
A partir de
El acoso, de Alejo Carpentier
En aquel teatro suena Beethoven, su Sinfonia Eroica, composta per festeggiare il souvvenire di un grand’Uomo. Teatro que parece teatro del mundo. Celebración que anuncia lo que no llega. Ni puede llegar. Bajo los esperanzados sonidos, la sombría realidad. Bajo “lo Verdadero y lo Sublime”, la sórdida realidad. Y no es un contrapunto.
[Como la historia de su partitura: dedicada con gozosa esperanza, con frustrada esperanza; borroneada con rabiosa desesperanza].
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Adentro, en la sala, la orquesta y su público.
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En ese espacio intermedio, en la taquillería. El rencor.
“En aquellos días oculta a los hombres su enfermedad; vive a solas con sus demonios: el amor herido, la esperanza y el dolor”.
Allí, donde se ejecuta la sinfonía Eroica de Beethoven, la que celebraba el advenimiento de un gran hombre. Y él, allí, donde ni siquiera es mirado por los asistentes, en la taquillería. Y resuena en su cabeza el grito de Beethoven: ““¡Príncipe: lo que sois, lo sois por la casualidad del nacimiento; pero lo que soy, lo soy por mí!”.
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Afuera del teatro. La acción -sin rendención- y las consecuencias, graves, penosas consecuencias.
En esa casa donde ella sentía como una Inquisición, un “padecimiento causado por los que hubieran venido a amenazarla —de seguro policías en busca de informes acerca de alguien que la visitaba a menudo”.
En aquella otra casa, la pensión de la vieja, estaba de nuevo “el amparado (que) se contempla a sí mismo, en aquel instante decisivo de su vida”. Porque de provincias había llegado hacía tiempo para entrar a la Universidad, que ahora la ve lejana como a “la tarjeta de afiliado al Partido. Los dedos hallaban, al sopesar aquella cartulina, la última barrera que hubiera podido preservarlo de lo abominable”. Pero esa barrera no lo detuvo, rodeado como estaba “en aquellos días, de impacientes por actuar”, y había entonces pensado “que, en efecto, se vivían tiempos que reclamaban una acción inmediata, y no las cautelas y aplazamientos de una disciplina que pretendía ignorar la exasperación”. Tenían que “despachar al Soldado”. Y ahora, entonces, de nuevo aquí, perseguido, buscando protección. Es que un Delator los había traicionado, y conoció la cárcel y la tortura. Y ahora huye y huye, con temor. Y reza, y se arrepiente. “Estaba asqueado, con náuseas de todo lo vivido desde entonces; con ansias de arrastrarse al pie de un confesionario para clamar que nada había sido necesario; para vomitar tales culpas que le impusieran penas excepcionales, las más terribles que la Iglesia hubiera instituido, complaciéndose en la idea de que tales penas existían para quienes pudieran volcar abominaciones semejantes a las suyas”.
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Adentro, en la sala. La culpa, el pecado, el escondite.
Su desesperante sensación de culpa, de pecado, rogando a Dios, rezando, sintiéndose apuntado -aplaude a destiempo. ¿Qué hace allí si nada sabe de esta música? Aunque sí, recuerda, esa marcha fúnebre la escuchó de la casa de al lado de donde estaba encerrado y golpeado.
Pero no hay escondite. Será atrapado.