Los tres Falstaff (Enrique IV y Las alegres comadres de Windsor, de Shakespeare)

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Los tres Falstaff (Enrique IV y Las alegres comadres de Windsor, de Shakespeare)

Enrique IV, 1era parte. La comedia de la vida de una persona

Sobre un trasfondo de seriedad, de graves acontecimientos: una nueva guerra civil: la conspiración de Harry Percy, llamado Hotspur, hijo de Northumberland, del fiero galés Glandower, de Mortimer, del escocés Douglas, y de Worcester hábilmente habiéndose puesto a un lado, que sobre un mapa se dividieron Inglaterra, contra el rey Enrique IV, está la alegre disipación del Príncipe Enrique y su compañía, Falstaff, Poins y los otros.

Falstaff, según las palabras del Príncipe Enrique: “tripudo, bola de sebo, hombre circular, gruesa panza, montón de tripas con seso de barro, tonto de cerebro vacío, hijo de puta, lujurioso, enorme cerro de carne, aplastador de camas, cobarde desvergonzado, reventador de lomos de caballo, hombre tonel, baúl de bufandas, arca de bestialidades, fardo hinchado de hidropesías, bombarda de Canarias [un vino], portamantas de tripas, Vicio venerable, Iniquidad de cabellos grises, rufián paternal, vanidad entrada en años”.  

Falstaff, imperturbable: “en el hombre no es pecado el trabajar según su vocación”.

Falstaff, según sus propias palabras: “un hombre virtuoso, corpulento, jovial, ojos alegres”, con sus casi sesenta años.

Falstaff, ladrón, pide al Príncipe que cuando sea rey, “no permitas que a nosotros, que somos escuderos del cuerpo de la noche, se nos llame ladrones de los tesoros de la belleza del día … puesto que, como el mar, somos regidos por nuestra noble y casta señora, la Luna, bajo cuya protección … robamos”. Que no alce las horcas contra “los hombres de resolución” conteniéndolos por esa “vieja antigualla enmohecida, la madre ley. No cuelgues a un ladrón cuando seas rey”.

No sólo eso. Falstaff y los suyos preparan el robo a una caravana de peregrinos, el Príncipe y Poins comprometen su participación. Pero en realidad, preparan una burla: se aparatarán, se disfrazarán y robarán a los ladrones, para ver después cómo lo cuentan. Así hicieron. Falstaff volvió de su aventura llamándolos cobardes por no haber estado, y que habían sido robados por más de cien hombres. El mismo, dice Falstaff, “-les he atizado a dos … Tú conoces mi antigua guardia; me puse como estoy aquí y dirigí así mi punta. Cuatro granujas en bocací se lanzaron contra mi. – ¿Cómo cuatro? ¿No decías dos hace un momento? -Estos cuatro vinieron de frente, y de modo principal me atacaron a mí. Yo no me desconcerté en absoluto y recibí los siete golpes en mi escudo, así. -¿Siete? ¿Cómo? No eran sino cuatro hace un instante. -¿Me oyes? –Sí, Juanito y te veo también. -Haces bien, pues esto vale la pena de ser escuchado. Los nueve individuos en bocací de que hablaba… -Bueno, dos más ya. -Comenzaron a cederme terreno; pero yo los estreché de cerca, los acorralé y en un instante les di su merecido a siete de los once”.

Imposible no reír. Pero el Príncipe le reveló: no fueron cien, fueron dos, el propio Príncipe y Poins, ¿cómo lo explica? Y rápido, con su astucia, con su inteligencia, Falstaff responde, “¿hubiera estado bien que matara al príncipe heredero?”, ya basta, que lleven el botín y que beban. Imposible no reír esa picardía. O cuando imita al Rey ante el Príncipe, burlón.

Tan iguales en la vida disipada, robos, palabras soeces, burlas, bebiendo y comiendo sin límite.

Tan distintos, sin embargo.

Falstaff, ladrón, cobarde, fanfarrón, mentiroso, pícaro (un pícaro inglés, no español: más irónico), comediante. Un hombre a corazón abierto. Es como es.

