Píldoras de la crítica. (8 de marzo) Escritoras, transgresoras. Esther Tusquets

Píldoras de la crítica. (8 de marzo) Escritoras, transgresoras. Esther Tusquets

(Apenas un breve extracto para pensar, sin hacer crítica de la crítica, ni hacerse parte de entreveros, ni tener que recorrer estos caminos)

[Prólogo de Esther Tusquets a Las mujeres que escriben también son peligrosas, de Stefan Bollmann]

“Sin embargo, sea o no cierto que las mujeres que se dedican a la escritura viven de forma especialmente peligrosa, fue en ese campo donde pudieron hacerse antes un lugar, y donde han tenido mayores posibilidades. Aunque Virginia Woolf se lamente con razón de que las mujeres escritoras carezcan de «una habitación propia» (título de uno de sus libros), de medios económicos independientes, de haber pasado por la universidad, o de lo limitado de unas experiencias que las constriñen a la novela psicológica y la novela de costumbres (difícilmente podría una mujer haber escrito Guerra y paz), estos elementos son desde luego favorables e importantes, pero no «imprescindibles». Para escribir no se requiere un título académico, ni otro dinero que el necesario para adquirir papel y tinta, y ni siquiera un lugar especial de trabajo un tiempo a salvo de interrupciones. («Ninguna ocupación femenina es lo bastante importante para no poder ser interrumpida en cualquier momento», se dice en este libro, y las mujeres sabemos hasta qué punto es cierto.)

Hay todavía algo más, que debió de tener en el siglo XIX una importancia primordial: la escritura puede practicarse en secreto y ampararse en un pseudónimo, que será siempre, claro, masculino. Las novelas de Jane Austen llevarán como referencia «By a lady»; las tres hermanas Brontë se cambiarán el nombre; George Eliot es el que toma de su amante Mary Anne Evans. Pero los casos son infinitos y se dan en todo tiempo y lugar: la francesa Aurore Dupin firmará como George Sand; la española Cecilia Böhl de Faber, como Fernán Caballero; la catalana Caterina Albert, como Víctor Català. La propia Colette publica sus primeras novelas bajo el nombre de su marido.

Cuenta uno de sus sobrinos que Jane Austen, que escribió la mayor parte de sus obras en la sala de estar, sujeta a todo tipo de interrupciones, «tuvo siempre buen cuidado de que no sospecharan sus actividades los criados, ni las visitas, ni nadie ajeno a su círculo familiar». Y comenta Virginia Woolf: «Sin alardear ni tratar de herir al sexo opuesto, puede decirse que Orgullo y prejuicio es un buen libro. En cualquier caso, a unono le hubiera avergonzado que le sorprendieran escribiéndolo. No obstante, Jane Austen se alegraba de que chirriara el gozne de la puerta para poder esconder su manuscrito antes de que entrara nadie. A los ojos de Jane Austen había algo vergonzoso en el hecho de escribir Orgullo y prejuicio. Y me pregunto, ¿hubiera sido Orgullo y prejuicio una novela mejor si a Jane Austen no le hubiera parecido necesario esconder su manuscrito para que no lo vieran las visitas?.»

Así pues, respecto al siglo XIX no cabe duda. Escribir era una profesión considerada impropia de la mujer, una transgresión a las normas, algo de lo cual, lejos de envanecerse, había que avergonzarse, hacía la vida más difícil y le añadía un suplemento de riesgo. Las novelistas del siglo XIX no escribían con ánimos de triunfar ni de hacerse famosas: escribían por la misma razón que los escritores de cualquier sexo y de cualquier época: porque no podían dejar de hacerlo, porque escribir era una necesidad ineludible. Habían sido desde siempre grandes receptoras de historias, magnificas narradoras orales, les había llegado el momento de, aún con limitaciones y dificultades, poder escribirlas, y no iban a perder la oportunidad de hacerlo …

A lo largo del siglo XX aumenta sin cesar el número de mujeres que escriben, y la profesión deja de considerarse impropia de nuestro sexo. Creo que en ningún otro campo estamos tan cerca de alcanzar la paridad con el varón. Hay muchas mujeres escritoras, algunos muy famosas, y algunas consiguen espectaculares éxitos de venta, incluso de crítica. El hecho de ser mujer no constituye un obstáculo para encontrar editor, y ninguna autora se avergüenza de haber escrito una buena novela o un buen poemario. En España contamos, entre otras, con novelistas tan excelentes como Rosa Chacel, Ana María Matute Carmen Martín Gaite. ¿Sigue viviendo, sin embargo, peligrosamente la mujer escritora? Reconoce el propio Bollmann que, si una alemana o una americana decide hoy ser escritora independiente, vive peligrosamente, pero esta peligrosidad consiste en un problema de subsistencia y de una experiencia que podríamos llamar el abismo existencial de la escritura, mientras que, por el contrario, cuando una iraní o una paquistaní decide escribir, pone en peligro su cuerpo, su alma y su vida.

Centrémonos en las europeas y americanas, que constituyan el objeto principal del presente libro. Cierto que muchas han conseguido fama, dinero y prestigio, pero esto no permite hablar todavía de igualdad. Como en muchas otras profesiones, las mujeres han invadido el campo, ocupan un lugar, un enorme lugar en los espacios medios, pero no alcanzan, en un mundo regido por hombres, los puestos más altos. Para comprobarlo, basta echar una ojeada a la lista de los premios Nobel, o al número de mujeres que figura en la Academia Francesa o en nuestra Real Academia de la Lengua. A nivel «oficial» apenas existimos.

Esto nos remite al centro de la cuestión: la literatura femenina no se considera una parte integrante de la literatura en general, al igual que la masculina …

Es posible que las mujeres, situadas en una posición desventajosa, las mujeres, a las que todo suele exigirnos un esfuerzo mayor, obligadas casi siempre a compaginar nuestro trabajo con la maternidad y el hogar, tentadas a menudo a renunciar a él, sujetas, aún hoy, a todo tipo de interrupciones, vivamos la condición de escritoras, nos enfrentemos al «abismo existencial de la escritura», con mayores riesgos, es posible que vivamos más peligrosamente. En este libro figuran muchos casos de frustración, enfermedad, soledad y suicidio, que lo ilustran. Pero, si disponemos una sola vida en este mundo, ¿acaso no será lo mejor vivirla peligrosamente, arriesgándola por algo, en este caso la escritura, que de veras importe y nos importe? No se me ocurre ninguna opción mejor”.

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