
A partir de
¡Desciende, Moisés!, de William Faulkner
Una mujer. “Había encarnado en ella algo antiguo, sin tiempo, la femenina afinidad con la sangre y el dolor”. Una mujer negra.
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En su oficina está el fiscal del distrito, “Gavin Stevens, Phi Beta Kappa, Harvard, Doctor en Filosofía, Heidelberg, cuyo cargo era su capricho, aunque le proporcionase el sustento, y cuya verdadera vocación era una traducción del Viejo Testamento en griego clásico”.
Allí va ella, Mollie Beauchamp, la vieja mujer negra que vive en la plantación de Mr. Caroches Edmonds, “a buscar mi chico”, su nieto. Y le aclaró: “Roth Edmonds vendió a mi Benjamín. Lo vendió en Egipto. Faraón lo cogió”. No sabe nada de él de hace años. No sabe dónde está. No sabe si sigue usando su nombre -muchos se lo cambian, y varias veces-. Sí sabe que algo le pasa.
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Stevens averiguó. Tras un crimen de sangre, su nieto, con la dura vida de un negro, fue condenado a muerte. Su amiga miss Worsham, le dice que Mollie no debe saberlo. Stevens pide al director del diario que no de la noticia, a todos que aporten para un entierro digno, con carroza fúnebre y ataúd y flores. Lo logra. Va a visitar a Mollie.
Nada de eso le importa. Quiere que se conozca, que se publique, que salga en los diarios.
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Y sólo repetía “—Ha muerto —dijo—. Faraón lo cogió. —Vendieron a mi Benjamín —dijo la negra vieja—. Lo vendieron en Egipto. — Empezó a balancearse en la mecedora”.
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Y debía -debe- descender un Moisés, que tantos esclavos había -que tanta esclavitud sigue habiendo.