El Príncipe, llamado por su padre el Rey para unirse a la defensa de su reinado contra la conspiración, le reclama aquella vida disipada, su compañía disoluta. Para el Príncipe se trata de una estratagema: para que, cuando se encumbre, sorprenda a todos y brille más. Y le asegura: “Desde ahora, seré lo que debo ser”. Es lo que debe ser.

Y no solo se trata de las estratagemas, también, de un estilo, ceremonial, grave, que calla más de lo que dice, propio de la nobleza y la Corte (que pervive como sombra en pudores y ceremonias en ciertos círculos sociales y ámbitos que pretenden una moderna nobleza). Así se describen entre ellos, aún tratándose de enemigos avanzando en el campo de batalla: “todos brillantes como imágenes bajo sus armaduras doradas; todos tan llenos de savia como el mes de mayo y tan espléndidas como el sol del solsticio de verano … sobre su montura con una gallardía tal que se hubiese dicho que un ángel había caído de las nubes para dirigir y manejar algún ardiente Pegaso”.  Y también, de un desdén por la vida: “Percy, el Hotspur del Norte, que me mata seis o siete docenas de escoces antes del desayuno, se lava las manos y dice a su esposa: ‘¡Qué asco de vida esta tan tranquila! ¡Necesito trabajar!’ ‘¡Oh, mi dulce Harry! -le dice su esposa- ¿Cuántos has matado hoy?’ ‘Dale de abrevar a mi caballo roano’, responde el primero, y luego, pasada una hora añade: ‘Como unos catorce, una bagatela, una bagatela’”.

Un estilo ceremonial, grave, un desdén por la vida, contra la expresión franca y sincera de Falstaff y los suyos, y del Príncipe cuando era Príncipe: “el loco ligero de pies del Príncipe de Gales y sus camaradas, que echaban el mundo a un lado y pasaban delante”.

Enrique IV, 2da. Parte. La farsa de la vida de una persona

Algo cambiaría. Falstaff acentúa lo bribón. A la tabernera Mistress Quickly le adeuda todo lo que ha consumido, debe la pobre empeñar sus pocas pertenencias, lo demanda, niega su deuda ante el Justicia Mayor, y aparte a ella le promete pagarle todo si retira su demanda.

No sólo eso, en carta al Príncipe, le advierte contra Poins, que solo está con él para casarlo con su hermana (y así encumbrarse), que se aparte de la vida de holgazanería, y que adiós.

Nueva trampa del Príncipe Enrique: se presenta una vez más disfrazado con Poins en la taberna para ver qué dice de él Falstaff. Y dice que es “un buen muchacho sin cerebro; un buen panetero”. Cuando el Príncipe se descubre, una vez más responde con ingenio: era para que no le tomen afecto los súbditos (le teman, entonces), cumpliendo, así, como leal al Rey. Pero pierde brillo, pierde la liviandad de antes.

Algo cambió. Acaso el cambio es el de la pronta consolidación del poder real. De las nuevas obligaciones del Príncipe. Habían vencido a Hotspur, ahora enfrentan al Obispo de York, a Glandower y a los franceses. El propio Falstaff, por sus servicios en la batalla, había sido ennoblecido por el Príncipe.

Así, aquella liviana alegría solo podía ser en un reino en peligro, el poder real debilitado y colándose entre sus rendijas débiles rayos de sol, no: de Luna, que amparaba a ladrones, bribones y pícaros.

Ennoblecido, pero sin perder su talante. Falstaff reunido con el pobre Juez de Paz Shallow piensa que de él extraerá “materia bastante para mantener al Príncipe Enrique su risa continua durante el transcurso de seis modas nuevas … ¡Oh, le veréis reír hasta que su rostro semeje una capa húmeda puesta al revés!”.

Todo había cambiado, excepto Falstaff.

