
A partir de
Ariadna, de Jennifer Saint
“Soy Ariadna, princesa de Creta”, esa ciudad donde, en el laberinto construido por Dédalo, su hermano Asterión, el Minotauro, el hombre-toro, está encerrado, clamando el tributo sangriento anual de siete jóvenes y siete doncellas atenienses para saciar su hambre, y para saciar la sed de venganza de su padre Minos, el rey de Creta, por la muerte de su hijo Androgeo en Atenas.
Es que “los dioses disfrutaban con los espectáculos de dolor”. Y, en la tierra, “una gran verdad sobre las mujeres: no importaba lo intachable que fuera tu vida, las pasiones y avaricia de los hombres podían llevarte a la ruina y no se podía hacer nada al respecto”. Allí estaba el Minotauro, resultado de la pasión antinatural de Pasifae, como castigo de Poseidon, ¿a sus faltas, a sus ofensas? No, a las faltas y ofensas de su marido, el rey Minos.
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De los hijos de Minos y Pasifae, sólo Ariadna se acercaba a su extraño hermano. “Terror no era lo único que sentía por él. Repulsión, desagrado cuando lo veía gruñir, bufar y patear el suelo … pero tras todos esos sentimientos, había una gran pena, tan dolorosa que a veces me hacía resollar y los ojos me brillaban de dolor cuando él chillaba pidiendo más sangre, más sufrimiento. No era su culpa, él no había elegido ese camino. Era una broma cruel de Poseidón, una humillación destinada a degradar a un hombre que jamás se había dignado a mirar siquiera a la bestia. Pasífae y yo teníamos que encargarnos de su bienestar”.
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Algo inesperado sucedió. Con el tercer envió de los jóvenes atenienses, fue Teseo, el príncipe de Atenas, el héroe “valiente, justo, noble y honorable”, que andaba por el mundo limpiándolo de “bandidos, asesinos y monstruos”. ¿Cómo era posible? “Dejar a un lado una vida de riquezas, poder y cualquier cosa que deseara, dar su vida en la flor de la juventud por su gente. Ir de forma voluntaria y consciente hasta los recovecos serpenteantes de nuestra mazmorra, ofrecerse como cebo vivo a nuestro monstruo”. Y Ariadna se enamoró. Y quiso salvar a las y los catorce jóvenes atenienses, y en especial a Teseo.
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A veces hay que, simplemente, no probar lo que se prueba siempre en vano.
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Habla con la madre, qué pueden hacer. “—Nadie puede enfrentarse a tu padre. Noté que me soltaba la mano, que la mente comenzaba a vagar de nuevo. Pero algo que había dicho cobró sentido en mi mente. Nadie podía enfrentarse a mi padre. Lo protegían sus ejércitos, su poder, su confianza en sí mismo y el monstruo que rugía bajo el palacio. La fuerza bruta no serviría de nada contra el poder superior de sus guardas. Pero ¿y si no había que enfrentarse a él? Haría falta una mente ingeniosa, pero ¿y si le tomaba la ventaja a Minos? La tiranía clara y potente de mi padre estaba basada en el miedo. No esperaba engaños, pues ¿quién se atrevería siquiera a intentarlo?”.
Recurrió discretamente a Dédalo, que puso algo en su mano antes de que el guardia lo escoltara a la torre donde Minos lo tenía encerrado. Ariadna abrió su puño cerrado y vio “una bola de hilo rojo. Y en el centro, una pesada llave de hierro”.
Ariadna, joven princesa, instruyó al héroe: “—Cuando entres en el laberinto mañana —comencé-, tienes que atar esto a la puerta una vez que las cierren. Sostenlo con firmeza pues, sin él, nunca encontrarás el camino para salir”. Pero así, también, “había planeado el asesinato de mi propio hermano y la traición al reino de mi padre”.
Teseo le agradeció, le prometió volver vivo a Atenas, con ella, y casarse allí. Triunfó mató al Minotauro, logró encontrar la salida con el hilo de Ariadna. Se embarcaron, hicieron un alto en la isla de Naxos.
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Y allí, la abandonó. “Un torrente de invectivas brotó de mi boca, incoherente y venenoso, como un arsenal de flechas ardiendo y con veneno en la punta. Las dirigí a Teseo y lo llamé cosas para las que no sabía que tenía palabras, pero hervía de ira por Minos también, e incluso por Poseidón. Esos hombres, esos dioses que habían jugado con nuestras vidas y que nos apartaban de su lado cuando ya nos habían usado, que se reían de nuestro sufrimiento y se olvidaban de nuestra existencia”.
