de todo el funesto llanto”.

Hay otra causa de la guerra de Troya, dicha pero ignorada después. Paris, “presumido, mujeriego y mirón”. Hay otra Helena que se rebela enfrentando a la diosa, aunque amenazada resultara inútil.

Pero, más tarde, podría ser parte del castigo destinado a los troyanos. Lo rememoró años más tarde.

Pasaron más de ocho años desde la guerra de Troya. Estaba Menelao en su tierra con su esposa Helena, más rico que nunca, y llega la visita de Telémaco, hijo de Ulises que aún no ha regresado a su casa. Pero ni todos sus tesoros sosegaban su alma, “¡ojalá que de un tercio, no más, dispusiera yo de ellos y vivieran los hombres que entonces cayeron en Troya! … por todos dolido y en luto, unas veces sentado en la sala del propio palacio busco alivio a mi pecho rompiendo en sollozos y otras los reprimo, que pronto nos cansa el helado suspiro”. Helena comparte el dolor y la culpa, “¡impúdica yo!, por mi causa los argivos marchasteis a Troya en afanes de lucha”. Pero Menelao había dicho ya su culpa. También dicho, también ignorado.

Porque también hay algo más. Helena en ese momento redimió esas culpas: en el vino de los comensales, de Menelao y de Telémaco sufriente por su padres, , “les puso una droga, gran remedio de hiel y dolores y alivio de males; beberíalo cualquiera disuelto en colmada vasija y quedara por todo aquel día curado de llantos aunque en él le acaeciera perder a su padre y su madre o cayera el hermano o el hijo querido delante de sus ojos, herido de muerte por mano enemiga”.

No sólo eso: Helena había consumado su rebelión, inútil antes cuando Afrodita la amenazó, posible después cuando fue propicio. Ulises en el último año de la guerra de Troya se disfrazó, “y con ese disfraz introdújose en Troya; cayeron los demás en la trampa, yo solo advertíla entre todos y empecé a preguntarle: taimado esquivaba mi empeño, pero, luego de haberle bañado y ungido de aceite, de ponerle otra ropa y jurarle con gran juramento que no habría de decir a los teucros quién era hasta tanto que se hallase de nuevo en sus tiendas y raudos bajeles, me contó de una vez todo el plan que los dánaos tenían y, después de matar con el bronce un sinfín de troyanos, con los otros argivos tornó sabedor de mil cosas. Las troyanas entonces rompieron en gritos; mi pecho alegrábase, en cambio, pues ya el corazón me impulsaba a volver a mi hogar, y lloraba el error que Afrodita me inspirara al llevarme hasta allí de este suelo querido en el cual me dejaba a mi hija, mi lecho y mi esposo, no inferior a ningún otro hombre en figura ni ingenio”.

Si Helena así, colaborando con Ulises y el plan de los griegos, consumó finalmente su rebelión.

No es la Helena culpable sin derecho a defensa, la mujer odiada de Eurípides haciéndose eco del sentir griego. No es la Helena que dice su verdad, explica las causas del odio, sabe la solución, del Eurípides que la hace hablar con su propia voz. No es la Helena no solo culpable, sino sin voluntad y avergonzada de sí misma de Alessandro Baricco. No es la Helena, mujer- cuerpo, “fantasma del verdadero placer”, tiranía de Eros, que excita la violencia y la insensatez de Platón. No es la Helena que merece la condena eterna por su lujuria y con ello ser causa de amarguras de Dante. No es la Helena apariencia que redime de derrotas, inutilidades, sacrificios y nos permite seguir transformando con nuestras narraciones de Borges. No es la Helena que no es víctima del deseo de un hombre que la rapta, sino la mujer que desea y reclama satisfacer su deseo, de Dante Gabriel Rossetti. Es la Helena que redime las calamidades sufridas por griegos y troyanos, y la Helena que, lejos de la belleza y la pasividad, consuma su rebelión.

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