Tres mujeres, de Sylvia Plath

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Tres mujeres, de Sylvia Plath

Ser madres. En el momento mismo de empezar a serlo, ¿cómo es? ¿hay posibilidad de decirlo, hay acaso una manera de serlo? Probablemente no, por eso tres voces se elevan desde el hospital, anónimas, cómo anónimo y múltiple y común a todas en sus tal vez infinitas variantes y posibilidades para decírselo y decírnoslo.

La “Primera voz”, “está simplemente asombrada ante la fecundidad”, y espera, paciente: “cumplo mi ciclo, soles y estrellas/ Me miran con atención”. Y espera con algo de felicidad: “Sonrío a mi pesar a todo lo que conozco/ Hojas y pétalos me acompañan/ Estoy lista”. Pero, “es la calma que antecede a lo terrible”, se sabe, allí, “el centro de una atrocidad”, y es que “no hay milagro más cruel que éste”. Está, además, lo que vendrá: “¿qué sufrimientos, qué tristezas habré de parir y amar?”. Y después mira a “esas criaturas inocentes … El color de su piel es rosa, pálido, moreno o rojo … Parecen hechas de agua; no tienen expresión”. Y se pregunta, con admiración, “¿cómo puede ser tan pródiga la nada?”. Deja el hospital, proyecta sus futuro: “Voy a meditar en el orden de las cosas./ Voy a meditar en mi muchachito … No lo quiero talentoso./ Es la excepción lo que le interesa al diablo./ Es la excepción la que trepa la colina dolorosa”.

La “Segunda voz” estaba en la oficina cuando palideció, había llegado el momento de ir al hospital. Y allí, rodeada de hombres, “estos arcángeles fríos”, con su “banalidad tan vacía, la que engendra las ideas, las destrucciones,/ Los bulldozers, las guillotinas, las habitaciones blancas llenas/ de aullidos. Y las abstracciones”, que, al verla palidecer, solo atinaron con esa gracia torpe a preguntarle: “¿vio un fantasma?”. Y allí, en el hospital, nada es muy distinto. “Los rostros no tienen rasgos”, y allí está con “el pequeño vacío que llevo en mí”. Y más hombres que “¡son tan celosos de lo que no sea plano! Dioses celosos/ Ellos quieren que el mundo entero sea plano porque ellos lo son … Se dicen: debemos crear un Paraíso./ Lavemos y aplanemos el relieve de estas almas”. Ella no llegó a ver a su criatura, “es normal, dicen, que esto suceda”. Deja el hospital: “Soy mía de nuevo … no tengo ataduras”. Aunque, a la vez, sabe que “soy yo/ Quien saborea la amargura entre los dientes”. También proyecta su futuro: “Quedan demasiadas cosas por hacer”.

La “Tercera voz” sabía que “no estaba lista … Pero ya era demasiado tarde/ Era demasiado tarde, /y el rostro se tornó más nítido, /amoroso, como si yo estuviera lista”. Pero no lo estaba. Y allí, en el hospital, se sabe en “un lugar de gritos sin gozo”. Y después, mira a “mi terrible y pequeña niña roja”. Deja ya el hospital: “Soy una herida que abandona el hospital”. También proyecta su futuro, y celebra y se lamenta a la vez: “¡Es de tal suerte sano que no haya apegos!/ Soy solitaria como la hierba. ¿Qué es esto que me falta?/ ¿Jamás le encontraré, sea lo que sea?”.

Voces, anónimas, una cada una, múltiple cada una.

Y el mundo que da pero también quita, acechando: “¿qué sufrimientos, qué tristezas habré de parir y amar?”.

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