Resurrección, de Tolstoi

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Resurrección, de Tolstoi

“Los hombres son como los ríos, todos hechos de la misma agua, pero unos largos, otros cortos, otros lentos, otros rápidos, otros tibios, otros helados. Los hombres llevan en ellos el germen de todas las cualidades humanas, y según manifiesten más una que otra, muéstranse más o menos parecidos a ellos mismos, es decir, a lo que habitualmente parecen”.

¿Y qué es esa agua común a todos nosotros, a todas las personas?

Dimitri Ivanovitch Nekhludov era de esos hombres que experimentaban cambios rápidos y frecuentes.

Cuando se miraba “comparábase con el asno de Buridan. Pero no tenía otro remedio que obrar como el asno ya que no sabía hacia cuál de los dos lados dirigirse”: casarse o no casarse con Missy Korchaguin, romper o no romper con su amante esposa de un noble liberal que nada imaginaba, dar las tierras o no darlas el Ejército o la pintura. Vanos dilemas que pronto comprendería parte de una vida que terminó provocándole “asco y vergüenza”.

La vida de la casta a la que pertenecía, protegida por el infame sistema carcelario, por la corrupción de los funcionarios, por la injusticia del sistema de justicia, por la propiedad de la tierra a costa de los campesinos.

“Asco y vergüenza” que sentiría de forma inesperada. De joven había seducido a la camarera de sus tías ricas, Katucha en aquel entonces. Pero después de aquello, despedida al saberla embarazada, sería la Maslova, y más tarde, al borde de la desesperación, la Lubka, en aquel terrible momento en que debió prostituirse. La casualidad quiso que fuera el jurado en el juicio que se perpetraba contra ella. La venalidad del jurado, de los jueces, la ambición del fiscal, hizo que fuera condenada siendo inocente.

Se desató una crisis interior: él estaba en el origen de esa caída. Y desde entonces, “se libró una lucha continua en su interior”. Una crisis de conciencia. “¡Un miserable, eso es lo que eres! ¡Poco importa cómo te juzguen los otros; puedes engañarles! ¡Pero no puedes engañarte a ti mismo!”.

Esa lucha que se libraba en su interior, era entre dos partes de sí mismo, dos partes de cada uno de nosotros mismos: “En Nekhludov, como en todos los hombres, había dos personas. Estaba la persona moral, dispuesta a no buscar su bien más que en el bien de los demás; y estaba la persona física, que no buscaba otra cosa que su bien individual, presto a sacrificar en su provecho el bien ajeno”.

Decidió que quería el perdón y la reparación. No fue fácil. Se lo impuso a sí mismo. “A mí me toca obedecer lo que mi conciencia me dicta. Y mi conciencia me exige el sacrificio de mi libertad para la rehabilitación de mi pecado”, por lo que seguiría a Katucha a Siberia. “No es que quiera mejorarla a ella, lo que intento es seguir yo mismo el buen camino. Se trata de mí. La vida no exige más que el cumplimiento de nuestro deber”.

Saber. Que estamos “todos hechos de la misma agua”, todos iguales, quitándonos el derecho a juzgar unos a otros, menos aún a castigar unos a otros. Hacer. Tomar una decisión, afrontar la batalla interior, cumplir con el deber de cada cual. Resucitarse.  

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