Alcestes, de Eurípides

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Alcestes, de Eurípides

Decidió Apolo torcer el destino, y cuando supo que a Admeto le había llegado su hora, lo libró de ello, pero “si hallaba quien quisiera ser víctima, en lugar suyo, a los dioses de los muertos”. Los padres de Admeto se negaron, fue Alcestes, su mujer, quien aceptó tomar su lugar.

Fue así porque “te amé y te amo. Por eso fue que quise, por salvarte la vida, ver morir la luz final de la mía”.

Y todos lo alabaron: “¡Tú y sólo tú… no hay otra, que ofrendara su vida para salvar la vida del cónyuge amado! … ¿Dónde, dónde hallarse puede un amor conyugal así?”.

¡Ay del amor romántico!

Es que, ¿por qué esa ofrenda? Cuando Feres, padre de Admeto se acerca al funeral, su hijo lo rechaza: “has dejado que muera un ser joven siendo tú un viejo … ¡Y ahora vienes a llorar ese cadáver!”, rechazándolo por cobarde.

¡Ay de la rivalidad de los jóvenes contra los viejos!

Pero no necesitan resignarse los viejos: “¿por qué habría de morir en lugar de ti? ¡Morir un padre por su hijo… Bah! Esa norma no la recibí de mis antepasados, no es una ley en Grecia. Naciste para ti vivir tu destino propio, feliz o desdichado a ti te toca Lo que yo darte pude, ya lo tienes”.

Y le enrostra la verdad: “¿Cobarde yo? Pero, ¿y tú? ¡El grado ínfimo de los cobardes! … has dejado que muera una mujer en lugar tuyo … ¡Buen medio has hallado para no morir. Eres listo. Convenciste a tu mujer para que ella muriera en tu lugar”.

¡Ay de la verdad de la muerte iluminando la vida!

Heracles, huésped de Admeto, sin saber la pena que envolvía la casa que lo acogía, aconseja: “A todos los mortales decretada está la muerte y no hay uno solo que pueda presagiar si vivirá mañana. ¡Quién saber pudiera dónde lo guía el destino … ¡Goza, bebe, toma por tuya la hora y el día que tienes en las manos … lo demás, déjalo al Destino! … Toda congoja extraña, hazla a un lado … Fuera el dolor y fuera la tristeza … para el hombre adusto, para el hombre en amarga disposición, la vida ya no es vida sino desdicha perpetua”. Pero al saber de su pena, y agradecido de su acogida, lo recompensará combatiendo a la Muerte.

Pero, mientras tanto, qué goce para “el que no se atrevió a morir”. Y no sólo eso, el que entregó a su mujer.

¡Ay del amor romántico! Porque acaso, ¿no se trata de esto, aunque pueda parecer un anacronismo?

 (Editorial Porrúa. Versión directa del griego con una Introducción de Angel Ma. Garibay K.)

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