Altazor, “alto como un árbol cuyo fruto es el sol”, de Vicente Huidobro

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Altazor, “alto como un árbol cuyo fruto es el sol”, de Vicente Huidobro

“¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser?”

Te atraviesan, Altazor, “los vientos del dolor”. “Un mar de estupor”. “No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza. La nebulosa de la angustia”.

“Se secará tu voz y serás invisible”. Más tarde, en algún momento, “el hombre de mañana se burlará de ti”.

Así atravesado, sientes “la inutilidad de los esfuerzos”, la “amarga conciencia del vano sacrificio”. Y entonces, “si queriendo alzarte nada has alcanzado/ déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra/ sin miedo al enigma de ti mismo”.

¿Cuál enigma? Estar “encerrado en la jaula de tu destino”.

¿Cuál destino? “El del ansia infinita/ del hambre eterno descorazonado”; ese “anhelo fabuloso”; esas “cadenas de anhelos tiránicos”; esa “angustia de lo absoluto”.

¡Oh, Altazor!, “¿por qué soy prisionero de esta trágica busca?”.

¿Qué hacer, entonces, Altazor?

Hay una posibilidad: “Un ser materno donde se duerma el corazón/ Un lecho a la sombra del torbellino de enigmas/ Una mano que acaricie los latidos de la fiebre”.

Hay otra posibilidad, “habitante de tu destino”: “salir de tu destino”, sin ligaduras, en “vértigo insumiso”; en viaje solitario, un viaje, una caída, un descenso, con paracaídas.

¿Qué es ese paracaídas, Altazor, cómo emprender ese viaje? Si “mi lenguaje es otro”, tu paracaídas, Altazor, es tu “palabra electrizada”.

Palabra electrizada. Para eso es necesario algo. “Romper las ligaduras”; “romped tantas cadenas”; “cortad todas las amarras”. Entonces, “basta señora arpa de las bellas imágenes”, aquella vieja poesía, bienvenido el poeta que “todo lo que dice es por él inventado”, con “cosas que pasan fuera del mundo cotidiano”.

¿Cómo qué cosas? “Plantar miradas como árboles/ Enjaular árboles como pájaros”, y así, con “bella locura”. Y así, dando otro mañana, un mañana en el que “el arcoíris se hará pájaro/ Y volará a su nido cantando”.

Risas si, “vagones de carcajadas”. Juegos sí, “el simple sport de los vocablos/De la pura palabra y nada más”.

Pero que no olvida aquellos tormentos, aquellos destinos, aquellos enigmas, y aquella decisión de emprender este viaje, esta decisión. Por eso, “no hay tiempo que perder”; es que “la eternidad quiere vencer/ Y por lo tanto no hay tiempo que perder”.

No hay tiempo que perder. Busca donde “comienza el campo inexplorado”; crea así libremente. Y entonces, “Callaos que voy a cantar/ Soy el único cantor de este siglo/ Mío mío es todo el infinito”.

Y con tu palabra electrizada, veremos que “los veleros que parten a distribuir mi alma por el mundo/ volverán convertidos en pájaros/una hermosa mañana alta de muchos metros/ alta como el árbol cuyo fruto es el sol”.

Cantas un anhelo de infinito que recibió incomprensión, pero que domina el alma de muchos, y deben saber, debemos hacer que deban saber, que hay un despliegue posible, una palabra, una posibilidad de viajar, una expansión de sí, “alta como el árbol cuyo fruto es el sol”.

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