ARTE Y LITERATURA. La última cena, Leonardo da Vinci. Stendhal

“Se trataba de representar aquel momento tan conmovedor en que Jesús, aunque sólo le consideremos un joven filósofo rodeado de sus discípulos en la víspera de su muerte, les dice con ternura: ‘En verdad os digo, que uno de vosotros me ha de vender’. Un alma tan amorosa hubo de emocionarse tan profundamente  al considerar que entre doce amigos, escogidos por El, con los que se ocultaba para huir de una injusta persecución, a los que quiso ver reunidos aquel día en una comida fraternal, símbolo de la unión de los corazones y del amor universal que quería establecer sobre la tierra; entre ellos, sin embargo, había un traidor que por dinero iba a entregarle a sus enemigos. Un dolor tan sublime y tan dulce pedía para ser expresado en una pintura, una disposición sencillísima que permitiese a la atención fijarse únicamente en las palabras que Jesús pronuncia en aquel momento. Era precisa gran belleza en las cabezas de los discípulos y una rara nobleza en sus movimientos para hacer sentir que no era sólo el temor de la muerte lo que afligía a Jesús. De ser un hombre vulgar no hubiese perdido el tiempo en peligrosos enternecimientos; hubiera apuñalado a Judas o por lo menos huido, rodeado de sus discípulos fieles.

Leonardo da Vinci sintió la celestial pureza y la sensibilidad profunda de este acto de Jesús; desgarrado por la execrable indignidad de tan negra acción, viendo a los hombres tan malvados, siente desgano de la vida y encuentra más dulzor en entregarse a la celeste melancolía que llena su alma que a salvar la vida desdichada que habría de pasar entre semejantes ingratos. Jesús ve derrumbarse su sistema de amor universal. ‘Me he engañado, se dice, he juzgado a los hombres por mi propio corazón’. Su enternecimiento es tal, que al decir a sus discípulos las tristes palabras ‘uno de vosotros ha de traicionarme’, no se atreve a mirar a ninguno.

Está sentado en una larga mesa cuyo lado que da frente a la ventana y cara al espectador está vacío. San Juan, el discípulo a quien amó con mayor ternura, está a su derecha; al lado de San Juan, San Pedro, después el cruel Judas.

El amplio espacio de la mesa que ha quedado vacío permite al espectador ver a todos los personajes. Es el momento en que Jesús acaba de pronunciar sus palabras y el primer movimiento de indignación se pinta en todas las caras.

San Juan, abrumado por lo que acaba de oír, presta sin embargo cierta atención a San Pedro, que le explica con viveza las sospechas que tiene de uno de los Apóstoles sentados a la derecha del espectador.

Judas, medio vuelto hacia atrás, intenta ver a San Pedro y enterarse de lo que dice con tanto fuego, pero procura componer su fisonomía y se prepara a rechazar con firmeza todas las sospechas. Más ya está descubierto. Santiago el Menor, pasando el brazo izquierdo sobre el hombro de San Andrés, advierte a San Pedro que el traidor está junto a él. San Andrés mira horrorizado a Judas. San Bartolomé, al extremo de la mesa, a la izquierda del espectador, se ha levantado para ver mejor al traidor.

A la izquierda de Cristo, Santiago el Mayor protesta de su inocencia con el gesto natural en todo el mundo; abre los brazos y presenta el pecho indefenso. Santo Tomás abandona su sitio, se acerca a Jesús y, levantando un dedo de la mano derecha, parece decir al Salvador: ‘¿Uno de nosotros?’ He aquí un detalle necesario, de esos que nos recuerdan que la pintura es un arte terrenal. Hacía falta ese gesto para fijar el momento a los ojos del vulgo, para hacerle entender bien la palabra que acaba de ser pronunciada. Para carecer de la nobleza que había de caracterizar a los amigos de Jesús, ¿qué nos importa que esté a punto de ser vendido por uno o dos de sus discípulos? Hay un alma tan negra capaz de traicionar a un maestro tan dulce; he aquí la idea que debe abrumar a cada uno de ellos y pronto va a surgir este segundo pensamiento: Ya no le veré más; y este otro aún: ¿Cómo podremos salvarle?

San Felipe, el más joven de los Apóstoles, con un gesto lleno de ingenuidad y franqueza se levanta para protestar de su fidelidad. San Matías repite las palabras terribles a San Simón, que rehúsa creerlas. San Tadeo, el primero que se las ha repetido le indica a San Mateo que las ha oído como él. San Simón, el último de los Apóstoles a la derecha del espectador, parece decir: ‘¿Cómo os atrevéis a decir ese horror?’

Pero se siente que todos los que rodean a Jesús no son más que los discípulos y después de pasar revista a los personajes, la vista vuelve pronto hacia el sublime Maestro. El dolor tan noble que le acongoja oprime el corazón. El alma se abisma en la contemplación de uno de los más grandes dolores de la humanidad, la traición de la amistad. Se siente la necesidad de aire que respirar y así el pintor ha representado abierta la puerta y las dos ventanas del fondo de la estancia. La vista percibe la campiña lejana y apacible y su vista alivia el alma. El corazón necesita esa tranquilidad silenciosa que reinaba en el monte Sión y que Jesús apetecía para reunir a sus discípulos. La luz de la tarde, cuyos rayos murientes iluminan el paisaje, le dan un tinte de tristeza conforme con la situación. Es el último día que el Amigo de los hombres pasará sobre la tierra. Al día siguiente, cuando el sol llegue a su ocaso, ya no vivirá.

Alguien pensará como yo pienso ante esta obra sublime de Leonardo da Vinci; a otros, en mayor número, estas reflexiones les parecerán rebuscadas., lo sé. A éstos les pido que cierren este libro … En otras historias de la pintura podrán encontrar descripciones más exactas en que están anotados fielmente el color de la capa y el de la túnica de cada uno de los discípulos; además podrán admirar el exquisito trabajo de los pliegues del mantel”.

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