También había prometido llevar con ellos a Fedra, su hermana menor. También la dejó abandonada, en las playas de Creta. Desde allí, vio a Dédalo y su hijo Ícaro, huir del encierro de la torre donde el rey lo tenía confinado, con unas alas de su fabricación. Minos abandona Creta para perseguir a Dédalo, su hijo Deucalión vuelve a la ciudad para asumir como rey, pasa antes por Atenas y Teseo le dice que Ariadna murió envenenada por la picadura de una serpiente. “Ahora, en algún lugar sobre el amplio mar azul, Teseo yacía con impunidad sobre sus aposentos reales, admirado por su valentía, sus hazañas nobles y audaces; y, como miles de mujeres antes que yo, me tocaría pagar las consecuencias de lo que habíamos hecho los dos”. Teseo había mentido: Ariadna quedó en Naxos, la isla de Dioniso, que se presentó allí y la hizo su sacerdotisa.
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Y a Naxos llegaron las ménades de Dioniso. “Creó para todas nosotras un paraíso en Naxos, una comunidad feliz y próspera más allá de las leyes y las opresiones del mundo que habíamos dejado atrás”. Hay, también, detrás de la banalidad de los héroes y los dioses del Olimpo, un paraíso de las mujeres.
Sabemos de Esparta versus Atenas. Podemos pensar otra acallada alternativa: Naxos versus Atenas, y Esparta, y…
“Las ménades llegaban en barcos de remos o balsas para unirse a nuestra comunidad de seguidoras, conducidas por mujeres jóvenes y fuertes: muchachas que buscaban refugio de un matrimonio con hombres viejos y arrugados; esposas cansadas de la agotadora tarea diaria de atender las necesidades de todos excepto las suyas; mujeres inteligentes y pasionales que limpiaban suelos, cuidaban del fuego, tejían ropa y golpeaban prendas manchadas en las orillas de los ríos mientras los hombres jugaban a los dados en las plazas y hablaban largo y tendido de filosofía mientras bebían vino y arreglaban el mundo para su beneficio. Las mujeres tomaban el amplio mar azul en embarcaciones peligrosas en busca de una vida mejor que, según habían oído, encontrarían con nosotros. Dioniso no era un líder estricto. Con un movimiento de la mano, invitaba a las mujeres a beber vino y a disfrutar”.
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Para terminar con tanto derramamiento de sangre y sellar una alianza acuerdan que Teseo se casará con Fedra. Pero Fedra quería explicaciones: no creía lo de la muerte por la mordida de la serpiente; y quería saber por qué la había abandonado en las playas de Creta.
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Aunque, ¿había tal paraíso de las mujeres? Muchos años después, ya poderosa, Fedra supo que no. Supo que su hermana Ariadna “actuaba como si tuviera una vida perfecta y miraba hacia otro lado para protegerse de cualquier detalle que demostrara lo contrario. Así podía dormir por las noches. Como si no hubiéramos aprendido, viviendo con nuestra madre destrozada y su hijo monstruoso, que lo único que puede hacer una mujer en este mundo es tomar lo que quiere y arrasar con los que se interponen en su camino antes de que la rompan en pedazos, como a Pasífae”.
¿Sólo estos dos caminos, fingir o arrasar, son los caminos posibles?
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En Atenas Fedra fue querida y respetada, como esposa de Teseo. Y porque “aquí la gente es compasiva contigo. Saben que eras prisionera de tu padre, igual que nuestros niños atenienses. Por supuesto, tú odiabas y temías al monstruo y, por supuesto, te alegras de que ya no esté. Pero si se enteran de que tú y tu hermana queríais traicionar a vuestra ciudad, a vuestra propia familia… Me sugirió que era mejor fingir ignorancia, decir que él había superado solo el laberinto y rescatado a Ariadna del gobierno tiránico de Minos por piedad por su bondadoso corazón, que había sufrido por los temblorosos rehenes. Así nadie sospecharía del corazón rebelde que tenía bajo el pecho.”.
La nobleza pura, la impura rebelión. Una necesita de la otra, mientras no admitamos que es así.
Aun así, mientras Teseo se vanagloriaba con sus heroicas aventuras persiguiendo monstruos y bandidos por todos los mares, Fedra aprendía el arte de dirigir el Estado, y sería ella quien haría de Atenas lo que fue, tras el declive de Creta. Una mujer, no un héroe.
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¿Cómo se entremezclan confusamente el deber público y el deber personal; la ética y la moral; los fines y los medios? ¿Cómo juzgarlos, cómo valorarlos? La confusión de la vida, en momento decisivos, acaso, no lo permita.