Ave del paraíso, de Joyce Carol Oates

A partir de

Ave del paraíso, de Joyce Carol Oates

Un gesto resume muchas cosas. Un mismo gesto, entre dos personas, puede significar distintas cosas.

Gestos, emociones, divisiones, inesperadas afinidades; todas silenciosas expresiones que sacuden la vida de Krista, su familia, su ciudad. Hasta que llegan las palabras, para confirmar -condenatoriamente- todo ese mundo silencioso, pero tan expresivo.

El abrazo. El abrazo de Lucille Bauer, la madre, a Krista, su hija, cuando era niña, y llegaba el padre, Edward Diehl, con sus pasos sonoros, su voz potente, sus reacciones imprevisibles, era un abrazo protector. Ese mismo abrazo años después, ya no es lo mismo: A los quince años de Krista, el padre la busca en el instituto -y la busca a pesar de la orden de alejamiento judicial, de su alcoholismo, de su adulterio y de ser sospechoso de asesinar a Zoe Kruller, la otra mujer, que fue encontrada muerta en su cama por su hijo Aaron Kruller-,  y la madre se lo reprocha a su hija, se pelean, al final la abraza, pero, esta vez, lejos de la protección de antaño, su madre recibía por respuesta un “te detesto”.

Un llamado. Ya se fue de la casa el padre, y cuando llama por teléfono, sólo para escuchar las voces de su familia, Ben, el hermano de Krista, y la madre, cortan enseguida. Pero Krista no, se queda escuchando, a veces solo el silencio, a veces un “te quiero” que Krista respondía, “me temblaba la voz y apenas se me oía, y el corazón me latía con violencia, como las alas de aquella ave del paraíso en la canción que Zoe Kruller cantaba en otro tiempo”.

Gestos distintos, emociones distintas, con su carga silenciosa cargada de divisiones. Ben y Krista estaban divididos sobre lo que sentían por su padre, y sordamente enfrentados: Divididas estaban las familias, los Diehl y los Bauer. Divididos estaban Aaron y Ben, mientras que Krista se enamoraba de Aaron el hijo de Zoe. ¿Y este extraño sentimiento?

Gestos, emociones, divisiones, también, extrañas afinidades. Es que algo subterráneo, secreto, aunque era algo de cada uno, los unía. El amor de Krista por su padre, con el que lo protegía, justificándole todo. La protección de Aaron a su padre, Delroy (aunque “Aaron estaba pensando en qué cosa tan desastrosa era tener que cuidar del propio padre de aquella manera. Como si fuera un niño pequeño. Era antinatural, puesto que se daba por sentado que los padres cuidan de sus hijos. El resentimiento era inevitable”).

(Tampoco significaban lo mismo los gestos del padre. “Con ternura las manos grandes de mi padre me sujetaron la cara. Las manos grandes y callosas de mi padre. En una ocasión le había visto utilizar el mismo gesto con mi madre, pero no era una manifestación de amor sino de furia, de exasperación, para hacer que mi madre escuchara, para que mi madre viera, y aquel recuerdo de mucho tiempo atrás se me presentó de nuevo, con una punzada de pánico. Y, sin embargo, no opuse ninguna resistencia: como una niñita cuya ansiedad se ha visto por fin disipada, todos los miedos desterrados, incluso el miedo a papá. Era un regalo enorme que me sujetaran así, que me besaran, que me quisieran. Sabía que mi padre nunca me haría daño”).

Los gestos tienen distintos significados entre las mismas personas, y, también, muestran algunas verdades que no se dicen con palabras. “El orgullo de una madre se hiere con facilidad, no te equivoques pensando que el amor de una madre es incondicional”.

También allí algo unía subterráneamente a Krista y Aaron, que sufría por su madre. “Como en el caso de Zoe cuando dejó de quererlo de aquella manera tan especial. Es cierto que una madre te quiere a pesar de todo y te perdonará siempre excepto que ese amor un día puede gastarse y entonces tienes que valerte solo. Quizá se había hecho demasiado grande para ella. ¡Qué culpa tenía Aaron de una cosa así! ‘Te quiero mucho, tesorito, y también a tu papá, es sólo que ahora necesito tener mi propia vida, un sitio donde poder respirar’”. Y fue cuando se fue y los dejó.

Gestos, emociones, divisiones, extrañas afinidades. Expresivos silencios, hasta que llegan las palabras, ¿para limpiar todo aquello, para cambiarlo, para confirmarlo? La madre, enojada porque Krista se ve con su padre, admoniza a la hija: “Eres una embustera, te volverás como él, acabarás traicionando a quienes de verdad te quieren”. Una admonización, una condena.

Palabras, no para limpiar, cambiar o confirmar. Algo más temible aún. Palabras como condena. No condena como rechazo, sino como profecía, como marca (más siendo niñas, niños; más siendo niños, niñas teniendo que proteger a sus desvalidos padres, con sus desvalidas armas infantiles). El poder mágico de las palabras -no es sólo pensamiento mágico- que puede adherirse a tu vida como un destino fatal.

O -y sí, uno puede elegir en algún momento de la vida- como un destino redentor: Krista y Aaron, unidos de manera subterránea, preservando el amor desmedido de la hija por el padre, el amor herido del hijo por la madre, vencerían todos aquellos odios (ciegos, por lo demás, a la red de complicidades entre policías, traficantes, mafiosos de la noche, masculinas pretensiones de dominio sobre una mujer tan bella, sexy, tan diferente a las mujeres de Sparta como Zoe).

(Alfaguara. Traducción de José Luis López Muñoz)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s