
[Cuando una firma, por Trump, en Versalles, retumba ruidosamente; cuando la fe en lo que debería venir anda distraída sin saber dónde posarse; cuando las historias de las guerras no enseñan lo que se supone debería enseñarse; cuando nadie gana y todos pierden].
El Guillermo Weiss hermano de Rosario, hija de Goya de Sergio del Molino, alistado en las tropas de Espoz y Mina contra Fernando VII allá en España, poco después de las barricadas que en 1830 en Francia derrocaron a Carlos X, tan joven, lo aprendió.
“Tiraba y recargaba sin pensar en lo que hacía y sin apuntar. Sólo escuchaba disparos y olía a pólvora, no se podía saber si sus tiros alcanzaban a alguien o se perdían en el valle. La guerra, me dijo Guillermo, no tiene orden, no se entiende. Las manos no siguen los mandatos de la mente, el cuerpo se mueve solo, el pensamiento se interrumpe. No sientes sed, ni hambre, ni miedo, ni alegría, ni pena. Sólo recargas y tiras, recargas y tiras. Te pones a cubierto y asomas la cabeza. Una y otra vez. Hasta que te ordenan retirarte o hasta que los otros dejan de tirar.
La fuerza que se les oponía era imponente … Estaba al mando de Manuel Llauder, y eso salvó a mi amigo de la muerte o de la prisión aquella mañana de octubre de 1830. Llauder, virrey de Navarra, general condecorado y comandante de las tropas del norte, había recibido el encargo del mismísimo Felón de no mostrar misericordia con el enemigo. Debía pasar a todos por la bayoneta, sin hacer prisioneros. Fernando VII le exigía una matanza ejemplar, pero Llauder no era un fanático absolutista y llevaba desde julio muy atento a los acontecimientos europeos. Leyendo periódicos e informes diplomáticos, había concluido que el rey vivía aislado y débil. La ola revolucionaria en Europa era imparable, no había nadie en la podrida y ruinosa España que pudiera frenarla. En ese contexto, no estaba dispuesto a pasar a la historia como un carnicero de liberales, exponiéndose a las comprensibles represalias.
Aquí refulge la gran paradoja de esta pequeña guerra: el jefe liberal, Espoz y Mina, no tenía ninguna fe en la victoria, pero su enemigo, Lauder, la tenía toda porque leía el mundo a largo plazo. Era fácil derrotar a ese cuerpo expedicionario, pero no quería propasarse porque, al final, los liberales se iban a imponer sobre ese monarca cochambroso y cruel que daba órdenes como una alimaña moribunda”.