
[En Sergio del Molina, de su bello libro La hija, del que ya hablaremos].
“La doctrina del estilo tardío nace de la contemplación de la obra final de algunos artistas longevos, como Tiziano o Poussi al principio, y Goethe y Beethoven después. Se observa en estos genios, que trabajaron caso hasta el último día de sus vidas, un quiebre, una etapa de cierre desconcertante y difícil de interpretar, que a menudo no encaja con lo anterior y que, en algunos casos, anuncia como una profecía formas artísticas del porvenir. El ejemplo más elocuente y estudiado es el de Beethoven, que nos interesa mucho por ser contemporáneo de Goya y tener tantas cosas en común con él: la sordera, el triunfo en una Corte católica del Antiguo Régimen y su posterior reclusión intimista, el entusiasmo napoleónico y la decepción por la crueldad del invasor, la incomprensibilidad de su última etapa, etc. El grupo de obras formado por los seis últimos cuartetos de cuerda, la Novena, La Misa solemnis en re mayor, todas ellas compuestas a mediados de la década de 1820, con el músico asomado a una tumba que no perdía de vista, no sólo constituyen una de las cumbres más altas del arte universal, sino que llevan en su simiente la música revolucionaria y vanguardista del siglo XX, del mismo modo que el último Goya lleva dentro las vanguardias de entreguerras. Pero los testimonios de sus contemporáneos no inciden tanto en su complejidad como en su imperfección. Despreciaron esas obras de vejez, porque las percibían mal hechas, la escritura de una mano que tiembla, y de un cerebro que chochea.
Según [Theodor] Adorno, tenían razón. Beethoven está torpe, y si se desliza hacia los límites de la tonalidad es porque a veces pierde el dominio de su oficio. Pero en esta grieta asoma lo sublime del estilo tardío: en la imperfección y en la incompetencia senil aparecen epifanías que un artista maduro y pleno no puede tener, porque hace las cosas demasiado bien. Hay que perder el control para asomarse a una expresividad genuinamente nueva. El estilo tardío es al mismo tiempo una exploración libre y una manifestación de decadencia. La mano falla, pero el artista persiste. Le sobran cosas que decir y no sabe parar, por más que la ejecución se le asilvestre y el pulso no responda con la firmeza de sus años fértiles.
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Lo senil y lo sublime se enfrentan en una síntesis que genera lo sublime senil … generando algo nuevo y revelador.
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El artista anciano se siente exiliado en tanto que ajeno a un mundo que ya no gobierna y sobre el que no influye. La vejez lo ha arrumbado, lejos de las modas y del brío de los artistas jóvenes. Esto puede vivirse como catástrofe -vital, no estética- o como liberación.
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Por eso se despreocupan de los cánones y de las reglas en que han sido maestros, y se abisman en su ser, sin dar explicaciones ni facilitar la comprensión de su público.
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Hay que evocar un dibujo celebérrimo de esta etapa goyesca última, el anciano barbudo apoyado en dos bastones que dice: Aun aprendo”.