El Rey murió. El Príncipe Enrique empezó a ser Enrique V. “Mi padre ha bajado al sepulcro llevándose mi locura … y yo sobrevivo, en cambio, poseedor de un severo espíritu”.

En la Plaza Pública pasa el nuevo rey con su séquito, Falstaff se aproxima y lo saluda. “No te conozco, anciano”, le dice el Rey, y prosigue: “He soñado largo tiempo con una especie de hombre como tú, así hinchado de grasa, así de viejo, así de libertino; pero ahora he despertado y desprecio mi sueño”, y ordena su destierro.

Las alegres comadres de Windsor. El ridículo de la vida de una persona

Y empeora y empeora la cosa. Igual a sí mismo, hoy ya no es ayer.

Caius, el médico francés al que sirve la señora Quickly, Abraham Slender el sobrino del Juez de Paz Shalllow, Fenton, el joven caballero, pretenden a Ana Page, joven y hermosa doncella además de rica heredera. A los tres da esperanzas Quickly, amiga de Ana, prometiéndoles interceder por ellos a cambio de alguna recompensa, aunque sabe que Ana no quiere a ninguno.

Ronda el amor interesado. También para Falstaff, que pretende a la madre de Ana, la señora Page, lo mismo que a la señora Ford, con pretensiones muy precisas: ambas, disponen “de la bolsa de su esposo … Seré el explotador de ambas y serás mis tesoreras. Las tendré como mis Indias Orientales y Occidentales y comerciaré con ellas. ¡Prosperemos!”. Sus alegres camaradas de bribonerías, Pistol y Nym se proponen traicionarles avisándoles a los señores Ford y Page. Mientras tanto, Falstaff envía sus cartas de amor.

La señora Page mostró su carta a la señora Ford: son idénticas, sólo ha cambiado los nombres, deciden vengarse, haciéndole creer que lo aman, hasta que pierda todos sus bienes. Aunque es un juego riesgoso: sus maridos están advertidos por Pistol y por Nym y vigilarán a Falstaff, y a sus esposas.

Juega con fuego Falstaff. Pero, sobre todo, hoy ya no es ayer, y Falstaff sigue viviendo como ayer. Cuando recibió la carta de Falstaff la señora Page, pensó: “¡Un hombre minado por la edad, próximo a entrar en descomposición, y ocurrírsele hacer el joven calavera!”.

Ayer, un alegre bribón. Hoy un hombre en descomposición haciendo el ridículo.

El ridículo y la infamia. El señor Ford, advertido por Pistol, se presenta ante Falstaff como Broock, le pide que corrompa a la señora Ford a la que desea sin éxito gastando todo lo que necesite. Falstaff acepta, refiriéndose al señor Ford, que no sabe que lo tiene delante de sí, dice: “Maese Broock, me verás aplastar a ese rústico con mi superioridad, y tú te acostarás con su mujer … Ford es un pillo y yo añadiré un título más a los que tiene. Quiero que dentro de poco le tengas, Maese Broock, por un bribón y por un cornudo”.

Ford se enfurecerá: “¡Qué condenado epicúreo es este! ¡Qué monstruo de libertinaje!”. También Falstaff agrega un titulo a sus títulos. Y será burlado y humillado, por tres veces por las señoras Ford y Page, la última junto a sus maridos, obligando a Falstaff a admitir que “se me hecho hacer el papel de borrico … esto es suficiente para hacer repugnante en todo el reino a libertinos y noctámbulos”.

Si, con Marx, “la historia ocurre dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa”, podríamos decir, con Shakespeare y su Falstaff, que las personas transcurren primero como comedia, después como farsa, por último, como ridículo.

Un alegre bribón, aunque reprensible, capaz de hacernos reír; un comediante rechazado, y desterrado; un vil capaz de cualquier cosa por dinero haciendo el ridículo.

¿Por qué este devenir? Puede que sea por mantenerse igual a sí mismo siempre, aunque todo a su alrededor haya cambiado, pretendiendo ser hoy el de ayer.

