ARTE Y LITERATURA. Leda y el cisne, Paul Cezanne. Leah Bellefleur, Joyce Carol Oates

Para el centésimo cumpleaños de la bisabuela Elvira, “había que limpiar los cuadros, las estatuas, los frescos, los tapices y otros objetos ornamentales y cambiarlos de lugar. (Qué extraño, realmente qué extraño, pensó Leah, estudiando por primera vez algunas de las cosas que Raphael Bellefleur había adquirido, presumiblemente utilizando los servicios de comerciantes y compradores establecidos en Europa. Se preguntó si en realidad él había admirado todo eso antes de distribuirlo en las habitaciones: en efecto, ¿qué sentido tenían esas copias de Tintoretto, Veronese, Caravaggio, Bosch, Miguel Angel, Botticelli, Rosso…? Había enormes y agrietados óleos, y tapices y frescos y retablos descoloridos de diez por quince: El rapto de Europa, El triunfo de Baco, El triunfo de Sileno, Venus y Adonis, Venus y Marte, Deucalión y Pirra, Dánae, El matrimonio de la Virgen, La Anunciación, Cupido preparando su arco, Diana y Acteón, Júpiter e Io, Susana y los ancianos, y fiestas y batallas y orgías olímpicas en las cuales los sátiros lascivos sonreían burlonamente y las Gracias de espesas nalgas aferraban sus prendas diáfanas, cómicamente inadecuadas para cubrir tanta desnudez, y los dioses de falos ridículamente minúsculos se veían desvestidos por putti que en realidad eran enanos de piernas cómicamente abreviadas y frentes protuberantes… de una pared del dormitorio de Leah y Gideon colgaba un inmenso óleo, oscurecido por el tiempo, que representaba a Leda y el cisne, y en esa obra Lea era una doncella obscenamente regordeta de expresión desconcertada, y estaba reclinada sobre un diván muy manoseado, y apartaba, con un brazo indeciso, a un cisne pequeño pero feroz, con un cuello fálico tan meticulosamente representado que seguramente había sido broma… Leah contempló todas esas cosas, iluminándolas con una linterna, y se sintió desconcertada y a veces incluso nauseada y se preguntó si estaba imaginando esa satírica excentricidad; se preguntó si Raphael había deseado adquirir un arte tan grotesco o si pese a todo su dinero el hombre había sido engañado. Un día u otro habría que descolgar esas piezas”.

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