
De otras ruinas circulares. Variaciones de la guerra. Marco Denevi
[A partir de Variaciones del perro. Que sí es la misma guerra cada guerra, todos los fuegos el fuego. Que no, que no es lo mismo. Y si, finalmente, si no, veamos]:
“El caballero (todos lo sabemos) vuelve de una guerra, la de los Siete Años, la de los Treinta Años, la de las Dos Rosas, la de los Tres Enriques, una guerra dinástica o religiosa, o quizá galana, en el Palatinado, en los Países Bajos, en Bohemia, no importa dónde, tampoco importa cuándo, todas las guerras son fragmentos de una única guerra, todas las guerras forman la guerra sin nombre, la guerra a secas, la Guerra, de modo que el caballero vuelve de un viaje a través de uno de los reinos de la guerra y es como si hubiese dado toda la vuelta al mundo de la guerra, toda la vuelta a ese territorio vasto en el tiempo y al parecer complicado (pero lo que lo complica es el estruendo y la decoración abigarrada; visto a la distancia se advierten las reiteraciones, la monotonía, el juego de espejos), así que no tengamos escrúpulos de fechas ni de nombres, no hay que preocuparse si de los Plantagenet y los Hohenstaufen hacemos una sola familia, si mezclamos lansquesnetes con granaderos, ballesteros con arcabuceros, o si alborotamos la geografía y juntamos ciudades con ciudades, castillos con castillos, torres con torres, y volviendo ahora al caballero, decía que regresa de una guerra, de la cuenta en el collar de la guerra que le tocó en suerte (él cree que es la última y no sabe que el collar es infinito o finito pero circular y el tiempo lo desgrana como si fuese infinito) …
… y los recuerdos, los recuerdos, los recuerdos recortados del gran cuadro chillón de la guerra, aquel joven caído sobre la hierba, de cara al cielo, que hundía en un río, ya no sabe cuál, el Meno, el Arno, el Tajo, que hundía en un río indiferente las dos piernas hasta las rodillas, y el agua, cuando pasaba junto al muchacho, lo tomaba de las piernas, se las maceraba y se las molía, se las llevaba río abajo convertidas en filamentos primero rojos, después rosas, después grises, los doce patíbulos, doce, en una plaza toda negra y desierta, y en cada patíbulo un ajusticiado, péndulos de agua afuera que el viento hacía chocar entre sí y aquel campanario daba la hora, una hora cualquiera, una hora fuera del tiempo …
… pues esto había sido para él la guerra, aunque quizá para los reyezuelos y seguramente para los Papas y los Emperadores sería otra cosa, un juego de ajedrez que jugarían a distancia, cada uno encerrado en su ciudad, en su fortaleza, en su palacio, hasta que, terminada la partida, saldrían el uno al encuentro del otro y se estrecharían la mano como buenos contrincantes y se repartirían los reinos de la tierra”.