(Para contrastar, como excepción. Para Harold Bloom, por el contrario, “Shakespeare hizo de sus mejores personajes ‘libres artistas de sí mismo’. Los más libres entre los libres son Hamlet y Falstaff, porque son los más inteligentes de las personas de Shakespeare … Las dos partes de ‘Enrique IV’ no pertenecen a Hal [el Príncipe Enrique], sino a Falstaff … El Falstaff que encarnó no era ni cobarde ni bufón, sino una inteligencia infinita que se deleitaba en su propia inventiva y trascendía su propio pathos oscuro … El amor paternal de desplazado de Hal es la vulnerabilidad de Falstaff, su única flaqueza y el origen de su destrucción … Falstaff es el ingenio de Shakespeare llevado a su límite, del mismo modo que Hamlet es el extremo de la agudeza cognitiva de Shakespeare … la identificación de Shakespeare con su hijo Hamlet y con su otro yo Falstaff … El ingenio es el dios de Falstaff … ¿Cuáles son las enseñanzas del filósofo de Eastcheap? La comida, la bebida, la fornicación y otras indulgencias obvias no son el corazón del falstaffanismo, aunque ciertamente ocupan gran parte del tiempo del caballero. Esto no importa, porque Falstaff, como Hal es el primero en decirnos, no tiene nada que ver con los tiempos que corren. Eso que somos es lo único que podemos enseñar; Falstaff, que es libre, nos instruye en la libertad -no la libertad en la sociedad, sino la libertad de la sociedad … Rechazar a Falstaff es rechazar a Shakespeare … Shylock [de ‘El mercader de Venecia’] y Falstaff son antitéticos entre sí: la amarga elocuencia del judío, negador de la vida y puritano, es completamente otra que la afirmación falstaffiana de un vitalismo dinámico. Y sin embargo, Shylock y Falstaff comparten una exuberancia, negativa en Shylock, extravagantemente positiva en Falstaff … John Falstaff, verdadera y perfecta imagen de la vida misma … Falstaff, para la mayoría de los estudiosos, es el emblema del desenfado, pero para la mayoría de los aficionados al teatro y de los lectores sir John es el representante de la libertad imaginativa, de una libertad alzada contra el tiempo, la muerte y el Estado, que es una condición que anhelamos para nosotros mismos. Añadamos una libertad para la intemporalidad, la bendición de más vida y la evasión del Estado, y llamémosla libertad frente al espíritu de censura, frente al superyó, frente a la culpa … lo falstaffiano: un genio del lenguaje y de su control retórico de los demás gracias a la penetración psicológica … Falstaff es a la vez un soberbio ironista, como Hamlet, y un gran vitalista, como podría haberlo sido ese maestro de las negaciones Hamlet, salvo por la intervención del espectro … lo que enseña es la gran lección de la experiencia, la perfección y la virtual divinidad de saber cómo gozar rectamente de nuestro ser … la libertad conseguida con humor … Falstaff simplemente se niega a reconocer las instituciones sociales de la realidad; no es ni inmoral ni amoral sino de otro reino, el orden del juego … En ‘Enrique IV Segunda parte’ es la Pasión de sir John Falstaff, que se arroja exuberantemente a su humillación y destrucción por el brutal hipócrita, el recién coronado Enrique V … Lo que Falstaff trae es la Bendición, en el sentido original yahvista: más vida. Todas las contradicciones de su compleja naturaleza se resuelven en su exuberancia de ser, su pasión por estar vivo. Muchos de nosotros nos convertimos en máquinas de cumplir responsabilidades; Falstaff es el más vasto y el mejor reproche que podamos encontrar … ‘Las alegres comadres de Windsor’, el pseudo- Falstaff … [escrita] a petición de la reina Isabel de ver a Falstaff enamorado … [resulta en] la falsa energía desencadenada en esta humillación del pseudo- Falstaff”).

(Y agreguemos, por último, el Faltsaff de Verdi, que, de nuevo según Harold Bloom, se basa en ‘Las alegres comadres de Windsor’, no en ‘Enrique IV’:

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