Memorias de una viuda, de Joyce Carol Oates

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Memorias de una viuda, de Joyce Carol Oates

En febrero del 2008, después de 47 años de casados, su marido, Ray, murió. Ingresó por una neumonía, una infección intrahospitalaria terminó con su vida. Bacterias terminaron con su vida. “Es totalmente ingenuo, inútil e inculto pensar que nuestra especie es excepcional. ¡Destinada a dominar a las bestias de la Tierra como en el Libro del Génesis!”. Es totalmente frágil el yo. Mientras convalecía, deliraba intermitentemente. “Es angustioso pensar que nuestras identidades, los yoes que otros creen reconocer en nosotros, nuestras ‘personalidades’, son cuestión de oxígeno, agua, alimentos y sueño; si se nos priva de una de esas cosas, nuestro ser físico comienza a alterarse casi de inmediato, pronto dejamos de ser ‘nosotros’ para los demás, y, sin embargo, ¿qué otra cosa somos? ¿Es el yo el cuerpo físico, o el cuerpo no es más que el depósito del yo?”.

Seguirá el dolor, la soledad, las ideas de suicidio, la depresión, la ira, los amigos, el trabajo para contrapesar todo esto. Seguirá la multitud de tareas prácticas que se imponen, el certificado de defunción, qué hacer con la casa, con cada cosa. Las cosas. “Como viuda, voy a quedarme reducida a un mundo de cosas. Y esas cosas no retienen más que un debilísimo atisbo de su identidad y su significado originales, igual que en la cáscara muerta y seca de algo que era orgánico puede percibirse un atisbo de su identidad y su significado originales”.

Seguirán las Memorias, estas Memorias, modos de otorgar significados, de rememorar. También de ayudar a otras mujeres: “Manual para viudas. De los innumerables deberes mortuorios que tiene la viuda, sólo hay uno realmente importante: en el primer aniversario de la muerte de su marido, la viuda debe pensar: ‘Me he mantenido viva’”. 

Pero no es un Manual, claro. Recapitulando, reflexiona, juzga, valora, aconseja, comparte. Mientras esperaba en el hospital, “llamadas de teléfono, recados, citas. Ninguna de estas cosas tienen la menor importancia … pero constituyen una parte tan importante de nuestras vidas que se podría decir que éstas son concatenaciones de minucias interrumpidas en momentos imprevistos por hechos significativos”. Lamentos: “Cuántas cosas que decir en un matrimonio, cuántas cosas que no se dicen”.

Tampoco se trata de esto. “Se acumulan los recuerdos. Y en todas partes, el olor de la melancolía, que es el olor real de la memoria”.

Memoria personal, intima, un olor, que no cabe en unas Memorias como género literario, “porque las Memorias son un depósito de verdades que se exponen por separado, pero no pueden ser el depósito de la Verdad, que es tan ancha como el cielo, demasiado grande para poder abarcarla de una mirada”. Y también, “las memorias son viajes, investigaciones. Algunas memorias son peregrinaciones. Empieza en X y acabaras en Z. Acabarás, sea como sea … La propia casa en la que vivía, nuestra casa, resultaba aterradora porque, aun siendo completamente conocida, era desconocida. Lo que había perdido, como el color desvaído por el sol, era el significado. Ser humano es vivir con sentido”.

Peregrinar, acompañado del olor de la melancolía, preservando el significado, buscando el sentido.

Y haciendo de la esperanza esa compañía constante: “’La esperanza es esa cosa con plumas’, se atrevió a decir Emily Dickinson. Esa cosa desgarbada, vulnerable, embarazosa. Pero ahí está”; esa compañía desesperada: “La esperanza es nuestro consuelo ante la mortalidad”; esa compañía esquiva: “La esperanza, en retrospectiva, es muchas veces una broma cruel”. 

(Alfaguara. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia)

Un comentario en “Memorias de una viuda, de Joyce Carol Oates

  1. Que ganas de leer la novela!!!Rescata vivencias entrañables.como » el olor de la melancolia». El primer registro del recien nacido es el olor de la madre
    Recorle a Suskind: El perfume

    Le gusta a 1 persona

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