Diálogos. Ellos. Retratos de escritores. Virginia Woolf

Diálogos. Ellos. Retratos de escritores. Virginia Woolf

(No es novela ni cuento, a quienes aquí acogemos. Pero escrita por un novelista, no es solo crítica o análisis. Es un diálogo entre escritores. Y creación de un espacio literario. Por eso también lo acogemos).

Quedémonos con esos ellos que son escritores. No solo con sus textos, que vemos aquí sus caracteres entremezclados con sus palabras.

En el Diario para Stella de Jonathan Swift descubriremos ese especial lenguaje, el “pequeño idioma para que lo entiendan uno o dos” seres que se quieren y que aparece no como una bobería, sino como una necesidad “en cualquier sociedad altamente civilizada (en la que) tiene un papel tan grande el disfraz, es tan esencial la cortesía … las ceremonias y convenciones”.

Y más significativo es que ese pequeño idioma es el mismo de un personaje que “era omnipotente. Nadie podía comprar sus servicios; todo el mundo temía su pluma”, pero que en estas cartas podía escribir “como si estuviese pensando en voz alta” con “toda la historia de su vida, con sus bondades y mezquindades, sus afectos y ambiciones y desesperaciones”.

Conoceremos de Hazlit su doble naturaleza, la del pensador y escritor de ensayos y la del pintor capaz de presentarnos una imagen para nuestra contemplación, y de la lucha entre ambas. En sus ensayos de crítica literaria, logra atenerse a lo importante, pero solo busca “comunicar su propio fervor”, aunque, lo más valorable, “inicia al lector en un viaje y le dispara con una frase lanzándole a aventuras propias”.

Conocer a la persona, aquí con su “pequeño idioma” detrás del escritor, o con la lucha de su doble naturaleza en Hazlitt.

Cuando se ocupa de Joseph Addison, se ocupa en primer lugar de sus críticos, con agudeza dándose cuenta de algo que puede pasar desapercibido: cuando esos críticos quieren ensalzar una figura con frases que “parecen construir un monumento”, no se dan cuenta que exagerar sus méritos es pasarlos por alto.

Clasifica, ahora sí, a Addison: una sombra menor, un escritor de segunda fila, y también identifica que “la principal dificultad” con ellos “es que nuestras pautas han cambiado. Las cosas que a ellos les gustan no nos gustan a nosotros; y como el encanto de su escritura depende mucho más del gusto que de la convicción, un cambio de maneras es a menudo suficiente para desconectarlos del todo”. Por no decir que hay que recurrir a historiadores para conocer su contexto y así comprender sus textos, y esto es “como poner agua en el vino”.

Distinguir conceptos, entonces, entre gusto y convicción.

Al hablarnos de De Quincey, valora que sus escritos “no desean argumentar ni convertir ni siquiera contar una historia”, lo que rechaza, sino que “podemos extraer todo nuestro placer de las palabras mismas; no hemos de enriquecerlas leyendo entre líneas o indagando en la psicología del escritor”, lo que prefiere. Y con ellas, con las palabras, llamando nuestra atención a las cadencias, pausas, sonidos, transmitirnos “visiones y sueños, no acciones ni escenas dramáticas … actúan sobre nosotros como la música: lo que se conmueve son los sentidos más que el cerebro”, ampliando nuestra percepción, sugiriéndonos “grandes visiones generales”.

Afirmar la soberanía de las palabras y las emociones.

La persona y su naturaleza o carácter; los conceptos con sus distinciones; la palabra y las emociones. Cada escritor necesitará sus propios modos de acercarnos a ellos, y así también a nosotros mismos.

(El Barquero. Introducción y traducción de José Manuel Alvarez Florez)

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