Transatlántico, de Colum McCann

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Transatlántico, de Colum McCann

Podemos hablar de Alcock y Brown, los valientes pioneros del correo aéreo transatlántico en 1919. De Frederick Douglass, el esclavo que se hizo un hombre de letras, conferencista negro, hombre libre y recorrió Irlanda e Inglaterra abogando por el abolicionismo en 1845. Del senador Mitchell, el segundo hombre más poderoso de Estados Unidos, que se entregó a la causa de la paz en Irlanda, viajando de lado a lado del Atlántico en1998. De Lily, la antigua criada irlandesa que salvó después las vidas de las víctimas de la Guerra Civil de Estados Unidos en 1863, y que su hija Emily, irreverente periodista, enviaría en 1919 con Alcock y Brown una carta a quienes ayudaron a su madre a cruzar el Atlántico, carta que nunca llegó a destino y conservaron su nieta Lottie, fotógrafa, y después su bisnieta Hannah la única que, ya en el 2011, sería la primera en abrir.

Todos, todos, en busca de algo, no sabían qué; cansados, irradiaban agotamiento. ¿Por qué?

Podemos hablar de ellos, sí. Pero debemos hablar de los horrores. Los horrores que, a lo largo de más de un siglo, en dos continentes, cada uno de ellos, cada una de ellas, soportó, afrontó, confrontó, superó, o no.

El horror de la esclavitud. Douglass con sus conferencias “quería hacerles saber a todos qué se sentía cuando te marcaban: cuando en la piel te grababan a fuego unas iniciales ajenas; cuando te uncían a un yunque y te amarraban a un bocado de hierro; cuando cruzabas el océano en un barco asolado por el tifus y despertabas en unos campos que no eran los tuyos; cuando oías el bullicio de la plaza del mercado y sentías el látigo de cuero y te cortaban las orejas; cuando asentías y te doblegabas y desaparecías”. Cuando sentías el temor de andar por la calle. Cuando te encerraban en un barril con clavos, trozos de vidrios y espinos, te metían dentro, por “la más leve de las faltas. Tal vez a su esclava se le había olvidado echar el pestillo de la puerta del establo o se le había caído una pieza de la vajilla. Quizá había mirado mal a la señora de la casa o había dejado un trapo sucio”, y, metida en el barril, lo hacían rodar por una colina.

El horror del hambre, la miseria, la pobreza en Irlanda. La recorría con su anfitrión y Douglass “no había visto nunca nada igual, ni siquiera en Boston. Cúmulos de excrementos que corrían cuneta abajo para ir a morir en charcos pestilentes. Hombres que yacían sin sentido a los pies de la verja de alguna pensión. Mujeres que deambulan cubiertas de harapos. No, hechas un harapo. Niños que corrían descalzos. Ruinas humanas que lanzaban miradas desde un alféizar. Ventanas rotas y polvorientas. Ratas que correteaban por los callejones. El cuerpo inerte y abotargado de un asno en un patio. Perros en los huesos”. El hambre en los campos, una mujer cargando a su bebe recién nacido muerto pidiendo algo para comer, clamando su hambre.

El horror de la guerra. Alcock y Brown prisioneros de guerra durante la Gran Guerra buscando dejar atrás “las celdas en que los habían encerrado, los abismos que habían visto en la oscuridad”.

El horror de la Irlanda ocupada resistiendo contra el dominio inglés. “Tantos asesinatos que llegan sin avisar. La joven católica, su hijo y el soldado británico que se desploma sobre el pequeño mientras la bala que le ha alcanzado la espalda todavía silba. El taxista con el frío acero en la nuca. La bomba ante los cuarteles de Newtownards. La niña de Mánchester que salió volando a seis metros del suelo, las piernas por los aires, cada una por su lado. La mujer de cuarenta y siete años a la que encontraron atada a una farola de Ormeau Road, alquitrán y plumas de la cabeza a los pies. El cartero al que un paquete bomba dejó ciego. El adolescente con media docena de balazos: tobillos, rodillas y codos”.

El horror de la Guerra Civil en Estados Unidos. En el hospital de campaña, Lily llevaba ya “ciento veintiocho días de ver hombres morir … Los hombres habían agotado sus gritos, sólo les quedaban pequeños gemidos, brevísimos jadeos de dolor … Los cuerpos … una mueca de sangre y miembros. Pantalones de cuero podrido, hediondas camisas de franela. Carnes desgarradas: mejillas, brazos, cuencas de los ojos, testículos, pechos. Los carros tenían el fondo negro de sangre”.

Entonces, ¿por qué todos ellos estaban en busca de algo sin saber qué; por qué estaban cansados irradiando agotamiento? ¿No es si no por el peso de los horrores que sus pequeños o grandes hombros habían cargado?

(Seix Barral. Traducción del inglés por Marta Alcaraz)

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