El Farmer, de Andrés Rivera

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El Farmer, de Andrés Rivera

“Yo medito sobre la suerte de los argentinos sin mí”.

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En su exilio, veinte años ya, estamos en 1871 y tiene 78 años, en Inglaterra, “si pronuncio mi nombre por estos campos de la desgracia, ¿quién sabrá decir: ahí va un hombre cuyo poder fue más absoluto que el del autócrata ruso, y que el de cualquier gobernante en la tierra? Soy Juan Manuel de Rosas [“guardián del sueño de los otros”] … Llegué con el recuerdo a todas las cosas y todo estaba sin vida y sin calor”.

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¿Señor del Bien y del Mal?

“Y ese tal Shakespeare, de quien lord Palmerston me dijo que perpetuó la lengua inglesa para toda una eternidad, ¿cuánto sabe del Bien y del Mal? ¿Cuánto sabe el señor Sarmiento del Bien y del Mal?”.

“El Mal, en mi boca y por mi brazo, fue orden y justicia. Lo digo aquí, en tierra extranjera, para quienquiera escucharme, Dios incluido”.

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Entonces, dueño del Bien y del Mal, se autoriza a vanagloriarse de montar a Manuelita su hija; y a cuantas señoronas hubo en Buenos Aires, porque “a mi lado aprendió que se puede violar a las mujeres —salvo las blancas y ricas—, pero no la propiedad de los que importan”; se autoriza a menospreciar a los huelguistas del carbón, “escuchen mi consigna: El que está abajo, respeta al que está arriba” [lo decía en Buenos Aires, pero es igual en todas partes], y piensa en todos, todas, las que están abajo: en “las mujeres no son como las putas. Ni como las yeguas. A las mujeres es imposible domarlas. No me gustan las mujeres: me gustan las yeguas y las putas”, en los indios: “yo tracé los planes de la Campaña del Desierto y, al frente de mis ejércitos, arrebaté al indio miles de cabezas de ganado, centenares de cautivos y centenares y centenares de leguas de tierra”; se autoriza a ensalzar el dominio colonial de Inglaterra en Asia y en África, y despreciar a todos los republicanos, los propios argentinos un 9 de julio, los irlandeses, los franceses a quienes después les cayó en castigo la Comuna de París.

Porque podía blandir el Mal; ya tempranamente, “el 6 de diciembre de 1829, cuando fui electo, por primera vez, gobernador de Buenos Aires, para ejercer el mal sin pasión”.

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Pero, ¿lo es? ¿puede arrogarse ser el señor del Bien y del Mal?

Al menos hay quien le disputa el título, y lo sabe. “¿Qué hizo el señor Sarmiento en el destierro? Escribió Facundo para no morir. Y se acostó con mujeres silenciosas, en puertos de niebla y sal, para olvidar que era argentino. ¿Qué hace, hoy, el señor Sarmiento? Levanta escuelas y supone que iguala a los hijos de los pobres y a los hijos de los ricos con el guardapolvo blanco. El señor Sarmiento cree que hace El Bien. Y cree que lo hace con el fervor de un jovencito enamorado. Los extravíos del señor Sarmiento son frecuentes y, a veces, aborrecibles”.

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Tal vez, dueño del Bien y del Mal, para sí mismo, lo sea para los otros. “Inteligencias como las del señor Sarmiento, que se dan pocas en la tierra de Dios, no pueden responder a la pregunta de qué es Rosas para hombres que mueren al grito de Viva Rosas. No podrán nunca responder a esa pregunta. Y, entonces, se impacientan”. Y sea esta entonces la respuesta. Y entonces cuando le pidan que vuelva para salvarlos de los “fomentadores vocacionales de la lucha de clases. Poetas”, no volverá. Porque todos enriquecidos gracias a él, fueron desleales. “Yo soy el relato de lo que el pasado tuvo de feliz”, ante la disoluta Inglaterra, maldice a quienes los independizaron de España.

Aunque esos no importan. “¿Qué querían de mí los argentinos? ¿Qué les daba yo para que gritaran Viva Rosas?”.

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Señor del Bien y del Mal, con un propósito claro. “Yo en mi despacho de Palermo, pensaba 18 horas por día. Escribía. Escribir es pensar. Pensaba 100 leguas por delante de cualquiera que pensara en los intereses del Estado. Eran pocos los que pensaban en los intereses del Estado. Son pocos. Yo soy uno de los pocos. El primero. El mejor”.

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¿Y con qué fin ejerció ese propósito claro? “Raymond Wilmart, que combatió a los poderes constituidos, en las calles de París, y en los turbulentos días que duró el gobierno de proletarios e intelectuales ávidos de revancha contra la clase pudiente. Ese tal Wilmart fue uno de los que huyó de la persecución de las fuerzas del orden al mando del benemérito M. Thiers. Desde Buenos Aires escribe ese tal Raymond Wilmart al más intenso de los apologistas de la Comuna que, en la Confederación Argentina, la revolución es imposible. Escribe que en la Confederación Argentina no saben y no sabrían hacer otra cosa que andar a caballo”.

¿Sería ese, en Rosas, el Bien que blandía? ¿sería ese el Mal?

Aunque, otro pretendiente a la señoría del Bien y del Mal, Sarmiento que “sueña, como ningún otro argentino que yo conozca, con implantar los Estados Unidos en la pampa”.

¿Sería ese, en Sarmiento, el Bien que blandía? ¿sería ese el Mal?

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Aunque tristemente hermanados, a cierta hora oscura, sea de la noche o del día. “A los subversivos, digo yo, métanles miedo en el alma. Cápenlos”, mandaba Rosas a sus mazorqueros. “Y el señor Sarmiento, que es argentino, escribió, desde el silencio de un escritorio: Derrame sangre de gauchos, que es barata”.

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Y llega Caseros, la derrota de la batalla de Caseros. Y el exilio. Y su memoria, que sabe que queda.

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